—El mismo, padre—suspiró—. ¡El mismo!...
—Pues, hijo mío—dijo entonces el cura—. Lo siento mucho, pero no te puedo dar la absolución.
Antoniño se quedó aterrado. Si le hubiesen dejado sin novia, tal vez hubiera podido resignarse. Hubiera podido también vivir algún tiempo sin empleo, pero, ¡sin absolución!...
—Pues yo—le dije a Antoniño cuando el pobre muchacho me contaba sus cuitas—. Yo creo que, en caso necesario, podría vivir sin absolución. He visto personas que viven con un pulmón sólo, y otras que carecen totalmente de bazo. Y aun he visto algo más curioso, Antoniño, he visto hombres que viven sin dinero y que viven muy bien... En Madrid hay la mar.
—En Madrid es diferente—observó Antoniño—. Aquello es una gran ciudad. Yo no digo que allí me fuese de todo punto indispensable la absolución; pero, ¡aquí!... ¿Cómo quiere usted que viva aquí sin absolución un pobre tonelero?
—Y ¿qué pasó por fin? ¿No te dieron la absolución?
—¡Quia!... ¡Si fuese el cura de Ribalta!... Aquel sí que es un cura campechano. Todas las muchachas van a confesarse con él porque las absuelve siempre y les pone unas penitencias muy pequeñas. «Divertíos—les dice—. Tiempo tendréis de rezar si no encontráis mozos de ley que se casen con vosotras»... Pero el cura de aquí es muy estricto. ¡Y eso que yo le regalo de cuando en cuando unos huevos o unas manzanas! ¡Para que digan que los hombres de iglesia son agradecidos!
—¿De modo que no te dio la absolución?
—No, señor. Me dijo que no me la daba aunque me borrase del periódico aquel mismo día. Todo el pueblo se enteró. Algunas personas dejaron de saludarme, y en la fábrica estuvieron a punto de quitarme el pan. Entonces yo me marché a la ciudad, dispuesto a conseguir una absolución, aunque me tuviese que gastar doscientos reales. ¡Qué demonio! Para estos casos quiere uno el dinero. Llegué a la iglesia, me senté al confesionario, y lo primero que le dije al cura fue esto: «Acúsome, padre, de leer El Sol».
—¿Así lo dijiste, Antoniño?