—Es que es el único hombre de algún mérito que tenemos por aquí. El único digno de una estatua.

El escultor fue irreductible:

—¿Cómo va a ser digno de una estatua un tuerto? ¿Cómo va un tuerto a tener mérito?

Los que no somos tuertos no debemos desconfiar todavía de llegar a tener nuestra estatua; pero, para adquirir una personalidad algo estatuaria, debemos dejarnos crecer la barba y vestir siempre de levita.

XIII
¿QUIÉN SOY YO?


Sabe usted quién soy yo?—me dice un señor, colocándose en plena luz delante de mí.

Positivamente yo no sé quién es este señor, pero me guardo muy bien de decirlo así, porque temo entristecerlo.

—Tengo una idea—le contesto—. Su cara de usted no me es desconocida...

—Fíjese usted bien...