Me fijo bien.
—¿No ha visto usted nunca caras parecidas a la mía?
Indudablemente, yo he visto caras parecidas a la de este señor: caras con una nariz, caras con unos ojos, caras con unos bigotes... También he visto sombreros de jipi-japa semejantes a este sombrero de jipi-japa. Sin embargo, no caigo.
—No hay duda—exclamo—de que yo le conozco a usted; pero, así, de momento, no doy con el nombre...
—¿De modo que no puede usted decirme quién soy yo?
—No, señor...
El hombre se queda muy apesadumbrado. ¿Se tratará, acaso, de un hombre que ignora su estado civil y que pretende averiguarlo preguntándoselo a las gentes? ¿Considerará este hombre, tal vez, que, siendo periodista, yo debo estar mejor informado que las otras personas? ¡Caso triste, en verdad, el de un señor que no sabe quién es y que no encuentra quien se lo diga!... Yo comienzo a afligirme, pero el señor me recita de pronto su nombre, su edad, su profesión, sus apellidos y sus motes.
—¿De modo que usted sabía quién es?—exclamo.
—Claro está.
—Y entonces—prosigo—, ¿con qué objeto me lo preguntaba usted a mí?