No me lo preguntaba para informarse, sino que lo hacía con una intención perfectamente capciosa.

Yo permanezco algo desconcertado, y al poco rato comparece otro hombre.

—¡Hola!—exclama el otro hombre—. ¿No sabes quién soy?

—No sé quién eres.

—Y éste—añade señalando a un compañero suyo—, ¿tampoco sabes quién es?

—Tampoco. No sé quiénes sois; pero tal vez puedan informaros en el Juzgado municipal.

Desde que estoy en el pueblo, numerosas personas se me han acercado para que les diga sus nombres. Al principio procuraba complacerlas y hacía esfuerzos inauditos a fin de recordar bien. Ahora ya no me canso. Se trata de un sport local que no me interesa gran cosa. Faltas de otro entretenimiento, las gentes esperan aquí cinco, diez o quince años el regreso de algún convecino viajero para preguntarle quiénes son. Quieren ver si uno ha conservado la memoria durante sus viajes, y, si el tabaco, por ejemplo, se la ha estropeado a uno, entonces le consideran a uno un hombre terriblemente orgulloso.

XIV
EL CAMINO DE SANTIAGO


El que quiera trasladarse en ferrocarril al siglo xiii, que no piense en Santiago. Lo más siglo xiii de Santiago es el viaje. Desde la Coruña se va en automóvil, pero ¡qué automóvil! Viajando en él, yo he tenido una sensación de cosa arcaica y primitiva que no hubiese podido tener nunca viajando en una diligencia. Me parecía así como si el automovilismo fuese una invención medieval, una invención que se hubiese perfeccionado en otras partes a fuerza de siglos, pero que hubiese permanecido estacionaria en el camino de Santiago. Si me aseguran que cuando se descubrió el cuerpo del Apóstol, aquel mismo automóvil había servido para conducir a Santiago los primeros peregrinos, yo lo creo sin vacilar.