—¡Malo! ¡Malo...!

—Ahora quiebra la racha...

Y, en efecto, quiebra la racha. El negro gana. Las raquetas de los empleados, miradas con ojos de perdidosos, parecen enormes...

—¿Ha visto usted con lo que se sale ahora la baraja?—exclama uno de los que habían puesto a encarnado—. Mire usted...

Y enseña su cartón. Estos cartones están divididos en columnas donde se marcan con puntos los colores que ganan. En una columna se ponen los puntos correspondientes al negro, y, en otra, los correspondientes al encarnado. Luego se trazan las líneas de punto a punto y se va obteniendo un gráfico del juego, que es algo así como el gráfico de una fiebre tifoidea. Hay juegos serpentinos, de línea inquieta, que salta constantemente de columna a columna y que podrían llamarse juegos de alambique. Hay juegos casi rectos, en los que se dan 10, 15, 20 negros o encarnados sucesivos. Hay juegos mixtos... Lo malo es que el gráfico del juego no se conoce hasta el final. El jugador que ve salir cuatro negros consecutivos deduce que el juego lleva una dirección recta, y haciendo, a su vez, un juego recto, pone su dinero a negro. Naturalmente que, a lo mejor, sale encarnado. Entonces el jugador dice que ha quebrado el juego y considera que la baraja se ha hecho traición a sí misma. Yo me inclino a creer que los jugadores se precipitan en sus juicios sobre las barajas. ¿Que por qué, si a la postre iba a resultar que se trataba de una baraja de alternativa, ha comenzado el juego con cuatro encarnados? ¡Quién sabe! A lo mejor la baraja lo hizo para despistar...

—Ha quebrado el juego. Mire usted mi cartón...

En realidad, lo único que ha quebrado es la línea.

Todo el mundo pierde, excepto el viejecito y un señor que había puesto 1.000 pesetas a negro.

—¡Por no saber jugar!—murmura un técnico, en discusión con otro jugador—. Ese señor ha ganado, ¿y qué? ¿Es que demuestra algo el que haya ganado ese señor?

Porque ante la teoría general, ante la ley profunda del treinta y cuarenta, los hechos aislados carecen de importancia. ¿Es que se va a destruir con 1.000 pesetas toda una filosofía?