¿Eran alquiladas estas personas? Yo tampoco lo he creído nunca; pero lo cierto es que todos los entusiasmos por la Naturaleza se amortiguaban de un golpe.

—¿Lo ven ustedes? Si aquí no se puede salir... No hay más remedio que meterse en el Casino...

El Monte Igueldo, especialmente, tan bonito y tan próximo a la ciudad, le hacía al Casino una concurrencia terrible. Claro que el Casino hubiese acabado por dominarlo; pero, ¿para qué perder el tiempo?

—Ya que la montaña no viene a mí, yo iré a la montaña—pensó la dirección.

Y la dirección fue a la montaña y puso en ella unos caballitos, y ya nadie mira el paisaje, sino los caballitos, y la Naturaleza ha sucumbido una vez más.

Hoy el Casino no necesita ya hacer esfuerzo ninguno para atraer al veraneante. El veraneante le pertenece por entero. Estos días está haciendo un tiempo magnífico, y, sin embargo, los alrededores de la ciudad se encuentran desiertos a todas horas. La Naturaleza ha perdido el prestigio en San Sebastián. Lo ha perdido... a la ruleta.

VI
EL JUGADOR OBJETIVO


Esto es una ladronera, una perfecta ladronera—dice D. Salustiano—. Ni por casualidad se gana. Va usted a ver...

D. Salustiano coge una ficha de 20 pesetas y la arroja sobre la mesa.