el pecho sacó fuera
y le habló de esta manera.

Triste de D. Rodrigo y de la hermosa Caba, que no entendían tamañas teologías gentílicas, y tristes de los españoles que sólo ven en el río agua que corre, cuando ven y oyen que

el pecho sacó fuera
el río, y le habló de esta manera.

De esta manera, el gran poeta español lo que hace es echarnos, no un jarro de agua, sino todo un río, y por dejar de ser castizo deja de ser poeta español y de ser sencillamente poeta. Esa es la ficción que envenena y encona la más sana y fresca vena poética, ese el desacertado injerto que afea nuestra literatura clásica.

Porque el casticismo no está sólo en el lenguaje, sino también en la idea y en toda la vida; y si menospreciado y tenido como caso de menos valer el casticismo del lenguaje, la literatura española, y aun europea, se descaminó viniendo al cabo á donde bien se podía esperar, á despeñarse en el culteranismo, no menos llegó á desbocarse el pensamiento desarrendado y sin freno en el conceptismo, y se enflaqueció y aniquiló la vida nacional toda entera, parando en el entecado y espiritado fantasma y sombra de pueblo de fines del siglo XVII.

Gallardas hazañerías aquellas del hombre de más talento é ingenio tal vez que ha criado esta tierra española, por haberle hecho nacer el malhadado sino en una era de desquiciamiento del casticismo: de Quevedo hablo.

Desde Cervantes hasta él se abre un abismo literario, y eso que unas mismas prensas hubieran podido publicar sus obras.

Mentira parece que sólo pasara menos de una década entre la creación de lo más castizo en ideas y palabras, el Quijote, las Comedias, las Novelas ejemplares de Cervantes y los monstruosos partos de Quevedo, que nos ponen admiración y lástima á la vez, porque en ellos riñen fiera pelea el poderoso ingenio que se yergue braveando con sus músculos de acero, que llevan la tradición naturalista española en sus venas, y el huero fantasmón del convencionalismo pintarrajeado y retumbante, el robusto pensar de un Séneca y las melindrosas madamerías de aquella infatuada corte. ¿Qué decir de Lope, coetáneo enteramente de Cervantes, bosque secular donde crecen los más corpulentos árboles de la tradición española, pero que injertados con toda suerte de frías mitologías y escuetos escolasticismos resultó una enmarañada selva que no hay quien se meta en ella que no se espine á cada paso y pierda la paciencia?

El que crea que exagero compare en la primera Celestina, en Lisandro y Roselia, en la Selvagia, en Lope de Rueda, los dichos de la gente de casta española con los de la gente de cuenta. Allí está en germen la decadencia: el clasicismo castizo y el clasicismo no castizo bien se ve allí de dónde y cómo se originan. «Maticen los delicados aires mis muchas y dolorosas lágrimas, de miserables y profundos suspiros esmaltadas. Descúbranse los furibundos alaridos, quebrantando los claustros y encerramientos que tanto tiempo han tenido, esparzan con su ligero ímpetu las delicadas exhalaciones de que el no domable corazón solía ser cercado».

Tras estas lindezas hay que oir lo que el mismo Villegas pone en boca de la Libina aquella que sabe desdeñar con recancanillas que abran la bolsa al desgraciado que cae en sus doradas uñas: «Xó que te estriego; por mi vida, que le soltéis el freno y escopirá, ó le asgáis de la barba y deciros ha mil gracias: axó, niño, dalde un tres, que dos merece; ya los diablos le besen, que no tiene mocos». Cotéjese con la insulsez pasada la socarronería presente, el humorismo español, que nos han querido devolver como una gran cosa después de enfriado allá en su paso por Inglaterra; compárese el dilatar del período, el deshilachar de la frase á la latina, con lo apretado y tupido de la castizamente española. Altísima concepción la de La vida es sueño; pero todos los hipogrifos violentos, que corrieron parejas con el viento, amontándose de lo español hacia regiones anticastizas, no supieron jamás escribir ese sencillo párrafo de la menos apreciada de las Celestinas. Tal es el colorido y el brío de nuestra manera castiza de decir, el jugo que encierra, las chispas que despide.