261. Pedro de Verague escribió la Doctrina de la Discriçion, que falsamente atribuyen algunos á Sem Tob. Es un catecismo en 154 estrofas, de tercetos octosílabos, con el último verso de cuatro sílabas. Es de fines del siglo xiv y fué impreso en el siglo xvi (Gallardo).
Foulché-Delbosc ha editado el ms. de El Escorial, IV, b. 21, fol. 88-108, en Rev. Hisp., t. XIV (1906), págs. 565-597; Bibl. de Autor. Esp., t. LVII.
262. Juan Fernández de Heredia, "ilustre vástago de una de las más poderosas familias de Aragón", como escribe Am. de los Ríos (V, 240), nació en 1310, entró en la Orden de San Juan en 1332 y cincuenta y cinco años después fué nombrado Gran Maestro de la Orden; asentó en Aviñón el 1382 y se rodeó de letrados hasta que murió, el 1396, escribiendo durante aquel tiempo obras de historia. Atribúyensele, aunque no todas sean enteramente suyas, sino que las planearía y revisaría, las obras siguientes en castellano aragonés: Versión de las Vidas de Plutarco, ídem de Crosius, ídem de Marco Polo, ídem De Secreto Secretorum, de Aristóteles; Flor de las Istorias de Orient, La Historia de Eutropio, La grant Cronica de Espanya, La grant Coronica de los Conquiridores, de la que ha publicado la Sociedad de Bibliófilos Madrileños las Gestas del rey don Jayme de Aragon, Madrid, 1909. Véase Revue Hispan., 1907, t. XVI, pág. 244; Morel-Fatio, Rom., XVIII, pág. 491.
Johan Fernández de Heredia, Libro de los fechos et conquistas, ed. [con trad. francesa] A. Morel-Fatio, Genève, 1885 (Publications de la Société de l'Orient Latin, IV); Gestas del rey don Jayme de Aragón, ed. R. Foulché-Delbosc (Soc. de Biblióf. Madrileños, t. I).
Don Pedro Gómez de Albornoz, arzobispo de Sevilla hasta 1372, escribió De la justicia de la vida espiritual (Bibl. Real).
263. El Canciller Pero López de Ayala (1332-1407) nació en Vitoria, de padre alavés, Ferrán Pérez de Ayala, y de madre montañesa, Elvira de Ceballos. Entró de paje de don Pedro el Cruel en 1353, fuélo después del infante don Fernando de Aragón, volviendo el año siguiente al servicio de don Pedro, de quien fué partidario hasta 1366, en que fué proclamado rey don Enrique en Calahorra, que, huyendo don Pedro, se pasó con su padre al bando del bastardo. En 1359 recorre como capitán de la flota los mares de Valencia y Cataluña, alcanzando el alguacilazgo mayor de Toledo en premio de su extraordinario valor. Hecho prisionero en Nájera por el Príncipe Negro (1367), se rescató, y tras el fratricidio de don Pedro en Montiel (1369), fué enriquecido y honrado por Enrique II y Juan I. En Aljubarrota (1385) fué preso de los portugueses, pasando quince meses en una jaula de hierro en el castillo de Oviedes, donde trabajó en el Rimado de Palacio y en el Libro de la caza, que compuso en 1386. Rescatado en 1387 volvió á España y formó parte del Consejo de regencia en la minoría de Enrique III (1390-1394) y fué nombrado Gran Canciller de Castilla (1398). En 1402 vió nombrados Merino mayor de Guipúzcoa á su hijo Fernando y Alcalde mayor de Toledo al otro hijo, Pedro. Todavía vivió nueve años dado á la política y á las letras, residiendo, ya en la corte, ya en sus estados de Álava y la Rioja, en los monasterios de que era fundador ó patrono, sobre todo en el de San Juan de Quijana y en el de San Miguel del Monte, cerca de Miranda de Ebro. Murió casi de repente en Calahorra en 1407, después de don Enrique III y cuando se hallaba escribiendo su Crónica. Fué recio de complexión y de musculoso cuerpo, de valor hasta la temeridad, salvo que con reflexión, diestro en la caballería y en las armas, amigo de la caza de cetrería y montería, "muy dado á las mujeres, más de lo que á tan sabio caballero como él convenía", en frase de su sobrino Fernán Pérez de Guzmán.
264. Su padre fué rico hombre de Álava, de los que ayudaron á Alfonso XI á apoderarse de su provincia natal. De la hermana del Canciller descendía Fernando el Católico. En su Crónica confiesa su desleal traición: "e de tal guisa iban los fechos, que todos los más que dél se partían habían su acuerdo de non volver más á él". Amontonó señoríos, alcaldías, tenencias, heredamientos y riquezas sin cuento, siendo además árbitro de cuanto se hacía en Castilla. Obtuvo al pasarse á don Enrique el cargo de alférez mayor de la Orden de la Banda, cuyo pendón llevó en la batalla de Nájera; fué de los más favorecidos en el reparto del botín de Montiel, adonde no asistió; en 1369 logró la Puebla de Arciniega, la torre del valle de Orozco, la posesión del valle de Llodio, que traía en litigio su padre; en 1374, los cargos de alcalde mayor y merino de Vitoria y la confirmación del mayorazgo fundado por su padre, que ya entonces era fraile dominico; en fin, la alcaldía mayor de Toledo, en 1375. Como consejero de Enrique II y Juan I mostró su habilidad en misiones diplomáticas en las Cortes de Aragón y de Francia, asistiendo á Carlos VI en la batalla de Rosebeck, por lo que le hizo en 1382 su camarero y le dió una pensión anual de 1.000 francos de oro. Treinta mil doblas de oro pagó por su rescate á los portugueses su mujer doña Leonor de Guzmán, con ayuda de su pariente el Maestre de Calatrava y de los Reyes de Francia y de Castilla. Ajustó las paces entre don Juan I y la casa de Lancaster, representante de los derechos de los descendientes de don Pedro y peroró en las Cortes de Guadalajara de 1390 contra el proyecto de abdicación y repartición del reino que tenía pensado don Juan I. En 1392 ajustó las treguas con Portugal por don Enrique III, que estaba en su minoridad, el cual después, en 1398, le nombró Canciller. Escribió su vida Rafael Floranes y se publicó en los tomos XIX y XX de los Documentos inéditos para la Historia de España.
265. El Rimado de Palacio fué compuesto por la mayor parte en la jaula de hierro de Oviedes, como el Libro de buen Amor y el Quijote se compusieron en la cárcel. La desgracia abre los ojos para reconocer las culpas propias y ajenas. Desde la estrofa 903 hubo de escribirse más tarde, cuando ya libre el Canciller pudo poner en su obra más tranquilidad y serenidad, que cuando preso comenzó con la propia confesión para que su crítica de los vicios ajenos tuviese más fuerza, bien así como lo hizo el de Hita. Al acabar su Sermón dice en la estrofa 706 que se hallaba aquejado "de muchas grandes penas e de mucho cuydado". Así el Arcipreste pide á Dios: "Saca á mi coytado desta mala presion". No puede negarse cierto parentesco entre la obra del Canciller y la del Arcipreste: ambos pretenden criticar los vicios de la sociedad, con la diferencia de unos cuarenta años.
El Canciller leyó y remedó al Arcipreste en el intento de la crítica social, en la enérgica franqueza y aun extremada libertad de juicio, en el mudar de metro sobre el fondo del tetrástrofo, dando lugar á las combinaciones métricas de la tradición galaico-portuguesa, en las canciones á la Virgen, en la unidad personal que sirve de trama, en lo variado y al parecer descosido de las partes: "Efemérides del espíritu de su autor", llamó Gallardo al Rimado de Palacio. Ya conocemos la obra del Arcipreste; la del Canciller es un libro más del mester de clerezia, sin pizca de la juglaria, que es el alma del Libro de buen Amor. Obra didáctica como las acostumbradas hasta entonces, "que le hizo caer en cierto prosaísmo ético y pedagógico", como dijo M. Pelayo; nada de lo lírico, de lo dramático y de lo épico, que lo es todo en la obra del Arcipreste. El cual era grandísimo y originalísimo poeta; el Canciller era un puro versificador. El fino humorismo con que el de Hita envuelve la retozona sátira, hasta el punto de haber desconocido los críticos su verdadero intento, se convierte en declarada causticidad en la grave sátira de Ayala. Donde mejor le imita es en la pintura de la simonía (c. 229). Tanto va del espíritu erudito del Canciller al espíritu popular del Arcipreste, del beber en los muertos libros al beber en la vena bullente de la vida, del morar en palacios al corretear por ferias y plazas, del tratar con disimulados cortesanos al andar entre escolares, troteras, moriscas y serranas. Con todo eso, ya que no como poesía, la obra del Canciller sirve como claro documento de la depravación de costumbres durante la malhadada época del cisma de occidente. Con esta obra desaparece el verso alejandrino de la literatura castellana.
Pasaba de los setenta años cuando dió el último toque al Rimado de Palacio; nada tiene de extraño que después de los metros ligeros que en las canciones religiosas empleó, á imitación del Arcipreste, volviese á la cuaderna vía, parafraseando al final de la obra el libro de los Morales de San Gregorio.