345. Hacia el 1445 compiló Juan Alfonso de Baena el Cancionero de Baena, con poesías de unos 60 versificadores, de los que mantenían la tradición gallega y de los novadores á la italiana, esto es, alegóricos al modo de Dante, abarcando los reinados de Enrique II, Juan I, Enrique III y la larga minoridad de Juan II, durante la regencia del Infante de Antequera y de la reina doña Catalina. El compilador fué judío converso y su intención, la de dar placer y solaz al mismo rey don Juan, á los Prelados, damas y caballeros de su corte. Al pasar aquí el lirismo de Galicia á Castilla, los poetas trasladaron más lo artificioso, que cuadraba con su genio cortesano, que no lo popular, la serranilla, la cantiga de amigo ó de ledino. El provenzalismo nunca se generalizó en España, y sólo llegó á ella en el siglo xv por mediación de la escuela gallega; ni conoció Santillana á Arnaldo Daniel ni el de Villena á Ramón Vidal de Besalú, cuanto menos los demás poetas castellanos.

346. El más antiguo poeta del Cancionero de Baena parece ser Pero Ferrús, exceptuando al canciller Ayala, su amigo; tenemos de él cinco composiciones, en las que cita los héroes bíblicos, greco-romanos y caballerescos, entre éstos á Amadís, con la advertencia de que ya se leían tres de los cuatro libros que componían la obra, refundida después por Garci Rodríguez de Montalvo. El más copioso (más de un centenar de versos) y de más valer que Ferrús, es el burgalés Alfonso Álvarez de Villasandino ó de Illescas, gran decidor, según Santillana, y demasiadamente ponderado por su amigo Baena, que le atribuye gracia infusa. Alquilaba su arte, de que vivía, á cuantos le pedían coplas, y se enamoraba por su cuenta á cada paso, poéticamente por lo menos, ya de reinas é infantas, ya de moras plebeyas, carnal ó platónicamente. Procaz é insolente cuando denuesta, hasta frisar y aun pasar de lo soez, no le embarazó para ser el poeta más buscado de la corte y llegar á ser caballero de la Banda. Perdió al juego sus dineros, y con los años, la sal de sus versos, y vióse anticuado, y además, ya en 1424, "viejo, cano, calvyllo y lleno el rostro de arrugas y el cuerpo de bizmas de socrocio". No pasa Villasandino de ser el más fácil versificador del Cancionero de Baena.

Aunque algo menos, no deja de serlo Garci Ferrandes de Jerena y tan descuadernado de vida como Villasandino. Perdiéronle las moriscas juglarescas, enamorándose de una "pensando que avia mucho tesoro", casóse con ella perdiendo el favor en la corte de Juan II y "falló que su mujer non tenia nada". Metióse despechado á ermitaño fingido y simulando peregrinar á Jerusalén, dió con su cuerpo en Málaga, donde se circuncidó abrazando el mahometismo, hasta que trece años después, el 1401, volvió del reino de Granada viejo, pobre y cargado de hijos, habidos los más en la hermana de su mujer, y arrepentido, acabó en Castilla entre los escarnios de los poetas, sus antiguos compañeros. Sus poesías, peores que las de Villasandino, y es bastante decir.

El Comendador Fernán Sánchez Talavera filosofa como escéptico y fatalista, proponiendo la cuestión de predestinados y precitos, en la que tomaron parte el canciller Ayala, un paje de Juan I, Ferrán Manuel de Lando, un monje de Guadalupe, fray Alonso de Medina, un judío converso y escribano del Rey, Garci Álvarez de Alarcón, un médico moro de Guadalajara, Mahomat-el-Xartosse, un franciscano de León, fray Diego de Valencia. Pero el desir "que está muy bien fecho é bien ordenado é sobre fermosa invencion", que dice Baena, de Sánchez Talavera es el que compuso á la muerte del almirante Ruy Dias de Mendoza, parecido á las coplas de Jorge Manrique, y no menos el que compuso sobre las "vanas maneras del mundo".

Fray Migir, capellán del Obispo de Segovia, es autor de un sermón fúnebre que don Enrique III dirige á los mortales desde su tumba de Toledo.

Atildado versificador era el Arcediano de Toro, que escribió tres poesías en gallego y el testamento satírico. Gallego de escuela, lengua y nacimiento, poeta insípido y sólo famoso por la leyenda trágica del amor adúltero, fué Macías, si hemos de dar crédito á Juan Rodríguez del Padrón, que dice fué su mayor amigo este extraño personaje, acaso de realidad más legendaria y simbólica que efectiva. Puede verse en la Antología de M. Pelayo (t. IV, pág. lviii...). Fuera de Rodríguez del Padrón y Fernán Pérez de Guzmán, de quienes ya se trató, los demás de la escuela gallega, ó si se quiere provenzal, son poetillas de menor cuantía ó Mecenas aristocráticos.

La escuela toscana de los imitadores de Dante y más adelante de Petrarca y Boccaccio, preparó el Renacimiento en España. El más antiguo y como fundador de la escuela sevillana fué el genovés, en Sevilla avecindado, Micer Francisco Imperial, el mejor poeta del Cancionero de Baena, primer imitador de Dante, predecesor de Boscán y manejador del endecasílabo italiano; pero fué poeta que no sabía volar por sí, sino con las plumas arrancadas á la Divina Comedia, pegadas peor ó mejor á su propósito. Tal es el Desyr de las Siete Virtudes, su mejor y más larga poesía, casi traducción á retazos del Paraíso y Purgatorio. Siguiéronle, si no en el endecasílabo, que no vuelve á sonar desde Santillana, en la alegoría dantesca, por lo menos, un enjambre de sevillanos, que luego trajeron la innovación á la corte castellana, y que por lo menos sustituyeron á la degenerada y paliducha poesía cortesana de la antigua escuela galaico-portuguesa, nuevo calor de vida, tonos vivos y brillantes y hasta atrevimientos desusados y pompas de juveniles arreos. El más señalado fué Ruy Páez de Ribera, "ome muy sabio y entendido", aunque, acaso por lo mismo, reducido á pobreza, con ser vástago de la ilustre familia de Perafán de Ribera, Adelantado de Andalucía, cuyos descendientes fueron Marqueses de Tarifa y Duques de Alcalá. De la pobreza soberbia y malsufrida sacó aquellos fuertes y bien sentidos versos del Proceso que ovieron en uno la Dolencia é la Vejez é el Destierro é la Pobreza, y otros de lástimas y dolencias.

Diego y Gonzalo Martínez de Medina, hijos del tesorero mayor de Andalucía, eran de los Medinas sevillanos, de los cuales Diego se hizo al cabo fraile Jerónimo en Buenavista y escribió acaso la poesía contra el amor mundanal; Gonzalo sobrepujó á su hermano y satirizó y mordió fieramente á prelados y jueces, validos y encumbrados, "ome muy sotil é intrincado en muchas cosas é buscador de muy sotiles invenciones", y sobre todo, "muy ardiente é suelto de lengua".

Citemos solamente al dominico Fray Lope del Monte, al franciscano Fray Alonso de la Monja, á los cordobeses Gómez Pérez Patiño y Pedro González de Uceda, luliano el último y autor de una fantasía humorística ó sueño fantástico y de una disputa entre los colores, Amore indice.

El que llevó á Castilla la innovación dantesca fué Fernán Manuel de Lando, doncel que fué de Juan I y de valimiento en la corte durante la menor edad de Juan II, "imitó más que ningún otro á Micer Francisco Imperial, fiçο asymesmo algunas invectivas contra Alonso Álvarez", dice Santillana, y contra "letrados e frayles faldudos", podía haber añadido, que "fablaban sin orden como tartamudos". En la contienda tomaron parte varios poetas y hasta Baena, que califica la poesía de Lando de "borruna, desdonada, muy salobre y de madera flaca", llevando, en cambio, muy buenos palos del guerrero Ferrán Manuel, y bien merecidos, porque el pelo de la dehesa de su bajo nacimiento no pudo desecharlo nunca en la corte, soltando chocarrerías groseras y torpezas en las muchas contiendas que su vanidad literaria y su insolencia promovieron con Lando, Villasandino, don Juan de Guzmán, Íñigo de Estúñiga, Pero García de Herrera, Álvaro de Cañizares, Gonzalo de Quadros, Soria, Vinuesa, Ruiz de Toro, García de Ría y con todo bicho viviente. Era, aparte de esto, de sutil ingenio y gran versificador, con lo cual, junto con sus rastreras artimañas, se hizo un justador de cuidado en las lides cortesanas.