En los últimos años del siglo xv imprimió el bachiller Alonso Spañon la Introducción muy util é breve de canto llano. De anónimo es el Arte de canto llano, de la misma época. De fines del siglo xv fué el jurisconsulto zaragozano Pedro de la Caballería, de los que recopilaron las costumbres de Aragón, complemento de sus fueros; tuvo cargos reales y asistió á las bodas de los Reyes Católicos. Zelus Christi contra judaeos, Sarracenos et Infidelis, Venecia, 1592 (véase núm. 360). Anónimo: Libro de los pensamientos variables. Á fines del siglo xv fray Gonzalo de Frías, jerónimo del Parral: Philosophia, Ethica, Politica et Oeconomica. Sermones, 2 vols. Super cantica Salomonis. Epistolae. Historia fundationis monasterii S. Hieronymi Granatensis.

Fray Guillermo Gorris, franciscano, aragonés, antes de 1500 escribió Scotus Pauperum.

486. Conviene acabar el siglo xv hablando del Romancero. En el siglo xv comienzan á citar los eruditos y á recoger los romances anónimos populares y aun á refundirlos, después de tantos siglos en que los habían tenido por cosa vil de la plebe, indigna de escribirse. "Ínfimos son aquéllos", decía á mediados del mismo siglo xv Santillana, "que sin ningún orden, regla ni cuento façen estos romances e cantares, de que las gentes de baxa é servil condicion se alegran". Argote de Molina nos dice (discurso, Conde Lucanor, edic. 1575, fols. 92-93) que en el Cancionero del infante D. Juan Manuel (fallecido en 1347), que poseyó y pensó publicar, había romances. Hemos hallado versos del pie de romance en el Mio Cid y en los primeros monumentos castellanos y hemos visto que este metro, el verdaderamente nacional, fué antiquísimo en España, nacido con el mismo idioma, llamado también romance, como derivado por el pueblo del trocaico tetrámetro latino. Los romances viejos son los que se trasmitieron por tradición oral y fueron después recogidos y publicados en pliegos sueltos desde la primera mitad del siglo xvi y en los Cancioneros, enteramente populares y anónimos, en tono sencillo, pero enérgico y hasta dramático. Después, en el siglo xvi, los eruditos compusieron otros, sacándolos de las Crónicas é imitando á los viejos, aunque más prolijos y secos que realmente poéticos: son los que suelen llamarse eruditos ó antiguos. Finalmente, los grandes poetas, sobre todo de comienzos del siglo xvii, hicieron los artísticos, como Góngora y Quevedo, sin imitar los viejos, aunque tomándoles algunos giros, puliendo el metro y adornándolos con todas las galas poéticas de forma que supieron, pero que ya no cantaban tanto la patria, como los alardes de su propio ingenio. Lo que antiguamente era pueblo español se había desmembrado en personas y vulgo, y así el vulgo, como contrapuesto al resto de la sociedad, ya no pudo cantar romances populares, sino vulgares, mientras los artistas entonaban los suyos, ni vulgares ni populares, sino individuales.

Los viejos los clasifica M. Pelayo según su asunto: I. Históricos: 1. Sobre el rey don Rodrigo y la pérdida de España. 2. Sobre Bernardo del Carpio. 3. Sobre Fernán González y sus sucesores. 4. Sobre los Infantes de Lara. 5. Sobre el Cid. 6. Sobre episodios históricos españoles. 7. Sobre el rey don Pedro. 8. Fronterizos.—II. Del ciclo carolingio.—III. Del ciclo bretón—IV. Novelescos.—V. Líricos puramente.

Los romances moriscos se compusieron por nuestros poetas á fines del siglo xvi y comienzos del xvii y aluden á la guerra de Granada, todos inventados, pero remedando no sin gracia y color los viejos fronterizos. Los de germanía son los de rufianes y ladrones de la misma época, como las jácaras. Hiciéronse también literarios, religiosos, morales, filosóficos. Los vulgares y posteriores á la época clásica se hicieron y hacen acerca de todo linaje de asuntos. Los románticos eruditos del siglo xix los hicieron de leyendas preciosísimos, como el Duque de Rivas, Zorrilla, etc.

Toda la vida española se halla en el Romancero. Nacido del pueblo y despreciado por muchos siglos, vino á ser desde el xv la poesía, no sólo popular, como antes, sino también erudita, la más nacional y propia de nuestro idioma y del espíritu español. El Romancero es acaso el monumento más grandioso de la literatura castellana, y el hecho de haberlo sacado el arte de entre las gentes del pueblo, es quizá el más trascendental de su historia. Este acontecimiento, que enlaza y aúna lo popular con lo erudito en esta época de pujante nacionalidad, debiera haber sucedido en el siglo xii; perdiéndose así varios siglos de épica verdaderamente nacional por haber preferido los poetas eruditos de entonces el espíritu eclesiástico-francés al espíritu popular español.

487. La épica popular castellana, ó mejor digamos española, pues brotó en toda la Península, sube á flor de la literatura erudita ó escrita en el siglo xv. Parece brotar como por ensalmo, repentinamente, esto es, les da á los eruditos por sacarla del pueblo y llevarla á sus escritos, tan elegante en su ligero ropaje, tan acabada en sus sencillos contornos, tan concisa en pinceladas, tan musical en dejos, que bien se echa de ver llevaba muchos años de vida lozana, aunque menospreciada por los pendolistas. No era, con todo, ese menosprecio para estar enteramente encubierta, y así es sobremanera extraño que entre los eruditos corra por cosa asentada que su nacimiento no ha de ponerse más que en el mismo siglo xv ó poco antes. La épica de que hablo es el famoso Romancero. Desde que en el siglo xv se pusieron romances por escrito no han acabado de ponerse hasta el día de hoy, componiéndolos lo mismo la gente de letras que el pueblo sin ellas. Un tomo entero ha publicado Menéndez y Pelayo de romances recogidos en estos últimos tiempos en todas las provincias de España y entre los judíos españoles de Oriente; otros tomos se van publicando nuevos aún de romances americanos. Y eso que todos ellos son de asuntos antiguos, algunos antiquísimos, dejando como cosa sabida los que se cantan por ahí flamantes y recién sacados del horno sobre asuntos de nuestros mismos días. Así como se escriben y cantan romances hace cinco siglos, así se cantaron entre el pueblo muchos siglos antes, sin que se escribieran. No parece sino que para algunos autores no hay literatura mientras no se escribe, como mientras no se escribe, paréceles á los mismos que no hay lenguaje. Por no haberse escrito el castellano hasta el siglo xii se dan á entender que en el siglo xii ó poco antes nació el castellano. Pero el castellano vivió muchos siglos sin escribirse, y sin escribirse vivió otros tantos el romancero. Vimos, efectivamente, que la primera manifestación de la literatura escrita en castellano en el siglo xii fué la épica, que por imitar á los franceses pusieron en verso alejandrino y en otros metros franceses nuestros eruditos de entonces, que eran los clérigos; pero que esa épica la sacaron del pueblo, que no hicieron más que mudarle el metro y escribirla y luego desvirtuarla y echarla á perder por abandonar otra vez la musa popular y darse á asuntos latino-eclesiásticos. Vimos cómo aquella épica popular debía de cantarse en pie de romance, puesto que luchan los escritores por despegarse de este metro español y atenerse á los metros extraños y se les escapan no pocos versos de pie de romance: quiere decir que la épica popular en el siglo xii y aun mucho antes era el romancero, el mismo romancero que pasó á la literatura escrita en el siglo xv. Dígase, en hora buena, que no se hallan romances escritos hasta el siglo xv; pero añádase que en el metro del romance cantaban los juglares la epopeya castellana desde antes del siglo xii, y esto en trozos como los que hallamos en Mio Cid y en las Crónicas, lo cual es lo mismo que decir que desde antes del siglo xii lo que cantaban los juglares eran verdaderos romances, que el romancero vivía en España desde que hubo juglares. ¿Desde cuándo? Desde que el pueblo, autor del pie de romance, cantaba en mal latín y verdadero castellano versos trocaicos tetrámetros acataléticos con rima, como los que San Agustín hizo entre los siglos iv y v en latín, el más allegado al romance popular de África. Porque después de muerto del todo el latín, no iba el pueblo á sacar ese metro de los tratadistas latinos de métrica. Y que fué obra popular y no erudita es tan manifiesto, que jamás los eruditos compusieron versos trocaicos de ese metro hasta que los tomaron del pueblo, y eso á desgana, como el autor de Mio Cid, que le salen sin querer, antes pretendiendo hacer sólo versos franceses de ritmo yámbico, que era el ritmo eclesiástico. Hay que hacer hincapié en este punto. El ritmo eclesiástico y por consiguiente erudito, fué el yámbico, y ese mismo fué el ritmo nacional francés, por ser el cortado conforme á aquel idioma; el ritmo trocaico fué el nacional y puramente popular español, desconocido ó menospreciado por los clérigos españoles, pero que venció y se lo llevó todo de calle á fines del siglo xv, sepultando para siempre los metros eruditos de origen extraño, como suele quedar vencedor y dueño del campo, tarde ó temprano, todo lo que es popular, porque, por serlo, es lo nacional, lo natural y nacido en el pueblo y nación.

No hay duda que entre los romances del siglo xv los más populares, nacionales y acabados son los romances fronterizos, los que cantaban las hazañas guerreras nacionales. Ahora bien, ¿qué es eso, sino la misma épica castellana cantada por los juglares de los siglos xi y xii en sus cantares de gesta y que aparece de repente en los primeros escritos, en el Cantar de Mio Cid? Bien se ve, pues, que el romancero es continuación de los cantares de gesta: no retazos de las gestas antiguas, sino las mismas gestas del siglo xv, de manera que las gestas de los siglos xi y xii eran tan romances como los del siglo xv. Del caos métrico del Mio Cid no nació el romance, como quiso Menéndez y Pelayo; aquel caos es fruto de la lucha entre el romance popular de entonces y el alejandrino erudito, además de la torpeza de los copistas, que acabaron de hacer verdadero caos la métrica de aquel cantar. Los eruditos que en el siglo xvi hacían "sus romances nuevos sacados de crónicas", á imitación de los viejos, fueron muchas veces no más que refundidores de su prosa en los romances primitivos que les habían servido de originales, como dice Wolf (Introd. Primav. y flor de romances). Tan claro es y tan averiguado, aun por los autores del siglo xvi, que los romances se habían cantado antes del siglo xii y que estaban prosificados por decirlo así en las Crónicas, que comienzan á escribirse en aquel siglo.

488. Según una teoría de M. Pidal, los cantares de gesta, compuestos originariamente para la aristocracia, pasaron, en la época de su decadencia, de los castillos á la plaza pública. El recitado de esos largos poemas gustó de manera al pueblo, que reteniendo éste algunos trozos sueltos, recitados ante él por los juglares, creó espontánea y colectivamente los romances. Este cambio comenzaría en el siglo xiv y los más antiguos romances no serían más que retazos más ó menos modificados de las últimas canciones de gesta. Á la par, los juglares fueron haciéndolos en la misma guerra con los moros, y esos son los romances fronterizos. Esta manera de discurrir es contraria á lo que la historia de la literatura nos enseña que ha sucedido en todas partes. Los géneros literarios, la literatura, cualquiera que sea, nunca bajó de la aristocracia al pueblo, antes siempre subió del pueblo á las clases elevadas y eruditas. Tal sucedió en Grecia, en España, en todas partes. Literatura nacida en las altas capas sociales jamás penetró en el pueblo: ejemplo vivo tenemos en la literatura romana, que, por haber llegado de Grecia á las personas cultas, jamás llegó á ser popular. En cambio, el pueblo romano conservó siempre su literatura propia, y, muerta la helénico-erudita, subió á lo alto, á los eruditos y sociedad culta en todas las naciones románicas. Los gustos del pueblo y los de la aristocracia son opuestos. Además, el arte que nace entre eruditos, á causa de ser obra individual, por grande que sea el ingenio que la labre, es infecunda; la fecundidad es propia de lo inconsciente, del pueblo, lo mismo en los idiomas que en la literatura, que, al fin y al cabo, es una hijuela del idioma, la gran creación artística popular, social, en la cual no tiene el menor poder el individuo como tal. Ya he tratado este punto, y cuanto á las gestas y á los romances, harto queda probado que son una misma épica popular, sacadas aquéllas del pueblo en los siglos xii y xiii, y éstos en el xv. Cuanto á los fronterizos, ha probado Foulché-Delbosc que los escogidos por M. Pidal no son, como él necesitaba lo fueran, contemporáneos de los acontecimientos que cantan, pues dichos acontecimientos son imaginarios. Ni siquiera se inspiraron algunos romances en las gestas de la decadencia, sino en otros tan populares como ellos y más antiguos, de los cuales son, en cambio, eco las mismas gestas. La épica ni la lírica popular no deben nada á la literatura erudita, antes la épica y la lírica de los eruditos nacieron de la épica y lírica popular. Es imposible que una gesta se transforme en un romance por medio de la transmisión oral; tan imposible como que el metro yámbico alejandrino se transforme en el trocaico del pie de romance.

Vuelvo, pues, á la doctrina de Durán y Wolf: "los primitivos ensayos de la poesía castellana vulgar debieron ser los romances"; "es un axioma, ahora generalmente reconocido en la historia literaria, que en el desarrollo espontáneo y natural de toda literatura verdaderamente nacional—y la española es nacional, y muy nacional—siempre precede la poesía á la prosa, la poesía popular á la artística, y en la poesía popular, la épica ó lírico-épica á la lírica pura" (Wolf, Primavera y flor de romances, introd.).