Está tan lejos de ser cierto que en los escritos medievales se vea nacer el castellano, que, por el contrario, lo que se ve nacer en ellos es el latín. El castellano aparece, la primera vez que se le halla escrito, como una lengua robusta y acabada, y los vocablos sueltos que aparecen en los documentos latinos más antiguos son tan castellanos como hoy día. Antes bien, las formas que aparecen antes son las más castellanas y poco á poco se van acercando más á las latinas. Es que los escritores iban sabiendo mejor el latín conforme adelantaban los tiempos. Por ej., linde se encuentra en el Fuero de Évora el año 1166 (M. P. Leges, p. 392): "Qui linde alieno crebantaverit, pectet quinque solidos, et septem ad Palacio". En la segunda recensión, Fuero de Abrantes en 1179, y de Corucha en 1182 (ibid., págs. 419 y 427): "Qui limde alienum quebrantaverit". En la tercera, F. de Palmella en 1185 (ibid., pág. 430): "Qui limede (al. limide) alieno crebantar...". En la cuarta, F. de Covilhan del 1186 y de Centocellas del 1194 (ibid., páginas 457 y 487): "Qui limitem alienum fregerit...". En la quinta, F. de San Vicente de Beira en 1195 (ibid., pág. 495): "Qui limidem alienum fregerit". Á la verdad, aquí no se ve nacer el castellano, sino diríase que el latín: linde, limde, limede, limitem, limidem. Otro tanto sucede con el término azor y el azorera, que aparecen antes que acetore y aceptore. De las formas arroyo, arroio y arrogio, la primera es la más antigua, del año 841, en la donación de Alfonso el Casto á la catedral de Lugo. En la era 916 hallamos quoto: "factum est in supradicto quoto 8 idibus junias"; y después, en las eras 937, 940 y 983, cautum; y en la de 984, cautamus. No parece sino que el castellano va á convertirse otra vez en latín; y es que la cultura adelantaba, y lo único que pretendían era escribir en latín, haciéndolo cada vez mejor. Siendo para ellos el habla vulgar un latín corrompido, lo saqueaban latinizándolo en sus escritos: abatire de abatir, abadagium, acampanare, acannizare, alcanzare, advescit == consuevit (Glos. gót. Card.) de avezar, "dña Thereysia mea ama", del ama castellano, attondus (era 1100, Arch. Arlam.) ó atuendo en ablativo (ch. Ferdin. I, Sota), del vascuence atondo, "terras cultas vel barbatas" de vervactum == barbecho (ch. Adeph. imper., era 1117. Arch. Naj.), campidator de campeador, campear (ch. Adeph., 1111, Sota), cargas de feno, carnerus, cavalcator, cerrus de cerro, collacius de collazo, collata, ganare, ganatus, autero de otero, heretarius de heredero, ingamno de engaño, quadrare, quitare, sacare, spolas. Sería insensatez figurarse que tales formas latinas hayan pertenecido jamás al habla: son vocablos castellanos, sin origen latino muchos de ellos, pero latinizados por los pendolistas de aquellos tiempos. El que sin criterio quiera amontonar los términos intermedios entre los castellanos y los latinos, los hallará todos en los documentos; pero no son términos medios de la evolución natural del latín hasta hacerse castellano, sino muchas veces, al revés, es la latinización cada vez más perfecta del habla vulgar. Por ejemplo. En Berceo hallamos miraculo (Mil., 46), miraclo (íd., 869) y miraglo (S. Dom., 315). "Berceo nos conserva tres de las cinco formas por que ha pasado miraculum para fijarse en milagro", dice Lanchetas. Si esto fuera verdad, en tiempo de Berceo aún no habría nacido el castellano, ni aun siquiera el latín vulgar, pues el miraclo del vulgar latino es posterior al miraculo de Berceo. Lo que hay es que, menospreciándose entonces el romance vulgar, los escritores creían que debían escribirlo lo más parecido al latín, única lengua literaria para ellos; de modo que en vez de escribir siempre miraglo, que es como se decía en el pueblo, escribían á veces miraclo por acercarse al latín, y aun miraculo, tomado del latín clásico, del cual no había salido miraglo, sino del vulgar miraclo. Siempre la reacción literaria corrigiendo el habla vulgar.

No se pueden tomar sin discernimiento todas las formas que hallamos escritas en los autores: la más vulgar es la única fehaciente; las otras son préstamos eruditos del latín y no reflejan el castellano hablado. Mixtura por mezcla en Berceo (Duel., 40) es de origen muy posterior respecto de mesturar por mezclar y de mesta por cosa mezclada, así como lo es misto. La x de mixtura denuncia un préstamo del latín; hoy ya ha pasado misto al pueblo, pero ha perdido la x, que ni los romanos pronunciaban, cuanto menos los riojanos del tiempo de su poeta Berceo. Modrar (S. Mill., 27, 1), aunque erudito de origen, ya ha perdido la e; la reacción posterior originó el moderar, calcándolo sobre moderare. Como modrar no se usaba entre el pueblo, desapareció ante moderar. Aquí se ve cómo la lengua erudita vive en parte enteramente divorciada del habla vulgar, puesto que en cada época ha tomado los vocablos latinos, modificándolos, no según el fonetismo castellano, sino conforme al uso que los eruditos tenían en la adaptación, mayor ó menor, según las épocas, á ese mismo fonetismo. Hoy la reacción latina es mayor y lo ha sido cada vez más desde el renacimiento. Hoy no nos parece bien se quite la e á moderare y decimos moderar, con sólo quitarle la e final para que quepa dentro de la turquesa de los infinitivos. No se atrevían á tanto los clérigos del siglo xiii, y decían modrar; pero ambas formas han flotado y flotado sobre el habla vulgar, sin penetrar en ella, como escoria erudita que va y viene y se cambia conforme al capricho de los que la emplean en sus escritos y aun en la conversación. El mismo Berceo emplea ya modulado: "Odi sonos de aves dulces e modulados" (Mil., 7); pero ese préstamo es posterior al que convirtió modulus en molde, que también es erudito, pero de época anterior, de mod(u)lus, perdida la u, que nunca sonó en el latín vulgar, y con la metátesis común que afectaron los eruditos más antiguos al transcribir vocablos parecidos, como tilde, si viene de titulus, espalda de spat(u)la. Hoy no nos atreveríamos á derivar con tales metátesis, porque nos picamos de mejores latinistas y tenemos menos cariño al fonetismo nacional. ¿Quién se atrevería hoy á decir motral junto á mortal, como se atreve Berceo? Muebda por movida es de formación erudita de aquel tiempo (S. Dom., 119), como debda de debita; mover, movido, á ser vulgares, huberan perdido la v. También hay mueda = causa motiva (S. Mill., 387), ya más castellanizado, como muedo por modo (Mil., 29), que nadie se atrevería hoy á decir, aunque es conforme al cambio sin excepción de ŏ acentuada en ue, lo mismo que muesso por mordisco (Loor., 77) de morsus, perdida la r según ley. En cambio multo (Mil., 259) es una condescendencia por multum, que hoy nadie la tendría, como no diría nadie nodicia, que dice Berceo (S. Mill., 164), suavizando legítimamente la t de notitia, ni nudrir ó nodrir por nutrire (S. Dom., 59, 528). No creo que odir ni udir se dijeran en tiempo de Berceo juntamente con oir, aunque él escriba de estas tres maneras (Sacr., 56, S. Dom., 312, Duel., 209); la d es por reacción erudita, como en odiendo por oyendo. Tampoco creo sonara palomba como escribe junto á paloma (S. Or., 40, 46), sino que la b era otra condescendencia de escritor hecha al latín. Toda cautela es poca cuando de los escritos queremos deducir lo que realmente debemos atribuir al romance hablado, separándolo de lo que los escritores añadían de su cosecha, por la creencia de que sólo el latín era un lenguaje digno de escribirse y de que el romance, no siendo más que un mal latín, debía purificarse lo más posible para hacerlo digno de emplearse en los escritos, y que se podía y aun debía echarse mano de todo el vocabulario latino, por ser latín lo que se escribía y no ser más que una misma lengua la hablada y la escrita. Otro tanto sucedía en Italia. Dante pensaba que el italiano y el latín eran una misma cosa; llamaba al italiano habla vulgar y gramática al latín, como quien dice: el italiano es un mal latín y el latín sólo merece estudiarse; ó de otra manera, el latín es la lengua literaria (gramática no significa otra cosa), y el italiano es latín mal pronunciado. Petrarca juzgaba lo mismo y menospreciaba el toscano, que en sus escritos levantaba á idioma literario. Tal es el poder de una lengua literaria cuando ha pertenecido á un gran imperio y á una gran civilización. Esas mismas creencias indican que el romance no nació de un golpe, sino que fué, sin solución de continuidad, el mismo latín que, hablado, mejor ó peor, en España en tiempo de los romanos, había ido evolucionando insensiblemente hasta el punto de no cambiar de nombre.

4. En los últimos tiempos del Imperio, verificada ya la fusión de razas, cuando las provincias, adquiridos todos los derechos de los antiguos ciudadanos de Roma por el edicto de Caracalla (212), se tuvieron por tan romanas como la misma ciudad de Rómulo, despertando el espíritu patriótico de la nacionalidad romana ante los pueblos bárbaros ó extranjeros que por todas partes rondaban las fronteras, el adjetivo romanus, aplicado antes á solos los habitantes y cosas de Roma, hubo de generalizarse á todo el Imperio, en oposición al de barbarus. Orosio llamó Romania á todo el conjunto de razas y países comprendidos dentro del Imperio, como se llamaban Hispania, Britannia, Graecia, Gallia cada uno de ellos. Lo más propio de la Romanía, su idioma, llamóse, por lo mismo, lengua romana, hablar en roman, romanice, en romance, era hablar el lenguaje de la Romanía, del Imperio romano, era lo mismo que hablar en latín. El tipo de esa habla era, naturalmente, el latín literario oficial de la administración, que era el que más se acercaba al literario; pero el habla vulgar de las provincias no se creía ser más que ese mismo latín, bien que algo estropeado. Ese mismo latín siguió hablándose por varios siglos; pero ¡qué diferencias no había causado la evolución incesante! Virgilio Cordobés, citado por Sarmiento[1], escribía en el siglo ix: "Ille est vituperandus qui loquitur latinum circa romancium, maxime coram laicis, ita quod ipsimet intelligunt totum... Et ita debent omnes clerici loqui latinum suum obscure in quantum possunt et non circa romancium". En este notable pasaje se traslucen algunos hechos históricos de la mayor importancia. En aquel mismo siglo (842) se redactó el convenio entre Carlos el Calvo y Luis de Alemania en francés ó romance del Norte de la Galia, el primer monumento que poseemos en lengua vulgar[2], del cual dice Sarmiento que lo podrían entender los gallegos sin necesidad de versión. Los clérigos hablaban su latín—dice el autor cordobés—, es decir, un latín de cocina, que distaba bastante, por una parte, del latín clásico y por otra del habla vulgar, puesto que les aconseja que lo empleen entre sí delante de la gente lega, cuando conviene que ésta no les entienda. Por donde se verá el craso error de Martínez Marina al sostener que sólo á principios del siglo xii pudo hablarse de tal manera que se tuviese el romance por distinto de la lengua latina.

Por lo mismo, cuando se querellaba[3] Álvaro Cordobés de que el latín, habla de los cristianos, lo hubiesen olvidado los españoles que andaban entre los moros, teniendo en mayor estima la lengua arábiga, puesto que se refiere al pueblo español, trata del romance vulgar español llamado por él latín por las razones antes apuntadas, no trata del latín clásico que sin género de duda hacía siglos sólo habían conocido algunos privilegiados eruditos, ni siquiera del latín vulgar que para el siglo ix ya había desaparecido. Les dice, pues, Virgilio que hablen su mal latín, latinum suum, lo menos parecidamente al habla vulgar, obscure et non circa romancium. Ese circa romancium ó romance ya no era el romano ó habla romana y latina de la Romanía, y con todo conserva el nombre. ¿Qué habla fué la de la Romanía, es decir, qué fué el llamado latín vulgar? Por las dichas creencias, nadie escribió en ese latín; no tenemos ni el menor documento redactado verdaderamente en esta lengua: de ahí la dificultad del problema. Se trata de reconstruirla por el estudio comparativo de las lenguas románicas, sus sucesoras; por el estudio del latín vulgar antiguo, sólo conocido en los arcaísmos y vulgarismos de Plauto y otros autores y en las escasas inscripciones latinas de la época republicana; por el estudio de los dialectos itálicos, el úmbrio, el osco, el falisco, el volsco, etc., que sin duda modificaron el latín de los conquistadores antes de llevarlo éstos á las demás provincias; por los defectos que á los lapidarios se les escapaban en las inscripciones de la época imperial, á causa de las diferencias entre el habla vulgar y el latín oficial en que las redactaban; por las correcciones de los gramáticos latinos, en las que enmiendan defectos de pronunciación y ortografía debidos al habla común y popular; por los glosarios vulgares coleccionados algo posteriormente, sobre todo por autores africanos y españoles, en los que hicieron notar las diferencias dialectales de estas provincias[4]. Pero todas estas fuentes de información ó no bastan ó no se han estudiado á la vez con el único empeño de sacar á luz el latín vulgar. Los romanistas, que son los que más interesados están en hacer ese estudio, ocupados en el de las mismas románicas, tienen que formarse para su propio uso un sistema é idea particular de esa lengua problemática, encomendando su investigación exprofeso á los indo-europeístas. Estos, en cambio, la dejan para los romanistas, por verse atareados con las antiguas lenguas de nuestra familia. Resultado: que sólo tenemos hechos sueltos, algunos jalones cronológicos y geográficos; pero que nos falta conocer, no sólo esa lengua, pero hasta su cronología y su geografía, los dos ojos que nos la permitirían ver. Estoy, pues, muy lejos de pretender hacer yo la historia del latín vulgar; sólo propondré algunas ideas, algunos hechos indispensables para conocer el fonetismo latino-castellano.

Sabemos con toda certeza que además del latín escrito, que conocemos por las obras literarias, hubo el habla de los romanos, algo diferente de ese latín literario y diferente en las diversas épocas. Á esa habla se refieren los mismos autores latinos, cuando mientan los términos vagos de sermo vulgaris, plebeius, usualis, cottidianus, inconditus, proletarius, prisca latinitas, etc., etc., en oposición á los de sermo urbanus, eruditus, perpolitus, etc. Unas y otras desaparecieron de hecho con la caída del Imperio, ahogadas y puestas en olvido por las lenguas románicas, que habían ido formándose insensiblemente en las provincias al evolucionar el habla vulgar romana entre razas tan diferentes, que habían hablado antes sus idiomas indígenas y tenían sus particulares tendencias fonéticas y semánticas, efecto de la idiosincrasia fisiológica y psicológica de cada raza. Lo primero que echa de ver el que ha estudiado comparativamente las lenguas indo-europeas es que el latín antiguo vulgar, tal cual se transparenta en las inscripciones, en los mismos autores clásicos que afectan arcaísmos y en los más viejos documentos, se allega más en el fonetismo á las demás lenguas de la familia y á las otras lenguas itálicas en particular, que no el latín clásico de la época de Cicerón y de Augusto. Luego veremos algunos casos prácticos que lo demuestran palpablemente: baste decir en general que e, o del antiguo latín, de muchos dialectos itálicos y de las demás I E, toman en el latín literario un timbre más estable, i, u; que los antiguos diptongos debidos al refuerzo ó guna, por el que deico es paralelo á δείκ-νυμι, etc., etc., se contraen en latín literario en i, u, etc. No menos manifiesto es que las tendencias del literario van formando y dando carácter cada vez más idiomático á esta lengua semioficial conforme adelantan los tiempos, pues se les ve apuntar en los más antiguos escritores y ya generalizarse en la época clásica. De modo que en sus principios el literario no se diferencia apenas del vulgar; pero poco á poco cada una de estas lenguas, evolucionando conforme á sus particulares tendencias, va diferenciándose más y más. Con todo, al paso que crece la potencia del literario, por ser habla oficial é imponerse por la administración central, por el establecimiento de escuelas, por el mismo influjo del esplendor de la literatura, la reacción, por decirlo así, oficial y erudita, entabla lucha mortal con el habla ordinaria del Imperio y llega en la época del mayor esplendor literario político, desde Augusto á los Antoninos, á influir poderosamente en esa habla ordinaria. Pero declinando el poder imperial, enflaquecida esa fuerza impuesta, el latín vulgar prosigue su camino, arrolla al literario y lo vence, haciéndole desaparecer de la escena. Tenemos, pues, una prisca rusticitas, más conforme al indo-europeísmo y que encerraba en germen las tendencias que después se desenvolvieron, dando su carácter analítico y aun su fonetismo á las románicas; y junto á ella un latín literario, que, tomando otra dirección, se desarrolla, y apoyado en la fuerza de la política y de la literatura, trata de matar el habla común, sucesora de la prisca rusticitas, influye en ella, pero á su vez vencida y avasallada al faltarle el apoyo oficial, muere á sus manos. Esta victoria del elemento democrático sobre el aristocrático podría dar margen á largas y profundas consideraciones en el terreno sociológico y en el lingüístico; pero no me detendré más y paso adelante.

Aquella prisca rusticitas, verdadero representante romano del habla aria en Roma, siguió su camino, desenvolviendo sus tendencias analíticas, como siguieron desenvolviendo las mismas tendencias las germánicas y el griego vulgar en Europa y las lenguas ario-iranias en la India, en la Persia y en la Armenia, pasando sobre los cadáveres de las lenguas literarias, que buscaron su sepultura en el efímero engalanamiento del artificio de un día. La naturaleza sola es duradera; lo artificial momentáneo. El latín literario, una variante del verdadero ó antiguo latín vulgar, por haberse separado de éste para acomodarse á las modas de unos cuantos literatos y al modo de ser extranjerizo del griego, atrofiado en manos de los mismos literatos y helenizantes, fosilizado en las brillantes oraciones ciceronianas, el autor más clásico y el ápice del latín literario, hubo de fenecer con la misma literatura y pinchado en la misma lengua del orador romano. La diferenciación había comenzado probablemente con la formación de la misma ciudad y pueblo de Roma[5]. Sus dos clases de puros latinos, que fueron luego el patriciado, y de sabelios y otras gentes itálicas, oriundas, sobre todo, de la montaña, y de los demás elementos allegados de la llanura ó Campania, llevaban en sus labios todos los gérmenes de idiomas algún tanto diversos. Esta divergencia fué agrandándose, cual se separan los dos lados de un ángulo, ya por la natural tendencia de la aristocracia á distinguirse de la plebe, ya por el prurito, poco después avasallador, de helenizarlo todo, mayormente desde que Andrónico llevó á Roma el culto artístico de los helenos. Verdadero dialecto del latín común y distinguiéndose apenas del habla popular en un principio, fué separándose cada vez más, quedando enteramente fijado por los autores del siglo de Augusto. Pero como el lenguaje no puede detenerse en su curso, so pena de quedar petrificado como la mujer de Loth, esa sanción literaria le condenó á muerte. La historia suele repetirse, y un mismo sol alumbró en distanciadas regiones dos acontecimientos gemelos. El idioma védico siguió al pasar el Ganjes su evolución; pero los Himnos de los antiguos Richis se refugiaron en los conventos, donde toda la civilización del Sapta-Sindhu, encerrada cual crisálida en su capullo, había de convertirse en la esplendente civilización brahmánica. Allí nació Brahma, endiosamiento del lenguaje, de los Vedas, y allí entre las glosas, prātiçākhyas y casuísmos gramaticales, políticos y religiosos de los monjes, guardadores del depósito sagrado, nació el habla perfecta, el sánskrit, que pudo consignarse después por escrito cerca ya de la Era cristiana en un alfabeto tan divino como le correspondía, en la escritura devanāgarī.

El elemento semidemocrático alzóse contra los tiranos Brahmanes, valiéndose de los mismos principios sobre que se levantaba todo su artificioso poder, y con el nombre de Budismo luchó á brazo partido y se llevó de calle los pueblos orientales. Aquél fué el momento en que los adoradores de Brahma sacaron su Verbo, y el sánskrit clásico, desenclaustrado, comenzó su era de esplendorosa literatura, reaccionando contra el Budismo y contra su instrumento el Pali. Tan artificial como el latín clásico, obtuvo el sánskrit largos siglos la hegemonía; pero las hablas vulgares que, en vez de estacionarse entre los laureles gramaticales de los Paninis ó Quintilianos, siguen adelante en su natural evolución, dejaron fosilizada aquella habla divina, hoy sacada de su sarcófago por los indianistas, como de su sarcófago habían sacado al latín literario los del Renacimiento.

Las lenguas románicas no mataron al latín vulgar; fueron sus continuadoras en la Romanía. Pero antes de salir de Italia y conquistar el Mediodía de la Europa occidental, aquella prisca latinitas hubo de recorrer toda la Península, y si logró imponerse y triunfar de las lenguas todas itálicas, no fué sino á costa propia, coloreándose de los matices de todas, enriqueciéndose con sus despojos, al par que perdía algo de su original personalidad.

Es menester no conocer las antiguas lenguas de Italia, no haber hecho el cernido del latín vulgar, ya en sus elementos fonéticos, ya en los lexicológicos, para creer que el latín llevado á las provincias por los conquistadores era el latín puro de la antigua Roma, y mucho menos el de las familias aristocráticas. Conocemos por Tito Livio (XXVII, 9, 10) las colonias latinas que hasta Aníbal (208 antes de J. C.) se habían desparramado por Italia. Desde este momento para el habla de los Romanos hubo de empezar una nueva era. Hasta la guerra social, época en que se extinguen las últimas protestas patrióticas de los pueblos subyugados, y sobre todo hasta Sila, los dialectos meridionales llevan al latín nuevos elementos lingüísticos, y las diversas hablas de Italia se constituyen todas ellas cual dialectos latinos, pero seguramente matizados por el fonetismo local. Sin admitir la hipotética división de dialectos, sugerida por Mohl[6], en general su idea no puede rechazarse; la unidad del latín vulgar, si tal vez no llegó jamás á realizarse de una manera completa, á pesar del dicho de Quintiliano de que el latín era en toda Italia sensiblemente uniforme (lo cual puede entenderse del vulgar tanto como del literario), mucho menos se había realizado por aquella época en que, vivaces aún al dar el último suspiro las lenguas itálicas, no tenían por enemigos la mayor centralización posterior, las escuelas que después en las provincias se establecieron y la literatura, que aún no había difundido su pujante influencia.

Aún bastante más tarde asevera Quintiliano (Inst., I, v. 56) que los italiotas se distinguen en la pronunciación como los metales. Suetonio (Oct., 88) habla de un funcionario palatino que disgustó á Augusto por decir isse en vez de ipse: era vulgar, como se ve por las inscripciones de Pompeya, en osco essuf, en úmbrio essu, isoc, eso. En Plinio (Ep., IX, 23) se pregunta: "¿Italicus es an provincialis?". La lex Julia municipalis, al fijar el latín como lengua oficial de toda Italia, dió el golpe mortal á todas las lenguas de la Península, que desde aquel momento fueron despeñándose más y más y acabaron por fenecer más tarde ó más temprano. Pero en aquella lucha, en que había de vencer, el latín hubo de colorearse con no pocos matices de las lenguas vencidas, tanto más cuanto mayor era el parecido fonético. "Neque solum rusticam asperitatem, sed etiam peregrinam insolentiam fugere discamus", escribía Cicerón (De Orat., III, XII, 44).