La lengua que primero y más decisivamente influyó en la antigua rusticitas de Lacio fué el úmbrio, por el mayor parecido en sus tendencias con aquel latín vulgar y por las circunstancias históricas en las que se fusionaron. Conquistada y colonizada la Úmbria desde el siglo iv antes de J. C., sus habitantes fueron siempre amigos de los romanos y de los más favorecidos en todos los derechos políticos. Siguió hablándose el úmbrio, pero influyendo en el latín y perdiendo cada día terreno. Abandonóse el alfabeto nacional, que era el etrusco, hacia el siglo iii antes de J. C., conservándose tan sólo en los escritos rituales. En el siglo i, por la ley Julia, todo se latiniza y el úmbrio sólo quedó como lengua religiosa. Así se escribieron las Tablas Eugubinas con letras etruscas y con letras latinas, sirviendo el texto latino para el uso ordinario y el otro como documento testificativo y religioso de la venerable antigüedad.

Fuera de las II y IV, todas las tablas son del reinado de Augusto; de modo que los documentos úmbrios que poseemos son del ii ó i siglos antes de J. C. y del i después de J. C. La parte escrita con caracteres latinos no puede, por su epigrafía, ponerse antes del principio del siglo i después de J. C. El latín vulgar, influido poderosamente por el úmbrio, fué el núcleo del latín hablado de Italia. El osco y demás dialectos del Sur de la Península influyeron menos y tenían tendencias más parecidas á las del latín literario que no á las de la antigua rusticitas.

Si el úmbrio influyó sobre el latín hablado, el osco parece debió influir más bien sobre el latín literario. Según Tito Livio (IX, 36), el etrusco era todavía la lengua literaria de los romanos cuando los pueblos de lengua osca recibieron los primeros establecimientos de los vencedores en el siglo iv, Capua en 342, Luceria en 320, Venusa en 290. La cultura de estas ciudades era muy superior á la de los entonces toscos romanos, merced á la influencia helénica; el osco, tras un glorioso pasado, llegaba á lo sumo de su apogeo literario, y pudo educar la naciente literatura latina. Ennius, Pacuvius, Lucilius eran naturales de países donde se hablaba el osco; un samnita hacía tragedias griegas en Catana (Plut., Timol., 31, 1); un orador lucano peroraba en Siracusa (Dion Crisost., Or., II, pág. 113); había filósofos samnitas discípulos de los griegos (Cic., Senect., 41). El latín apenas adelantó un paso en la Italia meridional hasta la época de la guerra social, en que la fuerza venció todas las resistencias patrióticas. Por lo demás, las vocales, los diptongos, las consonantes del osco convenían casi enteramente con los sonidos latinos y su fonetismo fué el fonetismo que distinguió al latín literario del latín vulgar. El osco, refractario á la contracción de diptongos y á la debilitación de i en e, de u en o, fenómenos propios del úmbrio y del latín vulgar, se opuso á que éste, modificado ya por aquél, pasase al Sur de la Península. En el siglo i después de J. C. todavía se empleaba el osco en las actas oficiales, nada menos que en Nápoles, cuando ya el úmbrio sólo se conservaba entre literatos y sacerdotes, y siguió hablándose durante el Imperio en las ciudades y en los campos. En el latín de Cartago es donde más influjo tuvieron las lenguas de la Italia meridional. El osco tuvo que empezar á perder terreno desde la guerra social, sobre todo cuando, despoblado casi el Samnium y traídos habitantes de otras regiones además de las colonias militares romanas, echó Sila las bases de la latinización completa de Italia, abandonando la antigua política romana de dejar la administración y la lengua indígena en los países conquistados.

Esta política de Sila fué la que siguieron después Augusto y sus sucesores en las provincias, originando así la uniformidad mayor ó menor del latín hablado en todo el Imperio, ayudándose mutuamente, como suele suceder, la unidad política y la unidad de idioma. El latín que las legiones romanas llevaron á sus primeras conquistas fué el latín vulgar, no influido todavía por el literario, y cargado en cambio de los arcaísmos de la antigua rusticitas[7] é impregnado ya con toda suerte de elementos itálicos. Tal es el primer fondo del latín vulgar de España y de Cerdeña, que contiene rasgos arcaicos y dialectales itálicos, no encontrados en las demás provincias. Conviene recordar el orden en que fué introducido en éstas el latín: Italia, Cerdeña (siglo iii antes de J. C.), España (siglo ii), Cisalpina, África, Iliria, Provenza (125), Galia septentrional, Rethia, Dacia. En lo que se refiere á España, Artemidoro de Éfeso, que escribía hacia la época de la guerra social, dice en un fragmento de su Periplo que algunas tribus españolas de las costas hablaban, no el latín, sino la lengua de los italiotas: «γραμματικῇ δὲ χρῶνται τῇ τῶν Ἰταλῶν οἱ παρὰ θάλασσαν οἰκοῦντες τῶν Ἰβήρων» (Cfr. Schuchardt, Vok., I, 93). Era, sin duda, el latín cargado de umbrismos de la Italia central, que entonces empezaba á bajar también hacia el Sur de la Península italiana.

Naturalmente, cuanto antes fué colonizada una provincia, tanto más arcaico hubo de ser el latín que formó la primera base del romance. Los autores de glosarios y compiladores de arcaísmos son africanos, precisamente porque allí se usaban tales términos: Nonio, Fulgencio, Plácido, que escribió en África ó tal vez en España; Charisio, de origen africano; el mismo Apuleyo de Madaura, en África. Estos autores hicieron lo que nuestro San Isidoro cuando recogía los términos característicos del habla vulgar de España. El comienzo de la colonización de nuestra patria fué á fines de la República por colonos italiotas, con muchos auxiliares pelignianos, marrucios, campanos, samnitas. El italismo aparece aquí antes que en ninguna parte. Sertorio quiso tal vez formar una nueva Italia en España, en la que todos los de nacionalidad italiana gozasen de los mismos derechos. Su Senado constaba de 300 miembros después de habérsele unido Perpenna el año 77, tanto de italiotas como de romanos. Escipión el africano fundó en 204 á Itálica famosa, favoreciendo la colonización de los mismos italiotas. Sus habitantes, coloni italicenses, formaban parte de la tribu Sergia. Eran, pues, políticamente romanos; pero italiotas de origen, sabinos, faliscos, marsos, oscos; y sin duda entre los vencidos en la guerra social no faltarían quienes vinieran á buscar aquí una nueva patria. Tal es la causa de que el castellano contenga bastantes elementos de la antigua rusticitas del Lacio y de las lenguas itálicas, elementos procedentes de los siglos ii y i antes de J. C. Por ej., cueva de cova, ñūdo por nōdus, por la ū del osco, del sabino, en vez de la ō latina. Varron dice del coenāculum falisco que se empleaba por comedor en Faleria, Lanuvio y Córdoba. Ya hemos visto que isse por ipse era dialectal, y que en úmbrio se decía essu y eso: es nuestro ese, eso, que sin duda viene del úmbrio, pues en Cerdeña es usadísimo (issu, su), y en España se encuentra (ipse) en las inscripciones en vez de los demás demostrativos. La contracción de au átono en o, excepto delante de sílaba con u, procede del úmbrio y era propia del antiguo latín vulgar; el influjo literario restauró después en gran parte el au. La 3.ª p. plural -unt, legunt, sustituyó durante el Imperio por reacción erudita á la itálica antigua -ent del osco-úmbrio stahint, benurent; pero se conservó donde ya había echado hondas raíces, en Cerdeña y en España: elien, fachen y piden, abren, cogen. La preposición per en vez de prō se encuentra en todos nuestros documentos más antiguos, como en el testamento de Odoar del año 747: "Per suis terminis": es el per úmbrio empleado con ablativo, tota-per, nomne per, como περί, empleado por el antiguo latín, de donde el per italiano, el per del antiguo castellano, del cual derivan pero, para y por. Conocida es la i del plural italiano, que colorea con este timbre delgado toda aquella lengua. Ni en España ni en Cerdeña se halla. Ninguna lengua itálica formó el nominativo plural en ī, excepto el latín: aun en las inscripciones antiguas latino-itálicas se ven formarse nominativos como filios, vireis, scalas. En úmbrio la primera declinación lleva -as en el nom. plural, urtas, anglar por rotacismo, en vez del -ai latino, musai. Lo mismo en osco: pas exaisc-en ligis scriftas set == quae hisce legibus scriptae sunt. En la segunda declinación el úmbrio lleva -us, prinuvatus; el osco lo mismo, Abellanus; mientras que el latín -i, domini. Sólo, pues, por la reacción erudita del tiempo del Imperio se explica esa -i italiana; pero esa reacción nada pudo en Cerdeña ni en España. El dativo pronominal -uī, -eī de formación reciente, masc. illuī, fem. illeī, por el epiceno illī, hállase en todas las románicas y aparece en las inscripciones italianas desde los primeros siglos del Imperio. Sólo falta en castellano-portugués y en sardo; en España y África no aparece ni en una sola inscripción. Estos hechos prueban varias cosas. En primer lugar, el influjo de la antigua rusticitas y del úmbrio en el latín de España y en el castellano. En segundo lugar, que la reacción erudita no fué tan poderosa en España como en Italia, contra lo que asevera Mohl, el cual parece que con insistir en esta aseveración ya da satisfacciones cumplidas á los defensores de la unidad del latín vulgar y á los que dicen que las lenguas indígenas no influyeron en las románicas. Cuanto más distanciadas estaban, dice Mohl, estas lenguas del latín, tanto más puro se habló el latín, tanta mayor influencia tuvo la reacción literaria, y tanto mejor se olvidaron los idiomas indígenas; y por eso, aunque el latín, viniendo á España antes que á otras provincias, hubo de tener elementos arcaicos y dialectales itálicos y evolucionar antes que las otras románicas; pero la reacción literaria, mayor aquí, niveló pronto el latín de España con el resto del Imperio. Tal parece discurrir, ó debe de discurrir, de mantener el dogma de la unicidad del latín vulgar. Pero los hechos desmienten este razonamiento y prueban que los elementos arcaicos y dialectales duraron en España sin que la reacción erudita pudiera borrarlos, y que, por lo mismo, si el latín de toda la Romanía fué esencialmente el mismo, en concreto hubo diferencias dialectales de tanta monta como las que acabamos de ver y otras que irán apuntándose. Sólo añado por ahora la no existencia en España, demostrada por el mismo Mohl, del hic y del dativo reaccionario, que dió lui y leur á casi toda la Romanía, pero que no entró en España. La verdad es que no acabo de entender la última decisión de Mohl cuanto á la doctrina de la unicidad del latín vulgar: los hechos se la hacen negar unas veces, otras la opinión general le arrastra tras sí. La teoría generalmente admitida entre los romanistas es que los romances provienen de un latín vulgar, idéntico en todo el Imperio, entre los siglos ii y iv después de J. C., es decir, después de la conquista de la Cisalpina en el siglo ii, y sobre todo durante la romanización de la Transalpina. Esta teoría supone que sólo el celtismo pudo influir en ese latín vulgar, y que no influyeron ni el latín antiguo (antiqua rusticitas), ni las lenguas itálicas. En esta época fué realmente cuando el latín hablado llegó en todo el Imperio á ser más uniforme y á parecerse más al latín literario y oficial, por razón de la mayor unificación y centralización política y del mayor apogeo de la literatura. De aquel latín vulgar común provienen los caracteres comunes de todas las románicas y cuanto se encuentra de común en todas ellas. Es más: de entonces viene el trasiego de vocablos y radicales á todas las regiones de la Romanía, los cuales eran indígenas de una ó de otra exclusivamente. El léxico románico, compuesto de radicales latinos y no latinos se fundió entonces y se generalizó en toda la Romanía. En esta doctrina se apoyan los romanistas para inventar una forma latino-vulgar que explique cualquiera otra forma de cualquier romance. De tales formas latinas bien se puede repetir lo que dijo Sittl: "Das Vulgärlatein, mit welchem die Latinisten operieren, ist ein Phantasiegebilde" (Jahresb. Fortsch. Klass. Altert., t. LXVIII, páginas 526-540): es un latín de pura fantasía. Seduce la precisión matemática con que se reconstruye de esta manera el léxico latino y con que se deducen de tales formas forjadas todo un sistema de leyes fonéticas, que después se aplican mejor ó peor á otros vocablos. Y como para que quepan todas las variantes románicas no hay más que ensanchar la fórmula latina, el negocio es fácil: no hay más que poner fórmulas generales. Se trata—dice Mohl—de explicar la contradicción entre el it. orzo y el cast. orzuelo ante el prov. ordi y fr. orge. Se dice que en latín vulgar -di- en hiato después de consonante todavía no había consonantizado la i, que en todo el Imperio se pronunciaba *ordĕu ú ordĭu. Con esto, las formas más modernas provienen de aquella época, lo mismo que las antiguas: en la fórmula caben todas ellas. Es lo que hacen los indo-europeístas al explicar todas las formas de las lenguas indo-europeas, sin tener en cuenta la cronología ni la evolución particular de cada una de ellas. Tal es el sistema comparativo, cuando á la vez no es histórico: se exagera y convierte en teórico y ultrametafísico. Si el latín vulgar no es más que lo que podamos deducir de las románicas, ese latín siempre será una lengua típica y formularia, que explique las románicas, y nada más, una lengua de abstracciones. Y claro está, no teniendo en cuenta la investigación histórica, prescindiendo de la cronología de las formas, la ilusión de rigor científico que presenta este procedimiento teórico arrastra y satisface. Pero la realidad es harto más compleja. Cuando se nota la predilección en España por los pronombres iste, ipse, y lo raro de hic, y la ausencia completa de huic, huius en toda nuestra epigrafía, mientras se menudea tanto en otras partes, no puede menos de ocurrir la sospecha de que el latín de España en algo difería del de Francia é Italia, y que es una ilusión pretender poner como tipos del latín vulgar general hic, huic, illuī, illūius, que en España no aparecen jamás. Los elementos arcaicos, que no pueden menos de confesarse, se tratan de explicar como formas aisladas y de acarreo, con tal de que subsista en pie la unidad del latín vulgar. Pero las tesis deben desaparecer cuando los hechos claman contra ellas. Además, esta tesis lleva prácticamente á querer hallar un vocablo latino para cada vocablo románico, como si las románicas no tuvieran formas debidas á su propia evolución. Este elemento idiomático, originado dentro de la vida de los romances, es, precisamente, el más interesante para cada uno de ellos, y es el que con mayor empeño pretendo yo que resalte en mis estudios acerca del castellano, sin negar nada de lo que legítimamente ha de atribuirse á la lengua común latino-vulgar.

Desde la guerra social, el latín oficial y literario lucha contra el latín hablado y contra todas las tendencias dialectales, que había ido recogiendo al través de Italia y en su marcha triunfante por las provincias. Esta reacción erudita va creciendo á la par que el poder y la centralización oficial romana hasta Augusto y sus primeros sucesores. Las escuelas, la administración oficial, el arte literario, son sus principales palancas. Desde los Antoninos, en el siglo ii, la lengua literaria y oficial comienza á decaer, vencida en toda la línea, y á principios del siglo iv desaparece. Las provincias más tardíamente conquistadas recibieron, por consiguiente, un latín más parecido al literario, Portugal ó Lusitania y el norte de la Galia. Mientras en España conocer y en Italia conoscere provienen del antiguo y vulgar conōscere, en Portugal el erudito cognōscere dió conhecer, en Francia conoistre con n por gn; pero al sur conoscere junto á cognātus, prov. conhat, cast. cuñado. El latín hablado en todo el Imperio adquiere en esta época su mayor unidad, ayudando poderosamente el continuo trasiego de las legiones, que pasan de un punto á otro, llevando á todas partes las variantes dialectales de todas.

En algunos centros españoles, el latín literario debió reaccionar poderosamente. Conocida es la completa latinización de parte de Andalucía: las escuelas de Córdoba fueron famosas, más todavía que las de Narbona, fundadas para romanizar la Provenza. Sólo en Provenza y en España hay el pluscuamperfecto, que era rarísimo en latín vulgar, y cuyo empleo en estas dos regiones parece deberse al influjo literario. Otro tanto se diga de los tipos del perfecto de subjuntivo, fuerim, habuerim, cantaverim, que no hay ni en Cerdeña: fuere, hubiere, cantare, en portugués fôr, houver, cantar, no vienen del vulgar latino, sino de la reacción literaria. Pero no es completamente exacto el dicho de Mohl: Sin el latín literario no se hubiera uniformado el latín vulgar y los romances hubieran aparecido cuatro siglos antes. ¿Acaso el latín se plantó en España sin evolucionar, aguardando á que se le llevara á las últimas provincias conquistadas? ¿Ó tuvo tal poder la reacción literaria que deshizo todo lo producido, evolucionando durante ese espacio de tiempo? No desaparecieron los arcaísmos y dialectalismos itálicos, ni se volvió atrás en su evolución el latín de España: por consiguiente, siempre hubo de tener algunos caracteres que le fueron propios.

Hay, pues, en nuestro romance una mezcla de elementos eruditos con otros arcaicos, debidos á que, cuando vino por primera vez el latín vulgar, el literario todavía no estaba del todo fijado ni había influido sobre el habla vulgar, llena de italianismos. Este doble carácter distingue á nuestro romance de todos los demás; conviniendo con el sardo en el elemento arcaico y diferenciándose de él en el literario, que en Cerdeña dejó muy pronto de influir en la época imperial. Cadiello viene del katel úmbrio, como catellus en Reichenau, no del catulus. El influjo úmbrio dominó durante el Imperio extendiendo -el de nominativo á los demás casos, haciendo olvidar el -olo-, lat. -ulus, -ulum: catel, acus. catello (úmbrio katlu): de aquí el vulgar -ello, cast. -iello, luego -illo, cuchillo de cultellus, preferido con vitellus por Plauto á los clásicos catulus, vitulus. Estas huellas itálicas deben de durar más claras y en mayor número en los patois italianos, donde siempre hubo de haber dialectos rústicos del latín vulgar: al finalizar el Imperio se hablaba mejor el latín en algunas poblaciones de España y Provenza que en Italia. La lucha entre el latín literario y el vulgar termina en el siglo iii, en el que vence el vulgar en los autores cristianos; en el siglo iv Claudiano y los puristas versifican ya en un idioma literario muerto. El latín de Dacia ó su descendiente el rumano merece especial interés, pues nos presenta el latín que hablaban las legiones imperiales en los siglos ii y iii, ya que pronto quedaron allí los colonizadores como separados del resto de la Romanía y nunca hubo especial influencia literaria.

En Italia, el latín, en tiempo de los Gracos, se componía de infinidad de patois locales, que fueron unificándose hacia la guerra social en una lengua común bastante uniforme. En Dacia, el país estaba abandonado casi enteramente al invadirlo los romanos; el latín militar llevado por Trajano era el general del Imperio durante los siglos ii y iii de nuestra era. Los colonos eran "ex toto orbe romano" (Eutropio, VIII, 6), sobre todo eran legionarios, unos 25.000 hombres; la literatura no influyó allí, pues no hubo escuelas por no haber bárbaros que latinizar, la dominación fué efímera. El rumano presenta el latín vulgar común del Imperio á fines del siglo ii: los plurales -i, -e, las segundas personas en -i, la caída de las consonantes finales, o, u, como representantes del au átono, el tratamiento de las paladiales, son fenómenos comunes al rumano y al italiano, y de Italia debieron de partir la mayor parte de los colonos de Dacia. Después del fondo italiano contribuyeron más al latín de Dacia el de Rethia y el de España por medio de los auxiliares militares de las legiones, pues los de la colonia trajana, según aparece por las listas de Goos, son casi todos españoles, retos y sirios. Los hispanismos del rumano actual son manifiestos. El verbo ajuná, macedonio adzuná = ayunar. Al finalizar de la República jā- átona se hace jē- en literario, Plauto no conoce más que iāiūnus, iānuārius quedó junto al iēnuario vulgar á causa de Iānus. De modo que iāiūnus es más antiguo que iēiūnus, y Thurneysen cree que antes fué *ēiūnos, skt. ājūna-. En Philoxeno ēiūnat, de donde por asimilación iaiunat, luego por reacción literaria ieiunat, ó tal vez de eiunus salió aiunos. La legión VII galbiana, compuesta de tarraconenses y llevada por Galba á Roma y al Lacio (Tac. Hist., I, 6, Suet., Galba, 10), fué la que más hispanismos llevó á Roma y á la Campania. Un hispanismo es la general suavización de las explosivas, sin excepción en España, acaso por influencia itálica anterior. En Italia la reacción erudita se opuso á la generalización de la ley. En úmbrio las explosivas tendían á suavizarse ante r, l: subra = lat. supra, kabru y kapru, mandraclo, podruhpei; en osco también: embratur = imperator; peligniano empratois, osco Aderl(ú) = Atella, úmbrio adro, adrer = āter, en Igubium -br- por -pr-. En el latín imperial de Italia las mudas ante r nunca llegaron á suavizarse del todo, pietra, padre, ladro; capra, cavriulo en Toscana. La -t final cae pronto en las inscripciones provinciales; en Roma y el Lacio al revés, tarda mucho en caer. En Pompeya (siglo i) pedikaud, liciid, ya se suaviza en -d, como en osco, luego las formas sin dental, muy generales al Norte, se generalizan. Del siglo iv al v sólo persiste la dental ante vocal. Después de los Antoninos, sobre todo desde el siglo iii, el latín imperial hablado se descompone, perdiendo la unidad que en mayor ó menor grado había conseguido apoyándose en el lenguaje literario y oficial. Las provincias caen en la cuenta de la debilidad del poder central, despiértanse sus iniciativas y su autonomía política y administrativa, la disolución comienza en la lengua como en la política.

Al retirarse en 329 Constantino á Bizancio da á entender que no podía ya conservar la unidad política, abandona el Occidente á su propia suerte, á la futura civilización que ya despuntaba. Teodosio, en 395, no hizo más que confirmar oficialmente esta escisión, dividiendo para siempre el Imperio. Las lenguas románicas habían sofocado, no sólo á la lengua literaria, sino á la latina vulgar, de la cual habían nacido. Cuando Odoacro destruyó el Imperio de Occidente, en 476, todo latín había dejado de hablarse—dice Gröeber[8]—. Francia quedó libre de toda relación con el Imperio romano en 538; España entre el 615 y el 623; Italia en 650[9].