Ni los nombres sueltos latinos han tenido tanta riqueza de derivados como los nombres sueltos eusquéricos. De un verbo latino derivan muchos nombres; pero vinieron ya formados en su mayor parte del Lacio. No así de las palabras indígenas; como tenían fuerte arraigo, tomaron multitud de sufijos: unos puramente eusquéricos, otros latinos, otros comunes á las dos lenguas. La comunidad de raíces y sufijos fué un gran factor en la evolución del nuevo romance.

Carrus es término suelto en latín, tomado á los íberos de la Galia, así es que no tiene equivalente en las I-E, ni más derivados que carrūca ó silla volante, en Suetonio, carrucarius y carrŭlus, diminutivo y aun la terminación -ca es ibérica. Pero ese carrus lleva la terminación latina -us; en éuscara, e-karr-i, llevar, kar, raíz de todo el verbo. Véanse los derivados del romance: carr-aca, embarcación de acarreo; carra-co, viejo tardo; carr-al, barril para llevar vino en carro; carralero, carre-ar, a-carrear, carrejar, dim. carrello == carrillo, carr-era, ca-rrer-illa, carrer-a, carr-eta, carreta-da, carreta-je, carreta-r, carre-te, ca-rrete-ar, carrete-l, carret-ela, carret-era, carreter-ía, carreteri-l, carre-ter-o, carret-illa, carretill-ero, carret-illo, carret-ón, carreton-ero, carri-car, con -ka éusc., carri-ego, carri-l, carrill-ada, carrill-ar, carril-era, carr-illo, carrillu-do, carri-ño, carro-za, carroc-ero, carro-cha, carro-mato, carromat-ero, carru-aje, carru-co, a-carrear y todos sus derivados. Todos éstos no vienen de carrus ó carro, sino que, en su mayor parte, derivan de la raíz kar, habiendo contribuido el uso del carrus latino, sin duda alguna, á tanta fecundidad. Viene luego car-ga con -ga eusquérico, y tras él otros tantos derivados: cargar, des-cargar, re-cargar, en-cargar, cada uno de los cuales cuenta con una nueva prole, y otro tanto digo de des-carri-ar, des-carrilar, en-carrilar. Y nótese que ya no se trata de carro, sino de llevar, idea del kar, ekarri, que está aún en el acarreóme muchos disgustos, etc.

La infinidad de derivados aumenta si pasamos á la variante garra, mano en cuanto coge y lleva, que suena y es la misma en éusquero que en castellano, y es la misma raíz suave del kar fuerte. ¡Cuántos derivados no salen de garra, a-garrar, des-garrar, gar-za, engar-zar, des-engarzar, garro, garro-te! ¡Y todavía nos vendrán con que de carrus viene toda esa balumba de términos! Muchos de ellos podrían usarse también en éuscaro como en castellano, mientras que no podrían serlo en latín: es que los sufijos y la raíz son eusquéricos, mientras que sólo carrus es latino por préstamo, y ni la raíz car lo es, ni la mayor parte de los sufijos.

Comparando la masa etimológica que el castellano posee directamente del latín y del éuscaro, se nota en seguida que del latín tiene muchos términos en las explosivas c-, p-, t-, y poquísimos en las suaves g-, b-, d-, y al revés del éuscaro. La razón es manifiesta: las suaves son en éuscaro las más numerosas, por eso lo son los términos castellanos tomados directamente del éuscaro. Por el contrario, como esas suaves eusquéricas se hicieron fuertes al pasar á las indo-europeas, y entre ellas el latín, los términos que el castellano tomó del latín llevan de ordinario esas explosivas fuertes. Por manera que, cuando en algunos casos el romance suavizó las fuertes latinas, vino á parar por un círculo completo á los sonidos primitivos. Por otra parte, cuando el mismo romance reforzó las suaves eusquéricas, no hizo más que lo que habían hecho las demás indo-europeas. Y esta ley de refuerzo, aunque no sin excepciones, se halla en el paso del éuscaro al castellano, lo mismo que en el del éuscaro á las demás indo-europeas. Es la ley de Grimm, inexplicable hasta hoy, pero que en nuestro caso paréceme que se vislumbra la razón y por qué. El pasar de las fuertes á las suaves no necesita otra explicación que el principio de la degeneración fónica, del descuido en articular. Lo difícil está en explicar el hecho opuesto: el paso de las suaves á las fuertes. La pronunciación eusquérica y castellana es notable por la suavidad de los sonidos suaves; relativamente, es mucho más suave que en las demás lenguas antiguas y modernas. Por eso, cuando los extranjeros aprenden estas lenguas, pronuncian las explosivas suaves tan fuertemente, que nos choca, y parécennos articular más bien las explosivas fuertes. Del bibere hemos hecho nosotros un beber, que mejor se escribiría wewer; viene un francés y le oímos casi peper. Por la misma razón se originaron en castellano la z y la j, espirantes nacidas de la extremada suavidad de t = d, k = g. Así óyese decir Madriz, Valladoliz, y la j casi siempre viene de x, ó sea antiguamente ch francesa y eusquérica. Ahora bien: á los romanos les pasó, sin duda alguna, lo mismo que les pasa á los franceses al articular éstos el castellano ó el éuscaro, aquéllos el éuscaro ó ibero y el naciente romance: hicieron fuertes las suaves eusquéricas. Esta tendencia se hacía más necesaria por el deseo de pronunciar claro unos sonidos que á los oídos poco acostumbrados siempre parecen obscuros, sobre todo si son suaves. Así acontece que el extranjero, instintivamente, hace hincapié en cada sonido de la lengua que le es extraña, por lo mismo que deletrea y recalca cada una de las sílabas por no poseer todavía la rapidez propia del que, sin reflexionar, pronuncia en su lengua propia.

12. Sobre el éuscaro: W. v. Humboldt, Prüfung der Untersuchungen über die Urbewohner Spaniens, vermittelst der Vaskischen Sprache, 1821; Emil Hübner, Monumenta linguae ibericae, Berolini, 1893; Edouard Philipon, Les Ibères, París, 1909, y las obras de Erro sobre el alfabeto celtibérico, Astarloa, Larramendi y demás vascófilos (Allende Salazar, Biblioteca del Vascófilo, y la que después escribió Vinson).

Sobre el celta: H. d'Arbois de Jubainville, Cours de Litt. Celt., t. XII, 1902; íd., Les celtes en Espagne, Rev. Celt., t. XIV, 1893, página 357; t. XV, 1; t. XVI, 383; K. Müllenhoff, Deutsche Altertumskunde, II2, pág. 237; Gröber, Grundriss der Roman. Philol., t. I, página 388.

En general, sobre el origen del castellano: Förster, Spanische Sprachlehre, Berlín, 1880; Cejador, Tesoro de la lengua castellana, 10 vols., 1908-1914; íd., La lengua de Cervantes, 2 vols., Madrid, 1905-1906; Gröber, Grundriss, citado; F. Gorra, Lingua e letteratura spagnuola delle origine, Milano, 1898; F. D. M. Ford, Old Spanish-text, Boston, 1906; J. Cejador, Diálogos sobre el origen del castellano, Madrid, 1915.

13. En el castellano primitivo, formado del latín vulgar y del éuscaro, hay que distinguir: 1.º, el elemento éuscaro de voces las más corrientes y que expresaban los conceptos más tradicionales; 2.º, el elemento vulgar latino, de voces también comunes y de otras que el buen tono de la sociedad romana ponía de moda y de las que la cultura latina trajo como ideas nuevas para los indígenas; 3.º, finalmente, el elemento de evolución, que fué formando nuevas voces y acepciones, barajando los radicales y sufijos de entrambas lenguas. Por cima de esta habla vulgar, los eruditos, romanos y españoles, fueron añadiendo el elemento erudito, que no llegando al pueblo, no entraba de lleno en la turquesa fonética castellana, y cuando á medias entraba, formaba voces que decimos semieruditas. Unas y otras comenzaron á usarse desde el principio y han seguido tomándose del latín literario, como son las eclesiásticas, que el cristianismo trajo á poco; las forenses, las gramaticales, literarias y artísticas, etc. Como espuma que flota, han sido usadas unas un tiempo, olvidadas otras. Desde el renacimiento el prurito por estos vocablos ha ido creciendo, sobre todo en la época del gongorismo, y hoy más á imitación del francés (idioma que fué perdiendo la herencia evolutiva popular, sustituyéndola por otro léxico latino muerto y erudito, sacado del diccionario) lleva nuestro idioma el mismo camino, de arte que en nuestro diccionario sobrepuja el número de estas voces á las evolutivo-vulgares, menospreciándose éstas en cambio, que no hallan en él cabida, aunque entre la gente popular sigan vivas y lozanas. Así se divorcia el habla erudita de la nacional cada vez más.

El elemento griego ha llegado siempre al castellano pasando primero por el latín, esto es, latinizado, lo mismo las palabras que desde el principio vinieron, que se atienen á las leyes fonéticas de la evolución latino-castellana, como las que después fué trayendo la erudición, ya sean puramente eruditas, ya semieruditas. Hoy se traen infinitas técnicas, pronunciándolas á la latina para que pasen por la hilera tradicional.

Una vez formado el romance al choque del latín vulgar con el éuscaro, resultando un latín vulgar pronunciado á la española, perdidas las terminaciones casuales, con la mitad del léxico éuscaro, los idiomas que después influyeron en él tan sólo le tocaron en la superficie, prestándole algunas palabras sueltas, sin modificar en nada la gramática, la estructura ni apenas la derivación.