14. "La lengua, ha escrito Novicow[12], caracteriza por excelencia las facultades mentales de los pueblos: el vocabulario de una lengua es como una enciclopedia popular, porque no se da nombre más que á las cosas de que se tiene noción; la gramática y la sintaxis son la quintaesencia de la lógica de un pueblo; la lengua es la trama más íntima de las facultades mentales". Cada pueblo se mueve dentro de un círculo de ideas propias y á ellas corresponden los vocablos de su idioma: diferentes son las ideas de un francés moderno de las de un esquimal y de las de un griego de la antigüedad. El pueblo español prelatino se movía en un círculo de ideas bastante diferente del romano. Por muy adelantados que supongamos á los españoles de entonces, hay que convenir en que la cultura latina era mucho más extensa. Aun descartando los elementos esotéricos de cultura, propios de un número poco considerable de romanos, en la religión, en la filosofía, en la política, en las ciencias y en las artes, los cuales no pudieron generalizarse en España sino muy poco á poco, todavía quedan bastantes otros más exotéricos y populares que, en mayor ó menor grado, todo romano poseía. Estos elementos populares de cultura, que no tenían los españoles, los trajeron los primeros colonizadores romanos á España, y desde el primer momento en que al choque del latín con la lengua indígena quedaron como esbozadas las primeras líneas del nuevo romance, éste tuvo que apropiarse los vocablos latinos correspondientes á las ideas de esos nuevos elementos de cultura, que acá no tenían propia expresión.

Tal es el estrato de cultura, cuyos vocablos, ciertamente, formaron parte del habla que entonces nacía entre los españoles que se latinizaban y los romanos que se españolizaban; pero no respondiendo á ideas genuinamente españolas, hay que colocarlos en una capa superior, menos primitiva, menos general, menos castiza en una palabra, que los de las capas de que voy á hablar en seguida: son el terreno terciario del romance.

Vengamos al estrato de aristocracia. Al nacer el romance por el choque del latín con la lengua indígena de España, sucedió lo que siempre sucede: que ni los españoles (hablo de la masa popular) hablaban latín, ni los romanos podían hablar latín con los españoles, ni la lengua indígena, que no conocían; los españoles latinizaban sus vocablos propios y los romanos españolizaban los suyos. Pero en esta lucha y entrechoque de elementos lingüísticos ya se podía conjeturar cuál sería el vencedor: el más fuerte. No el más fuerte por las armas, pues godos y árabes no pudieron con ellas vencer y matar la lengua nacional, ni el más fuerte por el número, pues los árabes conquistadores impusieron su lengua en Persia y Egipto, y los romanos en España, á pesar de ser menos en número que los pueblos vencidos; sino el más fuerte por la civilización, que es lo que, al fin y al cabo, se impone siempre, como se impuso la civilización indígena española á la gótica y arábiga, y como á la española se impuso la romana. Ya no trato aquí de los elementos de cultura, sino del poder debido á la civilización y á esa misma cultura. Veamos lo que pasa hoy día. Las naciones más civilizadas imperan moralmente: Francia impone sus modas en todos los países latinos: en Italia, España, Portugal y América, y aun, en parte, puede decirse que en toda Europa; en el siglo xvi las imponía España. Si el trato de los franceses con los españoles fuera más íntimo y doméstico, si vivieran con nosotros, en nuestros mismos hogares, sucedería respecto de los vocablos lo que hoy sucede respecto de las modas en el vestir, de la quincallería y juguetes de la industria parisiense, de la literatura y de otras muchas cosas. Quiero decir que, así como en todas éstas la moda francesa se impone, por una especie de poderío como aristocrático que ejerce, haciendo que en la opinión pública pase como de buen tono lo que viene de Francia, así en los españoles de aquellos tiempos influía ese poder mágico como aristocrático y de buen tono de cuanto llevase el sello romano, y mucho más de los vocablos y modos de decir. Los términos indígenas se menospreciarían y se irían arrinconando poco á poco, prefiriéndose los términos latinos de moda, quizá menos expresivos, pero de mejor tono. Las clases sociales superiores, que estaban más en contacto con los romanos, serían las primeras en aceptar, en procurar distinguirse por el empleo de dichos términos, y, como hoy sucede, las clases inferiores seguirían más ó menos gustosamente á las clases como aristocráticas. Es lo que vemos suceder en el país vascongado, que teniendo vocablos eusquéricos prefieren, los que viven en contacto con los castellanos, emplear los vocablos castellanos, y esto aun cuando hablen en vascuence, y, por el contrario, castellanizan no pocos vocablos vascongados, resultando, por ejemplo, el patois bilbaíno que se habló hasta hace poco en Bilbao, ó la mezcolanza que se nota en todas las poblaciones vascongadas. Hasta los predicadores piensan en castellano y, por consiguiente, sus discursos vascongados están empedrados de términos castellanos con las terminaciones eusquéricas, y mucho más el pueblo, al hablar su lengua, la rellena de castellanismos, y al revés, cuando hablan castellano emplean muchos vocablos, terminaciones y giros vascongados. Pero el castellano va ganando terreno por estar de moda y ser de buen tono: y lo mismo en otros tiempos iba ganando terreno el latín, aun en el empleo de vocablos comunes á las dos lenguas que luchaban por su independencia. Tal es el estrato aristocrático, ó de moda, si se quiere, el cual está formado por términos latinos, pero más castizos que los del estrato de cultura, en cuanto que responden á ideas no traídas de fuera, sino propias del pueblo indígena, como que tenían sus términos propios en el país, sino que fueron cediendo ante la moda y el poder cuasi aristocrático de los términos latinos.

Y á este estrato, que podemos comparar al terreno secundario, creo yo que corresponde el influjo del latín en nuestro romance, cuanto á los elementos gramaticales: por ese influjo, el habla indígena de los españoles entró en la gramática latina tan de lleno, que el nuevo idioma vino á ser un romance. Y si no, véase lo que pasa en las poblaciones vascongadas, que han abandonado ó están abandonando y olvidando su propia lengua en nuestros días. La gramática castellana es la que impera: muchas terminaciones, muchos vocablos y, sobre todo, el fonetismo, son eusquéricos: ni más ni menos que en nuestro castellano respecto del latín, ó sea el latín que hablamos en España respecto del éuscaro. El castellano es un latín por la gramática y por la mitad ó más de sus vocablos; pero contiene muchísimos eusquéricos, casi la mitad de su vocabulario doméstico y popular; contiene muchas terminaciones derivativas eusquéricas, y el fonetismo, la pronunciación, es del éuscaro casi exclusivamente.

El estrato de formación, el terreno primitivo, como quien dice, de nuestro romance, está formado por un corto caudal de verbos sobre todo, demostrativos y nombres latinos, que son del uso más vulgar y necesario para la vida ordinaria. Los verbos decir, hablar, haber, tener, ser, estar, ir, llevar, traer, coger, dar, recibir, ver, oir; los nombres de los miembros corporales, de los utensilios más comunes en el ajuar doméstico, pertenecen á este estrato, el más castizo y primitivo, el que concurrió desde el principio á la formación del romance.

Por estos tres estratos, el terciario, el secundario, el primario, es por lo que el latín puede decirse que es padre del castellano, sobre todo por el primario y secundario, por los cuales le infundió su gramática y la parte esencial de su vocabulario.

15. Respecto del elemento semierudito del castellano, las leyes fonéticas más esenciales se guardan en parte también en todos sus vocablos; pero aun esas mismas y las que obraron después de la primera formación del castellano dejan de guardarse, haciendo que las tendencias fonológicas del idioma los modifiquen á medias. Los escritores en las diversas épocas los allegan al latín cuanto pueden; el pueblo los castellaniza: resultado, que viven en continuo vaivén, sin acabar de entrar enteramente en el molde castellano. La reacción erudita comenzó á oponerse al curso evolutivo natural de las lenguas románicas desde su mismo nacimiento. ¿Cómo explicar la unidad del latín vulgar y de las románicas sin ese poderoso freno que las contenía? ¿Cómo pudo aguardar el latín en España cuatro siglos, hasta aparearse con las demás y presentar idénticos fenómenos? Durante todo ese tiempo en España no pudo quedarse estacionario el latín; evolucionaba. Pero la lengua oficial lo tenía á raya y lo iba atrayendo hacia sí, y cuando ya el latín se había extendido por todo el Imperio, la reacción del habla oficial y la mutua comunicación entre las provincias igualó el habla de todas ellas, por lo menos superficialmente, como por medio de un rasero. No hay dialecto románico alguno que no posea términos abstractos: todos ellos son de origen erudito, como ha notado Mohl. Esos abstractos, dejados á merced de la evolución popular, se hubieran modificado; pero la reacción erudita estaba siempre allí para no permitir se alejasen de la latinidad. Los verdaderos abstractos nacionales son los posverbales, abstracto-concretos propiamente. Artificialmente ha ido renovando á la continua esa misma reacción erudita todos los términos de menor empleo entre el vulgo y de uso cotidiano entre las personas instruidas, que siempre tendían hacia el latín. La palanca principal de esta reacción fué siempre la Iglesia, conservadora en sus ritos y entre su clero del latín más ó menos clásico. De la Iglesia eran los que algo sabían y escribían, eran clérigos, ellos mismos se llamaban del mester de clerecía: en sus escritos tenían que mezclar el latín, y por la preocupación de que el romance no era más que latín estropeado, se creían obligados á reformarlo, á volverlo siempre hacia el tipo latino, único para ellos castizo y perfecto. Cierto es que el latín de la Iglesia, nacido precisamente como ella, de entre el pueblo, distaba bastante del clasicismo ciceroniano. Pero una vez que la jerarquía eclesiástica subió al poder, gobernó el mundo europeo y quedó dueña exclusiva de la enseñanza y de la cultura, tendió hacia el clasicismo cuanto se lo permitieron los tiempos. Si no llegó del todo á él, sino en contado número de escritores, fué porque siempre se resentía su latín de su vulgar origen, porque el pueblo, á quien se dirigía, llevaba la dirección opuesta, porque la literatura clásica era una literatura muerta, que sólo admitía imitación más ó menos lejana. Pero todos los términos eclesiásticos son eruditos en su origen, y, cuando llegados al pueblo, empiezan á evolucionar, arrastrados por el cauce común, la erudición eclesiástica los renueva otra y otra vez. Así se explican las mil variantes de tales términos: cabildo, capitol y capítulo, deán y decano. Pero en los primeros tiempos el agente principal de la restauración fué la administración romana, oficial y letrada por oficio. La sintaxis apenas pudo modificarse; pero sí los términos sueltos, el fonetismo particular. El ejército es un gran instrumento nivelador, y no lo fué menos durante el Imperio. Las escuelas, donde sólo el latín clásico se aprendía, eran focos de reacción contra las tendencias vulgares. La literatura, con su autoridad, presentaba la forma típica, á la que trataban de amoldarse en lo posible en su manera de hablar las personas cultas y los funcionarios todos imperiales. Todos estos elementos dieron cierta unidad al latín vulgar de aquella época y reaccionaron sobre muchas tendencias que llevaba consigo desde la época de la antigua rusticitas y desde la época republicana, en la que había tomado tantos elementos itálicos.

Una vez muerta la lengua literaria, su poder fué menor; pero nunca cesó de reaccionar, más ó menos, según la mayor ó menor cultura de los tiempos. En los siglos más decadentes, los romances, dejados libremente, fueron subdividiéndose y multiplicándose, á la par que políticamente se subdividían y multiplicaban los pequeños Estados. La tendencia que después llevó á éstos á unirse en grandes nacionalidades, llevó también á las hablas populares á unirse, predominando unos dialectos sobre otros. El castellano ha ido oscureciendo los antiguos dialectos y provincialismos, borrando casi las pequeñas variantes navarras, aragonesas, leonesas, salmantinas, extremeñas, andaluzas, murcianas. La lengua va adonde la llevan la unidad ó la multiplicidad de la política. Pero en todos tiempos todas las hablas románicas hallaron un freno y un elemento reaccionario que las volvía hacia el latín, en los eruditos, escritores y eclesiásticos.

Como elemento erudito que influye en el lenguaje hay que poner la escritura, que en otros tiempos apenas podía reaccionar por el corto número de personas que sabían escribir y leer; pero que en el presente, merced á la vulgarización de la cultura, pone en grave peligro el lenguaje. Á pesar de lo natural que parece el principio de que la escritura debe acomodarse á la pronunciación, puesto que no es más que un instrumento para perpetuarla, no han faltado quienes hayan proclamado que la pronunciación debe acomodarse á la escritura, por la especiosa razón de que ésta se halla menos expuesta á corromperse que no aquélla. Es el triunfo de lo artificial sobre lo natural, que se verifica en todos los órdenes y asuntos de la sociedad humana, que de suyo parece tender al convencionalismo, á la falsedad y á la rutina. Todas las instituciones sociales, todas las obras humanas, degeneran en convencionalismos: omnis homo mendax. Hoy se aprenden las lenguas por los ojos, más bien que por los oídos; no sólo las lenguas extrañas, sino hasta, en parte, la lengua materna. La mitad del vocabulario castellano lo hemos aprendido por la lectura, puesto que entre el pueblo no se usa, fuera de alguno que otro de esos infinitos términos latino-eruditos, que la generalización de la cultura va sedimentando y haciendo penetrar hasta en las más hondas capas sociales. Naturalmente todos esos vocablos los aprendemos y pronunciamos como los hallamos escritos, es decir, como quisieron propinárnoslos los eruditos que los trajeron, no del latín hablado, sino del latín escrito. Tomaron esos cadáveres seculares, que son las palabras latinas escritas, y medio vistiéndolos á la española, nos los dieron como seres vivos; pero no son más que monigotes, maniquíes que se mueven mecánicamente por el resorte de la escritura.

Llegará un día en que pronunciemos septiembre, obscuro y substancia, porque así han querido los eruditos que escribamos estos términos, que todo el mundo pronuncia setiembre, oscuro, sustancia. La psíquica, en el lenguaje, tiene poder para todo eso y mucho más. Porque mucho más es lo que ha conseguido: es una máquina que tritura y modifica cuanto se le eche en la tolva. El castellano rechazó la f latina, la cual en antiguo castellano sólo servía como signo de otra articulación muy diferente, de cierta aspiración. Pero vinieron los ignorantes eruditos y, viendo escrita la f, dieron en pronunciarla á la latina, y hoy no sólo decimos fatuo, sino fuego, y hasta en Folgaba el rey Rodrigo pronunciaremos la f, que nunca sonó, porque era mera variante ortográfica de h, letra añadida á olg-aba, de olga, olgueta en éusquera. En halagar, por el contrario, no suena f, por haberse sustituido h- por f-, falagar, y esa sustitución ortográfica ha cambiado la forma hablada. Los castellanos pronuncian tan suave la b, que pudo escribirse falagar el balaka-tu vascongado; pero en su variante empalagar tenían la etimología bien clara. En fecha la f es puramente ortográfica; pero ha servido para distinguir de sí mismo al vocablo, que sin ella es hecha, hecho.