Por centenares se cuentan en Madrid los rótulos en los que se lee carnecería: pronto diremos todos carnecería en vez de carnicería. Debió ocurrir á algún mentecato, si no fué á algún erudito consultado, que debía decirse carnecería, puesto que de carne se trata y no de carni; mandó ponerlo así en su rótulo, y los demás lo han seguido. Ó tal vez fué algún aragonés el que lo puso de moda, trayéndolo de Aragón, donde por etimología popular se dice carnecería. Pero esta palabra no viene de carne directamente, sino de carnic-ero, y nadie dice carnecero, como que carnicero deriva de carn-iza, ó sea el despojo de las carnes, las carnes, como quien dice, despojadas, partidas, de las que trata el carnicero ó cortador. Con haber puesto la Academia en su Diccionario vagabundo, quitando el vagamundo castizo, los escritores escribirán vagabundo y vagabundear, verbo no castellano, pero derivado de ese esqueleto vagabundo. La etimología de vagamundo es popular, por creerse que encerraba los vocablos vagar por el mundo, ya que -bundo nada dice á los oídos castellanos, como no sea á los eruditos, que nos han traído treme-bundo, nausea-bundo, lacrima-bundo, furi-bundo, etc. Nuestros padres decían dino, y así lo escribían; pero los latinizantes y etimólogos escribieron después digno para vestirlo á la latina, siendo así que en castellano gn da ñ, y dino es de préstamo posterior: hoy, á fuerza de leer digno, lo pronunciamos como lo leemos. Es tan antipático al castellano el núcleo gn, que por evolución natural dió ñ, cuñado de cognatus, empeño de pignus; y tomado después digno por los eruditos, por la misma tendencia tuvieron que reducirlo á dino. Otra vez vienen los eruditos y nos escriben digno: esta vez la escritura ha vencido, y digno decimos todos los que sabemos leer y aun los que no saben y no quieren pasar por rústicos. De electus la evolución fónica hubiera hecho elecho, como pecho de pectus; pero yo estoy seguro que se dirá siempre electo; y que el pueblo no erudito dirá eleto. ¿La razón? La escritura, que se impone á la evolución. ¡Bonita lengua vamos á trasmitir á nuestros nietos! Como dijo á este propósito Darmesteter: "La lengua escrita deforma la lengua hablada", es la gran palanca en manos de los eruditos y de las Academias, con la cual antes no contaban.
Los términos eruditos pueden ya dividirse en dos clases: los antiguos, que mejor se llamaran semieruditos, puesto que se acomodan en parte al fonetismo castellano, y los modernos, eruditos enteramente, que, merced á la generalización de la escritura, vienen al castellano sin modificación alguna. De éstos, muchos no son ni latinos, pues no suenan como en latín; son ultralatinos, pues se pronuncian como los encontramos escritos y como no se pronunciaban en latín. Implicar se dice, sin tomarnos la molestia de darle la modificación del semierudito plegar, cuya variante vulgar es llegar. Hoy suenan ce, ci como dentolinguales; en latín sonaban ke, ki. Encontramos escrito exceptum, y escribimos excepto, y pronunciamos con la dentolingual: somos ultralatinos. Ellos dirían tal vez eskeptum; nosotros pronunciamos la x, sonido que nunca fué castellano: es que hemos aprendido que x era sc en latín. El núcleo xt sonaba en latín st; pero nosotros, que encontramos escrito extendere, escribimos extender y pronunciamos xt: somos, repito, más latinos que los romanos. Pero eso no es limpiar ni dar esplendor al castellano: es matar á la hija ¿para resucitar á la madre?—No; á la abuela, con todos sus carcamales á cuestas. Pero de resucitarla, había que resucitarla del todo, y no á medias. ¿No dicen, aunque no es verdad, que tino viene de dignus? Pues escribamos y digamos: tiene usted mucho tigno, ha atignado usted. ¿No dicen que acontecer viene de adcontingescere? Pues digamos: adcontingesció quod illos hispaniolos stabant laxiatos de illa manu de Deus. Tal es el ideal de los latinizantes. Eso ¿es purificar el castellano, ó volver al modo de escribir de los tiempos medios y á un modo de hablar que nunca fué? Ciertas pronunciaciones actuales se deben á una falsa lección: dícese danza macabra de danse macabre; pero la variante verdadera es danse Macabré, y Macabré era un nombre propio de persona, que, por errada lectura, ha parado en adjetivo, por no llevar acento la -e en las ediciones antiguas de "la Dance Macabre". Un necio me corrigió compaña, diciéndome que era errata ortográfica por compañía en el dicho "en buena paz y compaña". Pero compañ-ía y compañ-ero ¿de dónde viene, sino del castizo compañ-a, como montañ-és de montañ-a y fontan-ero de fontan-a? Si resucita el antiguo maguer, se dirá magüer, porque así han dado en escribirlo con diéresis y pronunciarlo los que no sabían que se pronunciaba maguer, y que la u se puso para que la g no tuviera la antigua pronunciación, para que no se dijera majer, ó antiguamente madjer. Tal es el poder de la escritura. Y esto ha sucedido, más ó menos, en todos tiempos. Hemos convenido en que Berceo escribió, con mayor ó menor dosis poética, en lengua castellana. Yo estoy convencido de que más de la mitad del Diccionario de Berceo no es castellano, y que, por tanto, escribió en una lengua convencional de la gente leída y para la gente leída. Escribía con palabras de los libros, no con palabras vivas de lengua alguna. Ni las pronunciaban así los españoles ni las pronunciaron los romanos. Pero escribir entonces era calcar el latín con un mal transparente castellano. Entonces, ahora y siempre el arte de escribir tiene mucho de artificial y reniega del lenguaje que emplean los que no escriben. El castellano rancio que oye uno en las aldeas no forma parte del léxico berceano, como ni de otros muchos escritores. Buscando sus ideas en los libros, más que en el mundo real, es natural que también dejen las palabras del habla real por copiar las muertas de los libros. Hay que repetir, pues, que "la lengua escrita deforma la lengua hablada".
16. Como los eruditos han continuado sacando del latín nuevos términos en todas las épocas, después de separado el castellano de la lengua madre, desfigurado un vocablo latino y á veces modificado en el sentido, se ha puesto en uso otro derivado del mismo original latino. Antojo, por ejemplo, de ante-oculum == delante del ojo, es de formación antigua; pero ante-ojo es posterior, de formación erudita, sacado del mismo ante-oculum. Tales son los multiformes que han enriquecido el idioma. Desde luego, se echa en ellos de ver su mayor ó menor antigüedad y su origen popular ó erudito. En nuestra lengua hay unos 1.800 temas ó estirpes latinas que, por este medio, han dado origen á más de 4.000 palabras diferentes; en francés, unas 3.000 de 1.400 temas; en portugués, 1.000, de unos 300 temas; en italiano hay muchas menos. Pueden clasificarse las voces multiformes con arreglo á la modificación fónica que las distingue. 1.º. Por simple cambio de género: el cura, la cura; el canal, la canal; el vista, la vista. 2.º. Por simple mutación de vocal final, cambie ó no el género: fruto y fruta, de fructum; madero y madera, de materies (y materia); ramo y rama, de ramus; base y basa, de basis; mangla y mangle; tinto, tinte y tinta, de tinctus, -a, -un; tardo y tarde, de tardus; huerto y huerta, de hortus; grado y grada, de gradus; talle y tallo, de thallus; alegre y alegro, de alacer. 3.º. Por alteración de consonante: hervor y fervor, de fervor; hondo y fondo, de fundus, aunque hondo puede ser el ondo eusquérico; aliñar y alinear, aunque aliño parece ser el lein; allanar y aplanar, de planus; domeñar y dominar, de dominari; hilo y filo, de filum; hosco y fosco, de fuscus; jalma y salma, horma y forma, aunque el primero parece venir de orma, éuscaro, y el segundo de forma, latín; tajar y tallar y talar, cambio y cange, balurdo y palurdo. 4.º. Por modificación de vocal interior: braña y breña, torta y tarta, calvario y calavera, campaña y campiña, cerco y circo, antojo y anteojo, vedija, vedeja y guedeja. 5.º. Por alteración de vocal y consonante: cáliz, caz y cauce, de calix; lucha y luto, de lucta; alnado y entenado, payo y Pelayo, diz y dice, trueno y es-truendo, zarcillo y cerquillo. 6.º. Por aféresis, síncopa, apócope, epéntesis, etc. Son voces de diferente forma y significación, aunque de común origen. La una es obra del pueblo, la otra del literato; una es más antigua, otra más moderna.
Entre las mismas populares hay formas que sólo difieren por el sufijo, empleándose en sentido algo diferente; otras veces se diferencian por la suavización de las explosivas, ley antigua de nuestro romance, que la formación erudita no tiene en cuenta. De modo que nuestra lengua obedece á dos series de principios muy encontrados, porque casi es lengua doble. Las formaciones antiguas populares constituyen el castellano verdadero; las eruditas son un emplasto de puro latín ó griego, con ligeras modificaciones en las desinencias, jerga parecida al latín macarrónico que se quisiera añadir al habla del Lacio, y que consiste en dar terminaciones latinas á las palabras castellanas.
Según el genio del castellano se formaron los sufijos -ado, -ago, -blo, etc.; los eruditos han introducido formas en -ato, -aco, -plo, etcétera, verdolaga, de portulaca; clérigo, de clericus; amigo, de amicus; higo, de ficus; lego, de laicus; cantiga, de cantica; fuego, de focus. Van contra esta ley: bellaco, cántico, público, apostólico, cívico, cáustico, cómico, famélico, lumínico, músico, laico, físico, etc. Decir famélico, de fames, teniendo hambriento, es como decir hambrienticus en latín macarrónico. El sufijo -za es más antiguo que -cia, -tia, pereza y pigricia, pigritia, dureza y duricies; avaricia, codicia, justicia, planicie, franquicia, son eruditos; franqueza, llaneza, son populares en su origen. Terneza y ternura, pureza y puridad, tienen diverso sufijo y diverso valor. Llano y plano, tilde y título, cabildo y capítulo, frío y frígido, tizón y tizne, velar y vigilar, venganza y vindicta, tienen el mismo origen, algunos con sentido diverso; pero otros ni aun en esto difieren, y sólo se deben al capricho de los autores, que han querido ostentar originalidad necia y vana palabrería. No tienen razón de ser frígido, vigilar, vindicta, como la tienen huebra, obra y ópera, sueldo y sólido, fragua y fábrica, habiendo demás el francés forja. Á veces la ignorancia, ó el quererse atener á la letra, han originado ciertas voces, como, por ejemplo, algunas eclesiásticas: monaco, monago y monje, de monacus; deán y decano, episcopado y obispado, decanato, pináculo, cenáculo y cenador, dominica y domingo, todas litúrgicas.
La pronunciación varía á veces, otras la sola ortografía, fundada acaso en una etimología falsa: holgar y folgar, faca, haca y jaca, hatajo y atajo, hasta y asta, buhardilla y guardilla, hosco y fosco, agur y abur, halda y falda, hanega y fanega, arpado y harpado, holgorio, folgorio y jolgorio, atiborrar y atiforrar, crear y criar, hierba y yerba, fleco y flueco, frey y fray, menjuí y benjuí, albóndiga y almóndiga, aspaviento y espaviento, moñiga y boñiga, bodrio y brodio, bolondro y molondro, cuáquero y cuácaro, cogulla y cugulla, entremeter y entrometer. No poco influye en esta variedad el uso de los diversos dialectos, que no se han fundido todavía. Por lo mismo, esta variedad fué mucho mayor antiguamente, y en sus principios debió de haber una espantosa confusión. No habiendo las comunicaciones de hoy ni la literatura, elementos que fijan las formas en cada provincia y en cada población, era natural se formasen los vocablos con cierta variedad y libertad: dentro del genio del castellano caben muchas particularidades, puesto que las leyes fonéticas se fundan en principios generales cuya aplicación permite cierta amplitud, y los sufijos y raíces, no teniendo otro valor que el convencional del uso, fácilmente se modifican en los labios del pueblo. Los sufijos latinos, por su mayor parte, tienen una significación muy vaga, no responden á una idea fija: de aquí que se aplicaran con mucha libertad y poca precisión al derivarse nuevas formas. Esto no sucede con los sufijos de origen eusquérico, cuyo valor es exactísimo y determinado, y así lo conservan y se conservan ellos mismos más intactos en castellano.
El genio del castellano tiende á formar diptongo de cualquier combinación de vocales; los eruditos tienden á conservar el reflejo etimológico de las voces. De aquí la varia pronunciación: los eruditos dicen amoníaco, zodíaco, Calíope, miríada, saúco, Esaú; pero el pueblo quita ese acento y forma los diptongos zodiáco, Caliópe, miriáda, sáuco, Esáu, y tiene el derecho de hacerlo, pues una cosa es hablar griego ó latín y otra hablar castellano y como lo pide el genio del castellano.
17. Los radicales helénicos del castellano pueden dividirse en cuatro clases:
1.ª. Los que han dado palabras y derivados vulgares en castellano. Todos han venido por el latín vulgar y se atienen á la fonética de los radicales vulgares latinos. Tales son los radicales vulgares latino-helénicos.
2.ª. Los que vinieron desde el tiempo del Imperio como vocablos de erudición y de cultura, con la religión, las artes, las letras, las ciencias. Han penetrado más ó menos en el castellano vulgar, según que las ideas que consigo llevan han llegado á ser patrimonio del pueblo. Pero en la fonética se atienen á los radicales latino-eruditos, no transformándose enteramente y mudando de pronunciación según los tiempos, como herencia exclusiva del clero, de los sabios, de los artistas, etcétera, en la cual sólo indirectamente el vulgo tiene parte. Son los radicales semieruditos.