Ni hay que temer que, en llegando al pueblo ese lenguaje, habrá de mudar fonéticamente en cada nación, desmembrándose en infinidad de idiomas, conforme al color fonético de los idiomas peculiares de cada una de ellas, que es lo que sucedió con el latín en las diversas regiones de la Romanía, y lo que sucedería con cualquier lengua universal de esas artificiales, que hoy se fabrican cinco ó seis al año. Las comunicaciones han de ser cada vez mayores. Los pueblos tienden á unificarse en sus costumbres é ideas y á unirse políticamente en grandes nacionalidades, que el día de mañana tal vez sean tres ó cuatro en toda Europa, y se hayan de llamar la nación latina, la nación germánica, la nación eslava. La ciencia, el arte, la industria, el comercio, estarán todavía más unidos, y siendo precisamente propiedad de ellos ese lenguaje, es más difícil que se disuelva, desmembrándose, con lo que se perdería el propósito final de la unidad lingüística. Estas mismas instituciones, fundamento de tal lenguaje, tienen por instrumento indispensable la escritura, que contiene la evolución del habla.

La civilización, en una palabra, será única para todos los pueblos, y la escritura y las comunicaciones servirán de archivo perenne conservador del instrumento de esa única civilización, que será el lenguaje helénico-científico.

Ni es necesario, ni siquiera conveniente, el que de todo punto desaparezcan las hablas populares y con ellas las literaturas de las razas. Con ellas puede convivir hermanadamente una lengua científica, artística, comercial y, hasta cierto punto, popular y literaria, que sea patrimonio común de todos los pueblos. Pero del porvenir sólo puede hablarse por conjeturas, y adivinando por las señales que deja traslucir el estudio de las tendencias históricas de la sociedad y de la civilización.

18. Nacimiento de la literatura popular.—No menos que en el lenguaje, entre el popular y erudito, hay que asentar esta distinción capital en la literatura. Son dos corrientes que corren paralelas: todo idioma que no se escribe tiene su literatura popular, que es tan necesaria consecuencia de la fantasía y del entendimiento de un pueblo como lo es el uso del adorno y de la música, que en ningún pueblo faltan, por salvaje que sea. Hablárase la lengua que se hablara en España, siempre el pueblo tuvo su propia literatura no escrita, que llamamos popular. Desde que se habló romance hubo, pues, literatura popular castellana, que constaba, como siempre ha constado, de refranes, que pertenecen más bien al género didáctico y son frases particulares que envuelven algún principio doctrinal; de cantares ó coplas, que más bien pertenecen al género lírico, y de narraciones algo más largas, al modo de los romances, que pertenecen al género narrativo, épico y más ó menos dramático. Estos géneros cultiva hoy el pueblo de por sí y los cultivó siempre en España. Aventajan en universalidad y profundidad á las obras literarias eruditas, cuanto al habla erudita aventaja el habla popular, por ser lo popular más nacional, mejor dicho, lo único nacional y digamos personal de la nación, y valer tanto más cualquiera obra de arte cuanto más de personal tiene. La raíz de ello está en lo natural é inconsciente y como nacido de lo más hondo del alma de toda la sociedad, y esto en la literatura no menos que en el idioma. En cambio, las obras eruditas son más reflexivas y más individuales y en gran parte producto de la imitación de las obras extrañas de otros pueblos, por consiguiente, menos personales y menos nacionales. Por eso, el criterio estético moderno se gobierna por el principio del ser las obras más ó menos nacionales, populares y personales. Lo más popular es lo más nacional; pero lo más personal en un autor dado es lo más nacional y popular igualmente, porque la raíz más honda de la personalidad de un individuo es la que arranca del alma común del pueblo y nación donde nació. Así, el Quijote es obra personalísima de Cervantes, y lo es mucho más que el Persiles, porque es, á la vez, más española en el pensamiento y en el lenguaje. La personalidad, en vez de desviarse de la nacionalidad, tira á ella, como á su propio centro, y lo más personal es lo que con la nacionalidad se confunde.

La nota característica de la literatura popular española es el realismo, quiero decir, el aferrarse á la realidad de la vida y de los hechos, huyendo de todo ensueño, quimera, símbolo y abstracción metafísica. Lo cual no empece para que el empleo de la metáfora no sea tan propio de la literatura como lo es del idioma castellano; antes bien, llega al derroche y adonde no llegó lengua ni literatura alguna. Pero esto mismo confirma lo dicho, en vez de debilitarlo, porque la metáfora hace que los pensamientos más abstractos se aferren á la realidad, pintándolos, no con otro color que la pura materia real, con hechos reales, que se ven, se tocan, se huelen y suenan. Por ser realista es, además, ética, moral, esto es, mira siempre á la práctica del vivir, como nuestra filosofía, realista y ética, que no se desvaha en metafísicas y sistemas idealistas á la griega ó á la alemana.

19. El cotejo del saber popular, encerrado en refranes, cantares, romances y gestas, comparado con el de los eruditos y sabios particulares, lo ha hecho como nadie Joaquín Costa en la Poesía popular española (Madrid, 1888). El saber, especificado por los artistas del pueblo, es más objetivo, porque también es más impersonal, y, como consecuencia, más homogéneo, más uno y, en el fondo, más verdadero; el saber de los científicos (hablamos de la ciencia de las escuelas) sufre más la presión y el influjo de la individualidad; revela, por punto general, menos discreción y prudencia; es más propenso á declinar en quimérico y abstracto y á tomar por imágenes verdaderas de los objetos cognoscibles engañosos espejismos de la fantasía; se muestra más perplejo é inseguro en las conclusiones y más fecundo en fórmulas doctrinales sobre un mismo problema, por lo mismo que difiere más de la realidad. Que si, ciertamente, la verdad es una sola, los aspectos relativos, falsos ó parciales de la verdad son infinitos. Así, en el saber del sentido común, no se conciben los sistemas, al paso que sería difícil concebir sin ellos el desenvolvimiento histórico de la ciencia.

En segundo lugar, el saber popular, si es más uno en el fondo, es más inorgánico en la forma, y su oposición al de los científicos nace de ser éste en la forma uno, y vario é inorgánico en la esencia. La unidad visible es dote de la teoría; la invisible, del sentido común. En aquélla la aparente unidad no tiene otra existencia que la puramente exterior, no es eco ni reflejo de la interior real, porque en el interior no hay sino variedad y oposición insoluble; en el sentido común, al contrario, la unidad es sólo de cosa, vive replegada en la substancia, no se revela al exterior, es unidad amorfa. Podría compararse el saber de los teóricos á aquellas armonías fantásticas y puramente subjetivas que creen escuchar los enfermos de ciertas dolencias, y que son efecto de una perturbación de sus facultades psíquicas. Mientras que el Refranero, por ejemplo, semeja tumultuoso clamor de voces discordantes, siendo en realidad acordada sinfonía de infinitos armoniosos acentos y ecos en que toma parte toda la humanidad; mas para percibirla es menester apoderarse antes de la clave, replegarse en lo íntimo de la conciencia y abstraerse de algunos ruidos extraños que no alcanzan á turbar aquel divino concierto: es preciso saber escuchar.

En tercer lugar, el individuo falla en su saber por sobra de teoría y falta de práctica, y así, el varón más sabio es de hecho el más experimentado. Pero ¿qué es para la experiencia la cortedad de la vida de un hombre, si la comparamos con la suma de las vidas de cuantos constituyen el pueblo, y esto durante una y otra generación? El saber popular es como el sedimento de la experiencia de los siglos, es lo más aquilatado que pudo pasar por la criba de millones de hombres, de suerte que sólo lo que todos aceptaron como bueno y verdadero, lo más apurado, el epifonema de todos los desengaños de las gentes, es lo que entra á formar parte del tesoro del saber común. El saber individual no puede menos de llevar mucha liga, que sólo la experiencia, á la larga, iría desechando.

Finalmente, la sabiduría del saber popular en refranes, canciones, romances, se expresa en lenguaje figurado, mientras que en la ciencia teórica la expresión es directa, lógica; explica lo invisible por lo visible, habla á la imaginación, no conoce el lenguaje abstracto ni el análisis en que se declara la ciencia de los sabios; sus silogismos son vivientes encarnaciones estéticas, sus verdades no se encasillan en conceptos abstractos, sino que se vierten en hechos vivos, en figuras sensibles. El refrán es obra de poesía, de intuición; la ciencia es obra de abstracción, de razonamiento. El refrán dice las verdades pintando los hechos; la ciencia, abstrayendo fórmulas.

Parecidas cualidades encierra el conocimiento histórico popular, cotejado con la historia erudita. Toda la literatura sabia puede reducirse á lo de Horacio: res gestae regumque ducumque et tristia bella. La Historia de España es la historia de sus reyes, no la de la nación española de su vida, de su cultura, de sus instituciones. Las narraciones populares, del Romancero y de las gestas, diríanse una protesta contra esas Crónicas reales, personificando al pueblo en Bernardo del Carpio, Fernán González, el Cid, contra la monarquía. No que contra ella vaya el espíritu popular castellano, antes se muestra amantísimo de sus reyes; sino que se complace en salir por los fueros del común y goza con sus triunfos y pena con sus desastres, personificándolo en caudillos que son otros que sus reyes, retratando así la lucha natural entre el egoísmo de uno y la sumisión de la muchedumbre. No suelen ser los reyes los más cantados por la musa popular, sino los personajes, á veces obscuros, que simbolizan los ideales del pueblo ó sus penas y sentimientos. Lo que es esencial al cantor é historiador erudito es secundario á la musa popular, y, al revés, le es á ella esencial lo que deja en la sombra el escritor erudito.