La verdad histórica en las narraciones populares, tamizadas por los siglos, es mayor en el fondo, siquiera lo sea menos en los accesorios: el espíritu es más independiente, la palabra más ingenua, los juicios más desinteresados é imparciales, porque el pueblo, al través de los tiempos, por ser impersonal, ni adula ni teme, ni se inclina á una ú otra bandería más que á la parte donde le lleva el peso del saber popular encerrado en sus refranes, de la moral eterna encerrada en el sentido común. Si fuera parcial, una parte del pueblo no aceptaría la narración, y así ha de quedar apurada por el parecer de todos antes de llegar á ser popular. Además, la narración del erudito queda á veces sacrificada al arte, á un buen dicho, á un rasgo elegante, á una frase, al afeite exterior, al golpe y efecto que desea producir en el público; la popular carece de toda afectación y propósito técnico, es natural, y su arte consiste en no tenerlo sino inconscientemente.
La musa popular castellana se distingue, además, de la de otros pueblos por no hacer intervenir lo maravilloso más que en una justa medida. Cree en apariciones de Santiago y de otros bienaventurados y en milagros, pero mucho menos que los autores del mester de clerezia, y todo ello puede reducirse al providencialismo, que el pueblo español reconoce; pero no adolece del carácter quimérico y fantástico que saca de la realidad á la épica arábiga, francesa ó germánica, donde hormiguean tantos entes de razón, filtros, talismanes, varillas encantadoras, hadas, jayanes, enanos, nigrománticos, magas, encantamientos. Solos algunos agüeros, restos latinos, quedan en la poesía popular castellana como en el pueblo, y aun en esto, los demás pueblos europeos, y hoy mismo las clases elevadas de fuera de España, son infinitamente más supersticiosas. El simbolismo que personifica vicios, virtudes, doctrinas, no es del genio popular castellano, sino sólo de los eruditos, que lo mamaron en Italia. Lo más propio de la narración popular es el predominio de lo concreto sobre lo abstracto, el pormenor ahoga á la idea del hecho, lo individual á lo general. El árido cronicón escueto es el comienzo de la narración erudita; la escena pintoresca, el germen de la narración popular; las vastas síntesis descuellan en aquélla, en ésta los hechos particulares. El pueblo no es generalizador, porque es más poeta; no ama los abstractos conceptos, sino los cuadros vivos; no labra sus obras con el seco razonamiento que abstrae fórmulas científicas, sino con la jugosa visión y la fantasía pintadora de rasgos particulares. Y con todo, en lo hondo de esas visiones particulares hállase con mayor brío y con toda la fuerza de la realidad la doctrina abstracta y el conjunto de hilos que traman la doctrina científica, la cual, por presentarnos el erudito de un golpe, sacada de los quicios vivos de la realidad, pierde su fuerza, no se imprime tanto en el lector y se olvida fácilmente; es una doctrina ahilada y enclenque, menos fecunda, por lo mismo, en hechos y en la práctica de la vida, mientras que la doctrina desleída en hechos de la narración popular, clavándose más hondo, acicatea continuamente á las grandes y virtuosas acciones. Así resulta que el arte erudito, al parecer más filosófico, es de hecho menos filosófico que el arte popular.
20. En punto á gustos y criterios estéticos, sabido es que necedad es escribir. Hombres hay nacidos para todo lo artificial, convencional, afectado, en suma, para gustar de la mentira; otros aborrecen cuanto empañe la naturalidad. Los primeros jamás sabrán apreciar el arte popular. Y el mejor encomio que del arte popular puede hacerse es que jamás traspasa las lindes de la naturalidad; la afectación es su mayor contraria. En cambio, el arte erudito, de letrados, de cultos, está tan á dos pasos de la afectación, que en ella bastardea siempre en las épocas de decadencia, y aun en las de mayor esplendor son contadas las obras eruditas que por alguna afectación no se vean mancilladas. Ahora bien, la naturalidad es la primera virtud del arte, y el peor vicio la afectación.
La lucha entre el gusto popular ó natural y el afectado ó erudito, que, por lo dicho, bien pueden aparearse ambas tendencias con la virtud y vicio más comunes, se da hasta en los grandes ingenios, arrastrados por su elevado criterio á buscar lo popular, y refrenados por la vanidad, que les hace temer no sean contados entre la gente no leída. La hallamos en Lope de Vega, mayormente en su Arte nuevo de hacer comedias. "En Lope hay dos hombres, escribe M. Pelayo (Ideas estét., t. II, vol. II, pág. 446), el gran poeta español y popular, y el poeta artístico, educado, como todos sus contemporáneos, con la tradición latina é italiana. Estas dos mitades de su ser se armonizan cuando pueden, pero generalmente andan discordes, y, según las ocasiones, triunfa la una ó triunfa la otra. Con su alma de poeta nacional, Lope tiene conciencia más ó menos clara de la grandeza de su obra... Pero al mismo tiempo se acuerda de que le enseñaron, cuando muchacho, ciertos libros llamados Poéticas, en los cuales, con autoridades mejor ó peor entendidas del Estagirita y del Venusino, se reprobaban la mezcla de lo trágico y lo cómico y el abandono de las unidades. De aquí contradicción y aflicción en su espíritu... Sobre el mismo que en la práctica audazmente rompe las cadenas de la antigua estética, suelen pesar enormemente el prestigio y la reverencia de mil trivialidades de gramáticos y retóricos...: unas veces hacía gala de menospreciar su teatro, declarando que "las comedias eran flores del campo de su vega que sin cultura nacían"; pero que "él tenía ingenio y letras para más, como lo mostraban los libros suyos, que corrían por Italia y Francia", es decir, sus obras líricas y épicas, lo que la posteridad estima menos". Como si el arte del pueblo y el de los sobresalientes ingenios necesitase esa cultura erudita, y como si el ingenio hiciese falta para la erudición á quien basta el trabajo y un mediano talento. "Otras veces, por el contrario, anunciaba el advenimiento de una poética invisible, que se ha de sacar ahora de los libros vulgares. Pero llegado á formular esta Poética, avergonzábase de aparecer como un ignorante y un bárbaro ante los italianos ó ante los cultísimos ingenios que componían la Academia Matritense..., y llama bárbaro de mil modos al pueblo que, teniendo razón contra él, se obstinaba en aplaudirle, y se llama bárbaro á sí mismo, y hace como que se ruboriza de sus triunfos por contemplación á los doctos "refinados y discretos", y se disculpa con la dura ley de la necesidad, como si hubiese prostituido el arte á los caprichos del vulgo; y hace alardes pedantescos de tener en la uña la poética de Aristóteles y sus comentadores".
Del mezclar lo trágico con lo cómico dice que "aunque resulte un minotauro",
"Buen ejemplo nos da Naturaleza,
Que por tal variedad tiene belleza".
Lo que es belleza en el universo es, pues, monstruoso para los eruditos. Es la eterna antinomia entre la naturaleza, inconscientemente sabia, y la docta y presuntuosa reflexión humana.
Algunos piensan que en España no hubo Renacimiento, porque así se desviaron nuestros ingenios de la pauta italiana y aun latina, como Lope en el teatro y Velázquez en la pintura al romper con Pacheco y la escuela clásica. Si á imitar lo extraño se hubiesen ceñido, ¿qué linaje de renacimiento fuera? Renacimiento de aprendices. Los españoles se apropiaron las ideas del Renacimiento, y, conforme á su verdadero espíritu, se lanzaron por sí á no esperadas aventuras, poniendo su propio y nacional sello al Renacimiento español.
"Con los versos extranjeros,
En que Laso y Boscán fueron primeros,
Perdimos la agudeza, gracia y gala,
Tan propia de españoles...
Y así ninguno lo que imita iguala,
Y son en sus escritos inferiores,
Pues ninguno en el método extranjero
Puso su ingenio en el lugar primero".
Así Lope, en La Filomena (parte segunda). Y no le dejemos sin que nos diga lo que sentía del popular romance (pról. á las Rimas): "Algunos quieren que los romances sean cartilla de los poetas; yo no lo siento así; antes bien los hallo capaces, no sólo de exprimir y declarar cualquier concepto con fácil dulzura, pero de proseguir toda grave acción de numeroso poema. Y soy tan de veras español en esto, que por ser en nuestro idioma natural este género, no me puedo persuadir que no sea digno de toda mi estimación". Y al escribir La Dorotea recomienda la prosa para el drama realista, "porque siendo la Dorotea tan cierta imitación de la verdad, le pareció que no lo sería hablando las personas en verso, como las demás que ha escrito... Si algún defecto hubiese en el arte..., sea la disculpa la verdad, que más quiso el Poeta seguirla que estrecharse á las impertinentes reglas de la fábula".