21. No se distingue lo popular de lo erudito en que lo popular sea producto inmediato de todo el pueblo y lo erudito de un solo individuo, puesto que siempre es un individuo el autor inmediato de cualquier obra popular. "La distinción nace de que la recíproca no es verdadera, diremos con Costa (pág. 136): el artista no siempre especifica ni declara en sus creaciones el sentimiento artístico de la colectividad de que forma parte: no es siempre intérprete fiel de su pueblo; sus obras no encuentran eco siempre en el alma de éste ni hablan el lenguaje de la universalidad": tal es el artista erudito. Por el contrario, lo popular es obra de un individuo, pero como ministro é intérprete del pueblo todo y su obra á veces la va perfeccionando ó amoldando el pueblo, limando lo que no es enteramente conforme á su espíritu, lo que el individuo le pudo poner de subjetivo y no popular.
Entre lo enteramente popular y lo enteramente erudito caben muchos grados: obras hay populares que tienen dejos eruditos, y el pueblo, con el tiempo, se los va quitando; obras eruditas que tienen mucho ó poco de populares, y el pueblo gusta, más ó menos, en consecuencia, de ellas; obras eruditas puramente, que para el pueblo son letra muerta. Así se comprende que haya obras hechas por eruditos, que el pueblo se apropia tarde ó temprano, por ser populares en lo principal y costarle más ó menos tiempo al pueblo el quitarle lo que no le es á él acomodado. Artistas populares son los que Carlyle llamó héroes, los intérpretes que con su levantado ingenio individual fueron voz de las aspiraciones más ó menos conscientes del pueblo, hombres que, sintiendo lo que todos, vieron y supieron expresar lo que ninguno otro pudo. Otras veces son varias las voces, todas débiles, pero una entre ellas, la más popular y expresiva de las populares necesidades vence, y otros intérpretes populares van después robusteciéndola, como acaece con las costumbres que se van convirtiendo en leyes; el código es popular; pero en cuanto salió, por mano de un individuo, de las costumbres populares, que ya de hecho eran leyes por el uso recibido. Un individuo es el que supo expresar en forma lapidaria lo que todo el mundo sentía y no acertaba con su propia expresión. Así nace el refrán, el cantar, el romance, el poema popular. El pueblo lo desbasta de lo que no dice con su manera de sentir, de lo que el individuo puso en él de subjetivo y no común ni popular; el nombre mismo del autor se olvida al hacerse en cierta manera obra de todos la que comenzó siendo obra de uno: "Ea quoque quae vulgo recepta sunt, hoc ipso quod incertum auctorem habent, velut omnium fiunt". (Quintil., Inst., 5, 11). El autor individual sacrifica su fama por el mismo hecho de ser enteramente popular; y si no queriendo sacrificarla pone en su obra más elementos subjetivos, antipopulares, correrá su nombre entre los eruditos, pero su obra no será apreciada más que por el escaso número de ellos. Así nacieron las llamadas rapsodias griegas ó retazos, en las que, como Wolf dijo, "la Grecia se cantó á sí misma", hasta que en tiempo de los Pisistrátidas, juntos todos los pedazos por algunos eruditos de Atenas, salieron en su forma corriente la Ilíada y la Odisea. No hubo, acaso, tal Homero ó autor único; los homeros fueron los ciegos rapsodas, que cantaban los trozos y los iban aumentando ó mejorando y añadiendo otros nuevos á los ya conocidos. Muchos de aquellos retazos desaparecían; los mejores, aprobados por el pueblo y hechos así populares, duraron y fueron merecedores de formar la epopeya griega ú homérica. "Toda obra literaria, dice Costa (pág. 155), es de creación individual: erudita, cuando, por razón de su contenido, es subjetiva ó extemporánea, hija de la pura individualidad del artista, cuando no reconoce por base los materiales fragmentarios ofrecidos por la tradición ni ha bebido su inspiración en el arsenal de los recuerdos vivos y de las creencias y aspiraciones ideales de la sociedad, cuando la sociedad no ha sido consultada ni atendida; popular, en el caso contrario, cuando el poeta se ha hecho nación, raza, humanidad, desprendiéndose de todo elemento egoísta y particular, empapándose del sentido universal histórico é informándolo en un cuerpo esplendoroso, cuando el pueblo se reconoce objetivado en la obra, la acoge y la sanciona con la aprobación y se la transubstancia, haciéndola carne de su carne y hueso de sus huesos. En lo cual no difiere un ápice el refrán ó el romance del poema cíclico ó de la epopeya: la diferencia es meramente cuantitativa". La colaboración popular va perfeccionando la obra. El primer romance ó gesta cuenta el hecho escueto, prosaico; pero en alas de la musa popular, al pasar de boca en boca, de generación en generación, va tomando por una parte más color y brío en los pormenores, como lo toman las noticias, y como ellas, va, por otra parte, idealizándose y agrandándose y agigantándose, haciéndose hasta maravilloso y sobrehumano el personaje. Así nacieron, por evolución, los héroes, y tan héroes son el Cid y Bernardo del Carpio en España, como Aquiles y Ulises en Grecia. Alrededor de esos héroes va creando cada región los suyos, de donde nacen los poemas cíclicos y los ciclos de gestas y romances, todos eslabonados en torno de una empresa como Troya ó la Reconquista ó de algunos héroes más sobresalientes. "Quem conta hum conto, sempre lhe accrescenta hum ponto", dice el refrán portugués. Ni las leyendas anteislámicas de Antara salieron desgajadas de un poema único, ni las rapsodias helénicas, ni los romances castellanos de una gesta; antes los retazos fueron cosiéndose hasta formar poemas, gestas y leyendas, y la síntesis siempre fué posterior al análisis. Así es anterior el refrán al cantar, el cantar al romance, el romance al poema, sin que al nacer cada uno de estos géneros perezca el anterior, sino que convive con él y le da siempre nueva savia y acrecentamiento.
Un cantar, copla, quintilla, seguidilla, no es más que el mismo dicho apodíctico en que consiste el refrán; pero parafraseado, ensanchado, dispuesto para el canto, y así en todo cantar se encierra, tácita ó expresamente, un refrán, y todo refrán puede desdoblarse en un cantar. Refranes se han llamado á los estribillos de las canciones, que lo glosan y nada más: "Fecieronle (á D. Jaime I) un cantar, de que non me acuerdo sinon del refrán: Rey bello que Deos confonda, | tres son esta con a de Malonda", escribe D. Juan Manuel. Los Proverbios de Santillana son refranes glosados. "Mi madre me lo predica | y yo la digo: | Predicar en desierto | sermón perdido." "En la isla de León | se pesca con hilo y caña: | por la boca muere el pez; | cuenta con lo que se habla".
Un romance no es más que una canción desarrollada en sus pormenores, ó varias canciones zurcidas, explicativas del mismo hecho. Por eso se llamaron Cantares las gestas ó narraciones largas, y Coplas las composiciones largas, como las de ¡Ay, panadera!, ó las del Provincial. Cantares glosados, ampliados, los hay á montones. El cantarcillo "Sí, ¡ganada es Antequera! | ¡Ojalá Granada fuera!", dió nacimiento al romance: "¡Sí! me levantara un día...". Otras veces sale de un golpe el romance entero, y es lo ordinario; pero no es más que un cantar que necesita muchos versos para exponerse todo el hecho.
La gesta ó poema sale de los retazos ó rapsodias cuando un poeta junta en un todo lo que se cantaba esparcido acerca de un mismo asunto. Tal dice hoy la filología que pasó con los poemas homéricos, y tal debemos concluir que sucedió con muchas gestas. ¿Quién duda si no, que antes de componerse el Mio Cid se cantaron trozos sueltos sobre cada uno de los hechos que esta gesta abarca? Los trozos poéticos que entraron en las Crónicas creyeron Menéndez Pidal y Menéndez Pelayo que lo son de gestas largas; ¿y por qué no de retazos, de pedazos, que aún no llegaron á coserse ó á fundirse en una gesta ó poema? Nadie ha probado hubiese tales poemas. Sólo se sabe por las Crónicas que hubo retazos, pues retazos y no poemas entraron en ellas. Hubo, pues, rapsodias, romances, digamos, y nada más; y de ellos sólo llegaron á cuajar algunos poemas ó gestas: el de Fernán González y los dos del Cid. Los romances viejos de los siglos xv y xvi son tan rapsodias como las que entraron en las Crónicas. En qué se diferenciaran de las rapsodias ó romances más antiguos de las Crónicas y de las que cuajaron en poemas ó gestas largas es otra cuestión; pero los romances viejos son sucesores de los más antiguos que debemos de suponer y que sin suposición hallamos diluidos en la prosa de las Crónicas: quiero decir que, en sustancia, es el mismo género, aunque pudieran diferenciarse accidentalmente, á la manera que de los romances viejos se diferenciaron los posteriores eruditos y los mismos populares, que el pueblo sigue cantando.
Todos los días asistimos á la creación de romances: los vemos componer á propósito de un crimen, de una desgracia privada ó pública, de un acontecimiento glorioso. No eran los hombres antaño diferentes de los de hogaño: así hacían romances en el siglo xv y los hacían en el siglo xii y los hicieron antes. Cuando el acontecimiento ó el héroe daban de sí por la variedad de hechos, se hacían otros tantos, contándolos. Llegaba un ingenio sobresaliente, y, juntando los asuntos de todos los pertenecientes á un acaecimiento ó héroe, y aun recosiendo los romances sueltos, fraguaba una gesta ó un poema. Eso se ha hecho siempre y en todas partes, y no vamos á creer que en España solamente se hiciera lo contrario, que primero hubo gestas ó poemas y luego trozos ó romances de ellos descosidos. Los romances del siglo xv aguardaban un ingenio que con ellos forjase un poema, ó varios ingenios que recogiesen en un poema los romances de cada ciclo. No nacieron tales ingenios épicos, porque los tiempos mejores de la épica habían pasado. Pero hubo ingenios dramáticos que con ellos hicieron dramas, que no es otro el drama que la épica de tiempos más cultos, como se ve en Grecia y en todas partes. ¿Qué otra cosa hicieron Juan de la Cueva, Matos Fragoso y Lope de Vega con los romances de los Infantes de Lara, al componer sus dramas? La mitad del teatro de Lope, ¿no está formada sobre leyendas más ó menos cantadas antes de él? Por eso fué Lope popular, como lo fué Esquilo y lo fueron sus sucesores, por poner en escena las antiguas rapsodias y leyendas griegas. Las mocedades del Cid, de Guillén de Castro, son los romances dramatizados. Y esto mismo puede decirse de todo el teatro español popular, á diferencia del erudito, que se entretenía en repetir asuntos mitológicos ó extranjeros, que desconocía el pueblo.
Entender que la primera manifestación artística de Grecia fueron los poemas homéricos, y la primera española fueron las gestas de Mio Cid y las que sueñan algunos diluidas en las Crónicas, equivaldría á proclamar las Doce Tablas ó el Digesto como primera manifestación en Roma del derecho. Sostener, como Damas-Hinard, que los primeros monumentos de la poesía popular española fueron poemas hechos y derechos, y que, efecto de su descomposición posterior, nacieron los romances, es desconocer el proceso de las obras sociales é individuales, que es enteramente el inverso. Y eso han sostenido M. Pidal y M. Pelayo. Todo cantar es breve por tener que acompañarle la música: el poema ó la gesta es refundición de muchos cantares: "Arma virunque cano", "Canto l'arme pietose", "Eu canto o peito ilustre Lusitano".
Ahora bien, la primitiva poesía es siempre cantada, y á ello alude todo el tecnicismo poético. Luego los cantares cortos fueron antes que los largos ó poemas. "Los primeros principios de los versos menores en España, dijo el P. Sarmiento (Memor. p. hist. poes., § 404-405) habrán sido los adagios ó proverbios, y los versos mayores se compondrán de los menores... No se podrá oponer que el refrán, que se comprende en un metro, tuvo origen en el metro de los poetas, antes bien se podría decir que los poetas hicieron ó formaron tal y tal metro, á imitación de los adagios". "El proverbio se trasformó en canto" (Wolf, citado por Milá, Poesía heroico-pop., pág. 49). Los refranes son tan viejos como los idiomas, aunque su expresión vaya modernizándose al mismo paso que éstos. Los himnos ó cantos cortos, esto es, las canciones, son las más primitivas manifestaciones literarias en todos los pueblos; pocos son los que llegan á tener poemas y dramas, y siempre son posterior perfeccionamiento y síntesis de las canciones, después de desarrolladas en rapsodias ó, digamos, romances. Como ejemplo práctico de esta evolución de la poesía trae acertadamente Costa (pág. 213) el refrán: "Entrarásle por la manga, saldrá por el cabezón", y la leyenda en romances y en drama y en poema, que lo es el Moro expósito, y el de los Infantes de Lara. Su gesta, que M. Pidal ha visto en las Crónicas, yo no la percibo; sólo veo trozos, rapsodias, romances, en suma. La gesta, ó poema, ó drama, salió mucho después bajo la pluma de Lope y de Saavedra.
22. La primera y más sencilla manifestación del arte popular es el refrán, que pudiera clasificarse como poesía épico-didáctica; pero que abraza todos los géneros y es como el germen de todos ellos. Ni el único fin de los refranes es la enseñanza, ni es hacer una obra bella; en los refranes, como en toda obra popular, se barajan tan hondamente el fondo y la forma, que hacen un todo, inconscientemente nacido del pueblo: así pertenecen tanto á la filosofía como á la literatura, mezclando utile dulce. Si en su forma no hubiera brotado bello el modo de expresar el pensamiento, no hubiera corrido como refrán, pues cabalmente se repite y corre como tal el pensamiento que ha hallado su bien entallada expresión; y una expresión, por bella que parezca, no corre como refrán si no entraña un pensamiento digno de retenerse por su provecho común. Como los pensamientos de esta laya abarcan todas las disciplinas y la vida entera, así el campo de las ideas donde brotan refranes es inmenso y abarca todo linaje de doctrinas. Igualmente en la forma artística, ya cuanto al estilo y figura retórica de la expresión, ya cuanto al metro y ritmo, la variedad es infinita, y no nace cada refrán vaciado en determinada encella, aunque siempre suena á manera de verso, de un metro ú otro, no pensado de antemano, y con una expresión, metáfora ó comparación, que parece venirle como nacida. Sólo cuando fondo, forma y sonido se ajustan entre sí acabadamente y que, andando de boca en boca, nadie da en lo que pudiera mejorarlo, es tenido como refrán y cunde bien asegurada su inmortalidad. Tan sólo de tiempo en tiempo y muy á la larga, suele remozarse alguna palabra de él, cuando ya la vieja es tan desusada y oscura que ha menester nuevo ropaje para lucir entre las gentes.
Al hablar de los refranes no pueden pasarse por alto las palabras de Mal Lara en el Preámbulo de La Philosophia vulgar, donde se declara lo espontáneo y natural del saber vulgar y su infalible certeza. "En los primeros hombres..., al fresco se pintaban las imágenes de aquella divina sabiduría heredada de aquel retrato de Dios en el hombre, no sin gran merced dibuxado... Se puede llamar esta sciencia, no libro esculpido, ni trasladado, sino natural y estampado en memorias y en ingenios humanos; y, según dize Aristóteles, parescen los Proverbios ó Refranes ciertas Reliquias de la antigua Philosophia, que se perdió por las diversas suertes de los hombres, y quedaron aquéllas como antiguallas... No hay refrán que no sea verdadero, porque lo que dize todo el pueblo no es de burla, como dize Hesiodo...". Libro natural llama á los refranes, y añade: "Antes que hubiese filósofos en Grecia, tenía España fundada la Antigüedad de sus refranes... ¿Qué más probable razón habrá que la que todos dizen y aprueban? ¿Qué más verisímil argumento que el que por tan largos años han aprobado tantas naciones, tantos pueblos, tantas ciudades y villas, y lo que todos en común, hasta los que en los campos apacientan ovejas, saben y dan por bueno...? Es grande maravilla que se acaben los superbos edificios, las populares ciudades, las bárbaras Pirámides, los más poderosos reynos, y que la Philosophia Vulgar siempre tenga su reyno, divido en todas las provincias del mundo... En fin, el refrán corre por todo el mundo de boca en boca, según moneda que va de mano en mano gran distancia de leguas, y de allá vuelve con la misma ligereza por la circunferencia del mundo, dejando impresa la señal de su doctrina... Son como piedras preciosas salteadas por ropas de gran precio, que arrebatan los ojos con sus lumbres".