La riqueza de formas que revisten los refranes castellanos es maravillosa en lo ingenioso y profundo, en lo socarrón y grave, en lo sentido y sentencioso, en lo chistoso y severo, en lo cortado y dramático. Cuanto á la métrica, tienen parte el paralelismo, la aliteración, la acentuación, el número de sílabas y la rima. La rima la busca el pueblo en los refranes; pero el metro nace como exigido por la expresión misma espontáneamente. De aquí la grandísima variedad: 4 + 6, 4 + 7, 4 + 8, 5 + 6, 6 + 5, 6 + 7, 7 + 4, 7 + 6, 7 + 9, 8 + 6, 8 + 10, 9 + 4, 9 + 8, 4 + 6 + 4, 5 + 5 + 7, 8 + 8 + 8 + 9, etcétera, etc. Abundan los pareados de 4 + 4, 5 + 5, 6 + 6, 7 + 7, 8 + 8, que pueden considerarse como hemistiquios rimados de octosílabo, de decasílabo, arte mayor, pentámetro y pie de romance. Cuanto al acento, no siempre se sujetan los refranes á las leyes prosódicas, como en el verso de once sílabas, el acento en la sexta ó en la cuarta y octava; en el de diez sílabas, el acento en la tercera y sexta; en el de nueve, en la octava; en el de ocho, en la séptima y en la primera y tercera ó en la segunda, quinta y octava, etc. Cuanto á la rima, hay versificación libre, semi-rima ó concordancia de vocales finales ó rima imperfecta ó asonante, tanto llana como aguda, rima perfecta ó consonante, aguda ó llana, aliteración ó congruencia de sonidos en la sílaba radical de las dos palabras principales que se componen ó contraponen, aliteración y á la vez asonante ó consonante, consonancia completa ó de todas las sílabas, ó sea repetición de una misma palabra al final de los versos y, finalmente, rima interior. Las combinaciones rítmicas son variadísimas.

23. Tras los refranes vienen las canciones ó cantares, expresión del lirismo popular, del dolor, de la alegría, del amor con todas sus consecuencias. Las formas más populares de la canción son la copla ó redondilla y la seguidilla, entrambas de cuatro versos, aunque posteriormente la seguidilla tomó los otros tres versos del estribillo. La música requiere cinco ó seis versos, pero se repite el primero una vez al principio, ó dos veces: una al principio, y otra al fin. Los cantares son unas veces circunstanciales, ya por un acontecimiento social, ya por lo que al que canta le sucede particularmente; otras veces encierran un pensamiento ó un sentimiento común y trascendental. En el primer caso, el cantar vive poco, aun los de acontecimientos sociales suelen olvidarse á las pocas generaciones; en el segundo, pueden llegar á tener vida tan larga como los refranes, y así corren siglos y siglos, más ó menos modificados. Si los refraneros tardaron en escribirse, mucho más tardaron los cancioneros populares, los cuales puede decirse que comienzan á compilarse en nuestra edad. Los eruditos apreciaban más las canciones cortesanas y artísticas, y así, ni un cancionero popular se imprimió en el siglo xvi entre los muchos eruditos que vieron la luz pública. Todo lo más, hállanse en ellos, y glosados aparte, cantares sueltos, verdaderamente tradicionales y tan proverbiales como los mismos refranes. Nuestro pueblo los hace con facilidad asombrosa é ingenio estupendo. Los improvisan los mozos en sus serenatas y rondallas tan chispeantes, tan hondos y sentimentales, que es un duelo no se recogieran en los tiempos pasados, como hoy se va haciendo en colecciones de las varias provincias, sobresaliendo en esta parte los cantares baturros ó cantas de Aragón, y los cantares y cantes andaluces y flamencos. Toda admiración queda aquí sobrepujada por la realidad. Esta vena fecundísima del pueblo español es de todo punto imposible que no haya corrido en todo tiempo en esta tierra de cantares sin fin ni cabo, tan en todo tiempo como las tonadas regionales, que son antiquísimas, de variadísimas tonalidades en cada tierra: en Galicia, en Asturias, en la Euscalerría, en Navarra, en Aragón, en Andalucía, etc., etc. Aires vascongados hay que se salen de las medidas y compases conocidos, y deben proceder de los íberos. Podemos, pues, asegurar que desde que se habló castellano hubo cantares populares en España, y á ellos se alude en los escritos de todos tiempos. Un pueblo que verdaderamente nada en un mar de sentidísimos cantares que chorrean ingenio y delicadeza tiene que ser poeta. Grima da pasar los ojos por los farragosos cancioneros eruditos sin hallar una sola flor, una flor que huela, que robe las miradas, cuando, al revolver de la esquina, se oyen, al caer de la noche, por esas calles, á montones, sin que nadie se bajara durante tantos siglos á recogerlas. El metro más común en las coplas es el octosílabo, rara vez adulteradas con algún verso de siete ó nueve sílabas, porque tal es el verso más propio del castellano, como veremos al hablar del pie de romance, cuyo hemistiquio es igualmente octosílabo. En cantarcillos ó coplillas se usa el verso de seis, á veces el de cinco; en las seguidillas, de siete y cinco alternados. Los eruditos prefirieron en lo antiguo los metros franceses ó yámbicos, de siete y nueve sílabas; pero presto desaparecieron, quedando vencedores los metros trocaicos españoles, hoy los únicos que se cantan, pues si alguna vez se hacen de siete ó nueve, el cantor los acomoda á la música de los octosílabos por medio de la sinalefa, sinéresis, apócopes y paragoges: tan contrarios son á la métrica castellana. La rima de los cantares es de dos, tres, cuatro y hasta ocho versos, todas las combinaciones de los refranes, pareados, monorrimos, rimas alternas, encadenadas, etc. En los de cuatro versos, la más frecuente combinación es abcb, asonante ó consonante: rara es abba, y más todavía aabb; las seguidillas, abcbede.

24. De los pueblos europeos sólo el pueblo griego tuvo un arte y una literatura enteramente nacional, popular, castiza, por eso fué grande y sin par el arte y la literatura de la Grecia. El arte y la literatura son como las plantas, que no pueden vivir sino arraigando en la tierra, y no medran y se desenvuelven bien sino en la tierra suya propia; en trasplantándose á otras tierras de diferente calidad, condiciones, clima, bastardean. Verdad es que se dan plantas lozanísimas en otras tierras de las que fueron originarias, pero es porque en el mundo hay lugares y tierras de condiciones muy parecidas y apropiadas para cada planta. La nación es la tierra del arte y de la literatura, y no hay dos naciones iguales ni casi parecidas, como hay parecidas tierras cuanto á la aclimatación de las plantas. Por eso, toda arte ó literatura trasplantada á otra nación bastardea y vive como en terreno impropio. Tal es el gran principio del arte y de la literatura.

Robusteceráse y quedará aclarado con otra comparación. Toda obra de arte es tanto mejor cuanto más personal sea, cuanto más individual y propia de su autor y más distinta de las obras de los demás. Porque la obra de arte es la expresión del autor que la fragua. Y tanto más expresiva será de su autor, cuanto más propia suya é individual y más distinta de los demás autores. El sello de la personalidad de su autor engrandece las obras del arte. Si todos los hombres supieran expresar su alma, serían todos los hombres artistas; sonlo los pocos que pueden hacerlo, y sonlo en tanto que lo pueden hacer: así la obra de arte es más levantada, más sobresaliente, cuanto el autor pudo poner en ella más de su alma individual, de su propia persona. Ahora bien, cada nación, respecto de las demás, es lo que respecto de los demás es cada individuo: cada nación tiene su alma propia y su personalidad, tanto más sobresaliente cuanto, ¡oh, paradoja!, cuanto sobresale de las demás, cuanto menos adocenada y común. El arte, pues, cuanto más nacional será más expresiva del alma de una nación, y se distinguirá más del arte de las demás naciones. Tal es la doctrina del casticismo en el arte, en la literatura y en el idioma, que es la obra artística por excelencia de cada nación.

Contra ella no valen ni pesan todos los reparos que los innovadores oponen á los defensores de lo castizo en el habla. Los extranjerismos, bien se ve, por este principio, que no enriquecen el idioma, antes lo empobrecen. Porque lo que en el árbol no salga de su propio tronco y savia, no sólo no le adorna, sino que lo afea y le daña. Colgad de sus ramas púrpuras y joyas: hasta el más rústico patán os gritará que quitéis de él esas ricas preseas. Los extranjerismos cuelgan, como ellas, del idioma; no sirven más que para quitarle el calor vivificante del sol, para embarazar la respiración pulmonar de sus hojas, para secarlo y encanijarlo, empobreciéndole la savia y acabándole la vida. Por cada palabra ó construcción extraña que se mezcle en el idioma, se olviden, no una, sino muchedumbre de palabras, construcciones y frases equivalentes, pero idiomáticas y propias. Las voces así perdidas eran expresivas del alma nacional, llevaban el calor y el color, el pensar y el sentir de la nación; por ellas se usan las extrañas que saben, suenan, huelen á extraño, no dicen nada á los oídos nacionales, porque extraña es su raíz y procedencia, no arraigan en el suelo nacional y no pueden llevar su savia ni su alma.

Lo que en el idioma, pasa en la literatura y en el arte en general. No respondiendo al alma nacional, si se traen de allende, la necesidad obliga á desfigurarlas. La expresión de la personalidad nacional, que forzosamente ha de manifestarse en sus obras artísticas y literarias, se ve mezclada con la expresión propia y diferente de la nacionalidad que ellas traen de fuera consigo, y el forzoso resultado es una mezcla, que ni es cosa propia ni extraña, sino común. Y expresión común ó arte común no puede ser arte ni expresión sobresaliente, artística. Trasplántese á España la arquitectura del Norte, y la necesidad la transformará en breve plazo. Tráigase la pintura francesa, elegante y de salón, pero por lo mismo demasiado idealizada, y el artista español, todo realismo y verdad, hará un pisto ni francés ni español, pero menos español que francés. ¿Y habrá necio que se atreva á luchar con otro en expresar el alma del otro, contraria á la suya propia? El pintor español que quiera vencer á los franceses en pintar á la francesa es un loco, porque tendrá que inventar lo que los franceses, llevándolo dentro, no tienen más que manifestarse para conseguirlo. Loco será el francés que pretenda escribir una historia de pícaros á la española, porque, no llevando esa española picardía en las venas, tendrá que ceñirse á imitar las historias picarescas hechas por españoles, y toda imitación queda por debajo del modelo.

Ahora se verá claramente por qué la literatura latina clásica, imitación de la griega, trasplante de Grecia, tuvo que ser flor de un día, entretenimiento de unos cuantos poderosos, que no pudo gozar el pueblo romano, porque no arraigaba en el alma nacional, ni pudo quedar sino por debajo de su modelo. ¿Fué expresión del alma romana aquella literatura, griega en las creencias y en los dioses, en el estilo, en gran parte de las voces? Ni lo fué, ni, por lo mismo, fué literatura romana, más que á medias, ni más que á medias literatura griega. Los dioses, que en Grecia lo eran de veras, fueron monigotes ó nombres de monigotes en Roma, con los cuales jugueteaban los literatos rebutiendo de ellos sus versos como de borra helénica, elegante, pero borra al cabo. Las tragedias de Terencio agradaban á los cultos, porque oían en latín lo que en griego admiraban; el pueblo dejaba á Terencio y se iba tras Plauto, no por lo griego, que también tenía, sino por sus gordas sales romanas y sus romanas sentencias. La filosofía, que en Grecia había desmenuzado los seres todos, que había escudriñado el alma humana, perdió los vuelos de sus levantadas elucubraciones, que se las cortó el romano, práctico hombre de mundo y nada amigo de soñar científicamente: así patulló por el suelo en Roma, rotas las alas, la filosofía helénica. La tragedia, expresión ritualista de la religión griega, vióse convertida, al llegar á Roma, en ejercicios retóricos, lírico-prosopopeicos, para recitación de los palacios y palmoteo interesado de algunos señorones. Y en la misma Roma, la elocuencia, fruta verdaderamente tan romana como la jurisprudencia, una vez quitada la libertad, terreno propio que la hizo nacer, vióse convertida en retórica de escuela, y retórica de escuela ha seguido siendo en las naciones nacidas del Imperio, hasta que volvió á ellas la libertad política.

Las literaturas europeas nacieron nacionales, naturalmente; pero sólo cuanto á las obras del pueblo; las obras eruditas, que se sobrepusieron á las populares y las obscurecieron, la que se llama literatura, rebrotó como retoño de la literatura decaída, retórica y de imitación helénica, que vivía muriendo en los últimos tiempos del Imperio romano. Sólo en algunos momentos históricos, en que las nuevas naciones europeas se sintieron fuertes y poderosas, capaces de romper las cadenas extrañas y tradicionales, en que se fundieron en una recia personalidad nacional las clases popular y erudita, se dieron frutos literarios propios, nacionales, sinceros y de verdadero valer estético, ó cuando algún ingenio sobresaliente se sintió tan de su pueblo que, dejándose de erudiciones peregrinas, se levantó como eco de los sentimientos de su raza. Tal en Italia Dante, que supo interpretar el alma cristiana medieval; tal en España el cantor de Mio Cid; tal el Arcipreste de Hita; tal Cervantes en la novela caballeresca; tal Lope en el teatro. Tal España entera en el siglo xvi, cuando el Renacimiento para los mejores ingenios sólo sirvió de acicate, que les movió á buscar dentro de la tradición misma española, en las entrañas mismas del pueblo, asuntos y lenguaje, el arte entero, que los adocenados no sabían hallar más que entre las piltrafas desenterradas de la cultura greco-latina.

25. El realismo y la moral práctica en nuestro idioma, en nuestra literatura popular y aun en la erudita cuando es verdaderamente nacional, son notas tan manifiestas como en nuestra filosofía. De ésta lo ha proclamado claramente Bonilla (Hist. de la Filosofía española, Madrid, 1908-1911, 2 vols.). Séneca es el dechado de nuestra filosofía y lo es de la filosofía práctica, física y moral; parece ignorar la metafísica griega y hasta las elucubraciones abstractas acerca de la teodicea y de la física. Cierto que esta nota es propia de los romanos todos y en ella convenimos con ellos los españoles; pero el realismo es acá harto más pujante y dominador. Acaso la falta de cabeza idealizadora hizo que Lucano no diese unidad á su obra y le tacharan de haber sido más historiador que poeta épico, mientras que Virgilio fué más épico y de historiador no tiene nada; que poeta, fuélo Lucano, no á la manera de Virgilio ú Homero, sino á la española, pintando lo real de la manera más viva y realista posible. Lo maravilloso que en su obra hay se le pegó de la educación helénica; en la literatura popular castellana no hay nada de maravilloso. Hadas, silfos, enanos, ondinas, dríadas, gnomos, gigantes, todo eso se queda para griegos y germanos. Las exageraciones, como las del Roland francés y de los libros caballerescos, las deificaciones de la mujer á lo caballeresco y provenzal, no son cosas españolas. Hasta lo caballeresco y lo heroico tratado en los romances muda de tono y pierde todo el extraño idealismo que trajeron de fuera. Don Quijote y Sancho entierran con su realidad viva todos esos sueños. Acaso no haya obra más simbólica é ideal que el Criticón, de Gracián, una de las más extraordinarias obras del mundo; con todo, es un simbolismo tan cuajado en seres concretos y vivos, que la Virtud, la Verdad y todas las demás personificaciones obran y hablan como personas de carne y hueso, hechos y palabras de eterna verdad, que vive en los hechos y palabras de todos los mortales. No hay allí metafisiquerías, maravillas ni músicas celestiales de ninguna especie: son las ideas platónicas, como si las hubiera hecho bajar á la tierra y vivir en el mundo. Nuestra mística no sabe desprenderse de la ascética en sus más levantados arrobos. Nuestra novela es la realísima picaresca. Nuestra épica, el Romancero y Mio Cid. Nuestra lírica, la copla popular.

NOTAS: