119. Literatura hispano-latina.—El movimiento literario comenzado desde la conquista de Toledo por Alfonso VI (1073-1109), en el año 1085, el primer arzobispo D. Bernardo y los cluniacenses, se acrecienta en tiempo de Alfonso VII (1126-1157) con el establecimiento del Colegio de traductores, amparado por el Rey y por su canciller y arzobispo de Toledo D. Raimundo (1125-1151). La persecución almohade lo favoreció, refugiándose en aquella ciudad muchos sabios musulmanes y hebreos, que trabajaron en el Colegio de traductores. Primero se tradujeron obras de Medicina, Matemáticas y Astronomía, después obras de Filosofía. De todas partes de Europa se juntaron en Toledo, ganosos de aprender, cuantos querían ser sabios, y de Toledo destelló á Europa entera el saber semítico-hispano y el saber oriental, y por su medio, el antiguo saber helénico. Tras la ciencia y la Filosofía vino á tomarse en cuenta la Literatura, y como ésta se viste y arrea siempre del lenguaje hablado, tenía que nacer la literatura escrita y el castellano literario. Y efectivamente, en los reinados de San Fernando (1230-1252) y de D. Jaime el Conquistador, comienza á emplearse el castellano en la especulación científico-literaria, tanto en Castilla como en Cataluña, y esto antes que en ninguna otra lengua románica, traduciéndose é imitándose los libros morales de Oriente, obras didácticas literarias, que son el paso á la pura literatura: la Disciplina Clericalis, de Pedro Alfonso; el Llibre de la Saviesa, el Libro de los doce Sabios, las Flores de Philosophia, el Libro de los buenos proverbios, la Poridat de Poridades, el Calila e Dina y el Sendebar, que por otros nombres se intituló el Dolopathos ó la Historia de los Siete Sabios ó la Historia del Príncipe Erasto ó Libro del Cendubete, traducido del arábigo por D. Fadrique, hermano de Alfonso X, el año de 1253. Este Sendebar, el Barlaam y el Calila e Dina, que por orden de Alfonso X se tradujo del árabe en 1261, son los tres libros principales, según Menéndez y Pelayo, en que la literatura novelesca de Oriente pasó al Occidente en la Edad Media.

120. Los judíos y mozárabes eran los que traducían, naturalmente al idioma vulgar castellano, poniéndolo en latín los clérigos y frailes, que sabían latín. Sobre este Colegio ó Escuela de traductores véase Amable Jourdain, Recherches critiques sur l'âge et l'origine des traductions latines d'Aristote, París, 1843; F. Wüstenfeld, Die Uebersetzungen arabischer Werke in das Lateinische (Abhandl. d. K. Ges. d. Wissenschaften zu Göttingen, LXXII, 1877); M. Steinschneider, Die hebräischen Uebersetzungen des Mittelalters und die Juden als Dolmetscher, Berlín, 1898; M. Pelayo, Hist. heterodox. españ., I, 396-407; Leclerc, Histoire de la Médecine arabe, I, 191, París, 1876. Renan, Averroes et l'Averroisme, 5.ª ed., pág. 200: "La introducción de los textos arábigos en los estudios occidentales divide la historia científica y filosófica de la Edad Media en dos épocas enteramente diferentes. En la primera, el espíritu humano no posee, para satisfacer su curiosidad, más que los raquíticos despojos que quedaron de las escuelas romanas, acumulados por Marciano Capella, Beda, Isidoro, y en algunos tratados técnicos, cuyo valer práctico salvó del olvido. En la segunda vuelve también al Occidente la ciencia antigua, pero más completa, en los comentarios de los árabes ó en las obras originales de la ciencia griega, á las que los romanos habían preferido compendios".

El arcediano de Segovia Domingo González ó Gundisalvo tradujo, sobre todo, obras de filosofía de Avicena, Alfarabi, Algazali, La Fuente de la vida, de Avicebrón, y llegó á filosofar por cuenta propia, escribiendo obras como De immortalitate animae y De processione mundi, De Unitate, en que resucita no pocas doctrinas del misticismo alejandrino, haciéndose precursor del panteísmo moderno. Consúltense los libros citados y Bonilla, Hist. filos. esp., t. I, pág. 316. Juan Hispalense ó de Sevilla, judío converso, colaboró con él, dedicándose más á traducir obras de matemáticas y de astronomía. Dió á conocer á los cristianos el álgebra, tradujo el Quadripartito y el Centiloquio, de Tolomeo; el Libro de las Figuras, de Tabit-ben-Cora; las obras de Alfergan y del cordobés Alcabicio. Desde Alfonso VII hasta Alfonso X fué Toledo el centro del saber y el emporio donde los cristianos españoles se hicieron con todo el comercio científico y filosófico de Oriente y del que había florecido y todavía florecía en España entre árabes y judíos. Así renació la filosofía española. Pero no menos la filosofía y la ciencia de Europa entera, que de España y Toledo salió y aun vinieron á aprender los extranjeros. Allí vino á aprender árabe el italiano Gerardo de Cremona (1114-1187) y allí tradujo hasta 71 obras orientales (Balt. Boncompagni, Della vita e delle opere di Gherardo Cremonese, Roma, 1851). El inglés Daniel de Morley (1157-1199), según Pits, también estuvo en Toledo estudiando matemáticas. Por encargo de Pedro el Venerable, abad de Cluny, tradujeron el inglés y arcediano de Pamplona en 1143, Roberto de Retines y Hermann el Dálmata, por primera vez, el Corán (1143), versión que se imprimió en 1550. Ayudáronles Pedro Toledano y el notario del abad de Cluny, Pedro Pictaviense (Bibliotheca Maxima Veterum Patrum, t. XXII, pág. 1030, Lugduni, 1677). Otro Roberto Catáneo, con Rodolfo de Brujas, tradujo en Tolosa, en 1144, el Planisferio, de Tolomeo, y otro Roberto Castrense el Liber de compositione Alchemiae (1182) y el Calid Regi Aegyptiorum. Rodolfo de Brujas y Hermann tradujeron otras obras, que pueden verse en Bonilla, Hist. filos. esp., t. I, pág. 367. Otro Hermann el Alemán, obispo de Astorga desde 1266, Adelardo de Bath y Miguel Escoto, tradujeron no pocas obras, siendo famoso el último por haber propagado el averroísmo desde Toledo. Cítanse además Esteban Arnaldo, de Barcelona, que tradujo el Tractatus de sphera solida, de Costa-ben-Luca; un "Magister G. filius Magistri Iohannis", que tradujo en Lérida el Liber de simplici Medicina, de Algafiki, en 1258; un Platón Tiburtino, que vertió en Barcelona el Quadripartitum, de Tolomeo, en 1138, y otros libros. Savasorda, que vivía en Barcelona en el siglo xii, tradujo dos obras más. Á fines del siglo xiii, un canónigo de Toledo, llamado Marcos, tradujo otra vez al latín el Corán y varias obras de Galeno. De esta manera pasó toda la ciencia y toda la filosofía al latín, derramándose por Europa. Nótese que varios de estos extranjeros fueron hechos obispos en España. De Alfonso VIII (1158-1214) dice la Estoria de España, Madrid, 1906, pág. 686, que "enuio por sabios a Françia et a Lombardia, por auer en su tierra ensennamiento de sapiençia que nunqua minguasse en el su regno, ca por las escuelas de los saberes mucho enderesça Dios et aprouecha en el fecho de la caualleria del regno do ellas son; et tomo maestros de todas las sçiençias et ayuntolos en Palençia, logar a abte et plantio para estudio de los saberes, et comunal pora venir los clerigos de todas las Espannas, et dioles grandes soldadas, porque tod aquel que de los saberes aprender quisiere, que alli uenga, ca alli fallara ende abondo quel correra alli como corrie la magna en el desierto a las bocas".

121. Barlaam y Josaphat. La Estoria del rey Anemur e de Josaphat e de Barlaam, ed. F. Sauchert, en Romanische Forschungen (1893), t. VII, págs. 331-402. Consúltense: F. de Hann, Barlaam and Joasaph in Spain, en Modern Language Notes (1895), t. X, cols. 22-34 y 137-146; E. W. A. Kuhn, Barlaam und Joasaph, etc., en Abhandlungen der philosophisch-philologischen Classe: Königliche Akademie der Wissenschaften (München, 1899), t. XX, págs. 1-88.

122. Pero Alfonso nació en 1062, fué judío aragonés, de Huesca, llamado Mosé Sefardi ó Rabí Mosé; pero habiéndose convertido en 1106, tomó el nombre de Pero ó Pedro, por haberse bautizado el día de San Pedro, y el de Alfonso por haberle apadrinado Alfonso I el Batallador. Escribió en latín: Dialogi lectu dignissimi in quibus impiae iudaeorum opiniones evidentissime cum naturalis, tum coelestis philosophiae argumentis confutantur (Biblioth. Patr., t. XXI, pág. 172); De Scientia et philosophia; Disciplina Clericalis, colección de apólogos ó cuentos morales eslabonados á la manera oriental y cuyo fundamento son los Proverbios de Salomón, instruyendo un padre á su hijo acerca de la vida humana. Fué uno de los libros más leídos y saqueados en la Edad Media. Muchas parábolas del famoso Barlaam et Josaphat se hallan aquí, así como en el Libro de los Estados y del Conde Lucanor, de Don Juan Manuel, en el Libro de los Castigos, en el de los Enxemplos por a, b, c, en el de los Gatos y en el Isopete historiado ó Esopo en cuentos, obras posteriores, que tomaron de esta fuente y de otras orientales cuentos, asunto y manera de trabar las narraciones. La Disciplina Clericalis tuvo duradera influencia. Logró tres versiones francesas, una en prosa en el siglo xv; otras dos en verso, publicadas, la una en 1760, por Barbazan y reimpresa en 1808; la otra en 1824, con el original latino, por la Sociedad Bibliográfica francesa. Vicente de Beauvais, en la Edad Media, le copió pasajes en su Speculum historiale. Fué Pero Alonso el primero que comunicó á los españoles el apólogo oriental, que de lleno entró en la literatura castellana á principios del siglo xiii y por ella en las demás literaturas de Europa (Puibusque, discurso en su edición del Conde Lucanor). La edición de 1824 fué reproducida por Migne, Patrología, t. I, pág. 157; mejor es la de Valentín Schmidt, Petri Alfonsi Disciplina clericalis, Berlín, 1872.

123. Hacia 1106 Renallo Gramático escribió la Vita et Passio Sanctae Eulaliae (Esp. Sagr., t. XXIX, apénd. III). P. Fita: El maestro Renallo (en el Boletín de la Real Acad. de la Hist.). En el segundo tercio del mismo siglo Rodulfo, monje de Carrión, escribió Quaedam miracula Gloriosissimi Martyris Beati Zoyli (Esp. Sagr., t. X, apéndice IV), y Juan, diácono de León, la Vita Sancti Froylani, Episcopi Legionensis (Esp. Sagr., t. XXXIV, apénd. VIII).

124. Año 1119. Pelayo, obispo de Oviedo, escribió hacia el 1119 su Chronicon, que abraza desde Bernardo II al fallecimiento de Alfonso VI. Edic. Flórez, Esp. Sagr., t. IV. En la Biblioteca Nacional hay un Liber Chronicorum ab exordio mundi usque Era MCLXX, al parecer del siglo xiii, y contiene el Prólogo de Pelayo, atribuyendo al Pacense el Cronicon de San Isidoro, la Ortographia Iunioris Isidori, la Historia Iob, Generationes Moysi, De Salomonis penitencia, etc., Ordo annorum mundi brevi collectus a Beato Iuliano Pomerio, la Chronica wandalorum regum, la Suevorum Chronica, la Chronica regum gothorum a Beato Isydoro, el Chronicon de Sebastián, el de Sampiro y el de Pelayo; luego bulas de Urbano II, el Chronicon turonense, etc., etc. Véase Antonio Blázquez: Pelayo de Oviedo y el Silense (en la Rev. de Archivos, marzo-abril, 1908).

125. Año 1139. La Historia Compostelana, escrita por mandato de Diego Gelmírez, fué escrita por Munio Alfonso, Hugo y Giraldo, canónigos de aquella iglesia, actores y testigos de los sucesos, criados y devotos del Obispo y por lo mismo tildados de parciales (Flórez, Esp. Sagr., t. XX); pero allí está retratado el pretencioso Arzobispo, malgrado sus servidores que, sin querer, lo pintaron tal cual fué, y acaba con el año 1139, poco antes de que muriese.

126. El Silense, monje de Silos, escribió su Chronicon para historiar el reinado de Alfonso VI; no llegó á él, pero sirve para restaurar los de Pelayo y Sampiro, que inserta íntegros (n. XLVIII al LXVI, inclusive los dos). Ed. Flórez, Esp. Sagr., t. XVII.

127. Otros Cronicones escritos desde el siglo xi hasta principios del xiii, antes de Don Rodrigo Jiménez de Rada: el Compostelano, que llega á 1126; el Iriense, hecho á fines del siglo xi; los Anales complutenses, hasta el 1126; el Burgense, hasta 1212; el Lusitano, escrito después del 1212; los Anales Compostelanos, hasta la toma de Sevilla en 1248; el Coimbricense, añadido hasta principios del siglo xv. Véanse en Flórez, Esp. Sagra., sobre todo, t. XXIII, y otros monumentos en Villanueva, Viaje literario, cuanto á Aragón y Cataluña; G. Cirot: Les histoires générales d'Espagne.