128. La Gesta Roderici Campidocti, escrita probablemente en tiempo de Alfonso VI, cuyo manuscrito del siglo xiii posee la Academia de la Historia, está animada del mismo espíritu que advertimos en los cantares de gesta y acaso no hace más que poner en latín lo que ya sonaba en las gestas cantadas por los juglares. Milá cree se escribió en Cataluña y es "en parte resumen y en parte traducción de otra poesía más popular, probablemente castellana" (Observaciones sobre la poesía popular, 1853, pág. 62). Véase E. Du Méril, Poésies populaires latines, pág. 286; Amador de los Ríos, Lit. Esp., t. II, Ilustr., 1, n. XXI; Dozy, Recherches sur l'hist. et la littér. de l'Esp., 3.ª ed., t. II, París, Leyde, 1881. Mejores ediciones: Risco en La Castilla y el más famoso castellano, apénd. VI, Madrid, 1792; R. Foulché-Delbosc en Revue hispan., 1909, t. XXI; con estudio A. Bonilla, Madrid, 1911, y en el Boletín de la Real Academia de la Historia, 1911, t. LIX, págs. 161-257. Tuvo que escribirse antes de 1238, en que tomó á Valencia Jaime I de Aragón, pues hablando de aquella conquista poco después de la muerte del Cid, escribe el cronista: "et nunquam eam ulterius perdiderunt". El manuscrito es del siglo xiii, acerca del cual y de la polémica de Masdeu véanse la edición de Foulché-Delbosc y la de Bonilla.
129. La Chronica Aldephonsi, esto es, de Alfonso VII, abraza desde 1126, en que falleció doña Urraca, hasta la conquista de Almería (1147), que el mismo autor puso en verso y es el llamado Poema de Almería. Ed. E. Du Méril, Poésies pop. latines de moyen âge, París, 1847, págs. 248-314. De otra canción en elogio de Ramón Berenguer IV (1139-1162) nos ha quedado la introducción. Estas obras en verso latino son como las predecesoras del Mio Cid castellano: uno y otras reproducen las gestas vulgares, pero haciendo obra de erudición. Sus autores eran de los segundos citados en aquella frase de la Crónica de Castilla, donde, hablando de las bodas de las tres hijas de Alfonso VI, dice que se contaron muchas "maneras de yoglares assi de boca como de peñola". Los de boca eran los populares; los de péñola los eruditos.
130.Á mediados del siglo xii, Pedro Compostelano compuso, á imitación de Marciano Capella, de Boecio y de San Isidoro, en prosa y verso y con figuras alegóricas, el libro de Consolatione Rationis, publicado por el P. Blanco en los Beitrâge, de Baeumker (Münster), ms. del Escorial (R.-110-2-14). Juan Hispano escribió Super Decretum et Decretales Summa. San Martín, de León, escribió Epístolas apostólicas y Comentario sobre el Apocalipsis.
131. Nacimiento del castellano literario y de la literatura erudita.—¿Cuándo nació la literatura castellana? La literatura popular sin duda alguna comenzó con el mismo romance. Los más antiguos Concilios, San Isidoro y otros Padres visigodos nos hablan de cantares y acaso de representaciones del pueblo. Refranes y cantares se hicieron en castellano desde que el habla de los españoles pudo llamarse romance, y no es de creer que jamás faltase en España literatura popular no escrita, desde los poemas en el idioma nacional que nos dice Estrabón tenían antiquísimos los turdetanos y los cantos en la misma lengua de que nos habla Silio Itálico, hasta la poesía latina de las inscripciones que pueden verse en el segundo tomo del Corpus inscriptionum latinarum, todo dedicado por Hübner á España, y las poéticas recogidas por Bücheler. Literatura escrita y, por consiguiente, más ó menos erudita, no hubo, ni, por tanto, castellano literario hasta que se escribió en romance. Cuándo comenzara á escribirse eso es lo que no sabemos. Rastros de castellano literario escrito se hallan en piezas latinas desde el año 747 (Wölfflins, Archiv., I, 56) en la Crónica de Toledo, que acaso sea anterior (Tailhan, Anonyme de Toledo, 1885)[14]. En un códice de Santo Domingo de Silos (Museo Británico) muy antiguo, aunque no anterior al siglo xi, se hallan al margen unas cuatrocientas palabras vulgares, correspondientes á las latinas del texto; las Cartas pueblas, escritas en latín, tienen no pocas voces puramente castellanas. Pero el monumento más antiguo del castellano de aquella lengua vulgar de los españoles, que mientan el edicto de Carlos el Calvo (año 844, Flórez, Esp. Sagr., XXIX, pág. 452) y San Isidoro, es posterior á los que hay en francés é italiano; en francés, los juramentos de Strasburgo (842), que es lo más antiguo que se conoce de las románicas; en italiano, la Carta di Capua (960).
El uso del bable y del castellano en obras forenses llega hasta el año 1145 y 1173, 1180 y 1193, como lo probó Merino, y el más antiguo diploma que halló en castellano es del año 1206 (véase además Fernández Guerra, El fuero de Avilés, 1865).
Pero dejando aparte estos atisbos de prosa literaria, la literatura escrita española alborea con una claridad tan limpia y despejada, tan natural y sincera, y á la vez con tal reciura de realismo y tan sin nube alguna de afectación ni de erudición extraña, que bien se echa de ver ser hija de la literatura popular, hasta entonces no escrita, pero que llevaba ya años y años de correr en labios del pueblo y de resonar por la llanura castellana, como gala é himno triunfador de guerreros rudos y veraces, que se alientan con las proezas cantadas de sus adalides á proseguir la pesada empresa de la reconquista. El cantar de Mio Cid es la primera obra literaria, escrita entre 1140 y 1157, antes de la muerte de Alfonso VII, que ha llegado hasta nosotros en copia hecha en el siglo xiv por un cierto Per Abbat. Como la literatura griega comenzó por la epopeya, así comienza la literatura castellana. Como aquella epopeya estaba compuesta de rapsodias ó retazos, que la erudición posterior atribuyó á un cantor llamado Homero, pero que la crítica moderna descubre haber sido hechos por muchos cantores desconocidos, populares, y haber corrido cantados por populares rapsodas, en una palabra, que los poemas homéricos son el canto de las proezas de la raza que Grecia entona á sí misma, no de otra manera la epopeya del Mio Cid está zurcida de tres retazos ó más, y fáltanle otros perdidos, algunos de los cuales se transparentan en las Crónicas posteriores y se hallan, remozados y modificados conforme á los tiempos, en cantares que después vinieron: es el poema en que España celebra sus propias hazañas. Mio Cid es un zurcido, repito, de rapsodias. ¿Fueron las primeras rapsodias que se escribieron ó escribiéronse antes otras, después perdidas? No lo sabemos; sólo sí, que, se escribieran ó no, las del Mio Cid no fueron las únicas de la epopeya hispana popular no escrita, ni mucho menos las más antiguas. El pueblo cantaba sus trozos épicos: era la literatura popular no escrita. De ellos no se sabe si se escribieron algunos; probablemente no llegaron á escribirse. De toda aquella masa épica han quedado pruebas manifiestas en las Crónicas, cuyos redactores, al describir los hechos más ó menos legendarios de los antepasados, retiñéndoles en los oídos los cantares épicos populares, se valían de sus frases hasta el punto de desleir en su prosa versos y trozos enteros de aquellos cantares. Los únicos trozos que lograron salvarse enteramente por la escritura son los de Mio Cid.
¿Por qué se escribieron, no habiéndose escrito nada hasta entonces? Esto es lo mismo que preguntar la causa del nacimiento de la literatura escrita castellana, de la literatura erudita, la cual, por lo dicho, bien se ve haber tenido su origen en la literatura popular y no escrita. Esa causa está bien á la mano: nos la está mostrando el mismo cantar de Mio Cid y las circunstancias históricas del tiempo en que se escribió.
Cuanto al cantar, al echar por primera vez los ojos en él, queda al punto desconcertado el lector, notando la barbarie del metro y no pudiendo entender cómo una fuerza épica tan grande y un tan fino valor poético como el que atesora el poema puedan casarse con tal rudeza en el versificar. Á poco va uno notando que la mayor parte de los versos son alejandrinos, que hay bastantes otros de los llamados de pie de romance y que los demás hay que achacarlos á los copistas, que condensan versos quitando palabras ó los alargan para declarar lo que suponían estaba oscuro.
Ahora bien, el que está versado en asuntos de métrica latina, francesa y castellana, luego se explica el misterio. Tanto el alejandrino como el pie de romance son metros derivados de la métrica latina, con una diferencia capital, clarísima para el lingüista, conocedor del genio de la lengua castellana y de la lengua francesa: que el alejandrino es el verso naturalmente francés, como nacido que es del ritmo yámbico latino, que es el ritmo de la lengua francesa, amiga de la entonación aguda; mientras que el pie de romance es el verso naturalmente castellano, como nacido que es del ritmo trocaico latino, que es el ritmo de la lengua castellana, amiga de la entonación llana y grave. El métrico y lingüista que de esto esté bien enterado no puede menos de descifrar el misterio de la, al parecer, barbarie métrica del Mio Cid: el que lo escribió quiso cantar en versos franceses lo que oía cantar y acaso cantaba él en versos españoles. En versos españoles, en romance, se había siempre cantado por el pueblo; pero jamás se había escrito la poesía. ¿Por qué no escribir la poesía, como los franceses la escribían? Pero había que escribir en el metro de los que hasta entonces habían escrito, era de buen tono y estaba de moda todo lo francés; lo vulgar castellano no era para escrito. Con todo, esos cantares populares españoles los sentía el autor, como verdadero poeta que era; su asunto era digno de la escritura. Quiso, pues, cantar lo popular español en el metro épico erudito, de moda, francés, y logrólo en parte; pero como á buen novicio en este menester de métrica francesa, se le escapaban á cada paso versos castellanos de pie de romance, que eran los que entre el pueblo se cantaban.
La lucha entre la métrica francesa, la erudita y de buen tono, digamos, y la métrica castellana popular, es manifiesta en Mio Cid. El autor tenía fino oído y construye muy bien ambas suertes de metros; pero los mezcla y en la consecución del asonante no guarda regla alguna, sin duda por la misma lucha y contrariedad métrica en que se ve enzarzado. Añádase lo que la inexperta mano de los copistas mal corrigió, dejando versos monstruosos de cortos ó de largos, que es imposible salieran del poeta y versificador, primer autor del cantar, y tendremos declarada la versificación extravagante de la obra.