1. En la época de Carlos V sazonan los frutos de las humanidades en los grandes maestros que comenzaron á florecer en la época anterior y en los que de nuevo en ésta florecen. Pero una no esperada empresa, á más de las ya emprendidas en Italia y América, se ofrece á los ojos de los españoles, que no les deja vagar para entregarse de lleno á los sosegados ocios de las letras, teniendo que empuñar la espada á la vez que la pluma. El Emperador desea emular el carácter de protector de la Iglesia católica, que le imprimió la corona de hierro de Carlomagno, y España, ganosa de aventuras, no olvidando su recién acabada cruzada contra el Islam en la misma patria, emprende otras dos de no menor empeño: la una contra los moros africanos, que habrá de extenderse después contra el poderío de los turcos, el único que en Europa puede hacer frente al español: la otra contra la naciente reforma luterana. Este grito de guerra contra todos los enemigos de la Fe católica, en que se aúnan las gloriosas ambiciones de Carlos V con las tradicionales costumbres de los españoles, ponen nuevo y más fuerte valladar al paganismo que consigo trae el renacimiento clásico, y al rechazar sus ideas anticristianas hace nacer en el pecho del Emperador y de España entera la contrarreforma, esto es, la reforma interna de la Iglesia, de las costumbres, mayormente de religiosos y eclesiásticos, ya comenzada en parte por Cisneros. El Emperador batalla sin tregua ni descanso con la corrompida y paganizada Corte romana, hasta lograr se convoque el Concilio de Trento (1545), en el que nuestros grandes teólogos, tan sobresalientes en aquel palenque del dogma y de la moral como nuestros capitanes en los campos de batalla, echaron los cimientos de la renovación de las costumbres harto mejor que no pretendía hacerlo el despicado é interesado Lutero con la befa y el escarnio, encenagándose más y más él mismo en lo propio que en los otros condenaba. Erasmo, el renacentista del Norte, que sentía como los protestantes la necesidad de la reforma eclesiástica, aunque sin abandonar, por verla relajada, la propia Fe, hubo de ser el dechado al cual miraron desde el Emperador hasta el último de los españoles en este nuevo renacimiento del Cristianismo, como le miraban cual á dechado del renacimiento clásico. Comúnmente hablando, los humanistas italianos, entrando en esta cuenta hasta los Cardenales y el mismo Sumo Pontífice, hallábanse tan desmoralizados y mancillados del paganismo anticristiano que abría nuevas brechas á la rotura de costumbres, que los nuestros no podían poner en ellos los ojos sin apartarlos al punto de asco. Erasmo, en cambio, se presentaba á la vez como humanista insigne y como verdadero reformador dentro de los linderos del dogma, sin la parte pagana ni el consiguiente enmollecimiento afeminado, antes alzando bandera por la renovación de las austeras costumbres de los viejos cristianos de otras edades. El humanismo erasmiano señoreó en España, por ser tan español, como española era la empresa que había tomado sobre sus hombros de defender á la Iglesia. Sólo así se explica el que toda persona culta, arzobispos, obispos, clérigos, religiosos y seglares, se hallasen de la noche á la mañana ser en España verdaderos erasmistas. Y como para que campee lo blanco necesario es que se dé lo negro, y para que resplandezca la luz menester es que haya sombra, tampoco ha de extrañar que hubiera en España no pocos antierasmistas, aunque fuesen los menos. Erasmo (1467-1536) es una representación histórica: representa y personifica el Renacimiento, no italiano, sino español; no pagano, sino cristiano. Fuera ó no más allá de donde la cristiana caridad aconseja que se llegue en las diatribas contra la parte gangrenada de la Iglesia, fuera ó no demasiado cruel cirujano al cortarla á cercén y sin piedad, gangrena había, y espantosamente hedionda, en el cuerpo de la Iglesia, y la literatura castellana de aquella época solfea sin duelo y satiriza con no menor saña que Erasmo los abusos de la gente eclesiástica. Que alzasen el grito los miembros gangrenados al sentir del cirujano feroz la legra desgarradora y la mano forzosamente pesada, nada tiene que asombrar. Erasmo, fuérase lo que se fuera, fué para los erasmistas españoles símbolo de sana y noble renovación, cifra de toda empresa grande y cristiana, por más que en su persona hubiese de los desfallecimientos y flaquezas, del sarcasmo cruel, de la mengua de tino y mesura que cual fruta del tiempo, recia y nada blandengue, como acaso sea la de hoy, igualmente se daba entre católicos y protestantes, italianos, alemanes y españoles. Fué Erasmo cabeza de un nuevo Renacimiento, más grandioso que el clásico, del cual no menos era para los nuestros adalid: del renacimiento eclesiástico. "Erudito insuperable—dice Bonilla en su excelente estudio Erasmo en España (New-York, París, 1907)—, comentarista sagaz, teólogo insigne, humanista consumado, literato de amenísimo estilo, de fina sátira, de profunda observación y delicado análisis. Sin reducir el humanismo á la forma, como la mayor parte de los renacientes italianos, y sin hacerlo consistir tampoco en frío dogmatismo, supo dar el justo matiz á su producción literaria, con tan buena elección y tan atinado criterio, que se acreditó de árbitro del buen gusto". Nadie le igualó en su tiempo como teólogo; pero fuélo cual lo hubieran sido en tiempo de Pericles ó en los jardines de Academo. "¿Qué representa, pues, Erasmo en la historia literaria del Renacimiento? El elemento de armonía y de concordia entre las tendencias extremas: la tolerancia y la paz, mezcladas con un sano escepticismo, no exento de cierta interior ironía. Erasmo es un creyente y al mismo tiempo censor severo del fariseísmo; su empeño constante es: cum elegantia litterarum pietatis christianae sinceritatem copulare". Pero, además, para los españoles y para Carlos V representaba Erasmo el renacimiento cristiano, bien hermanado con el renacimiento clásico. Como Ulrico de Hutten decía, Erasmo fué "el comentador más laborioso y sagaz de la Biblia, el restaurador de la verdadera religiosidad, el exterminador de la superstición, el descubridor de las supercherías de los papas, el restaurador de las buenas costumbres antiguas, desfiguradas por innovaciones inspiradas por la ambición y la codicia, el apóstol é introductor de la libertad y el adversario de los opresores tiránicos de la cristiandad". Por eso no pudo excusar la enemiga de los Bedas, Lees, Zúñigas y Escalígeros y de no pocos eclesiásticos italianos y algunos españoles, que se sentían heridos donde les escocía y no tenían suficiente grandeza de alma para comenzar por sí mismos y en sus propias casas la reforma, como la tuvieron la mayor parte de los eclesiásticos españoles. Por eso su eficacia en España fué mayor que no la de los renacentistas italianos; fué más íntima, más profunda, tocó más al fondo de la evolución que la influencia italiana. Halló, por lo mismo, mayor oposición que esta última y aparentemente fué menos duradera: pero el impulso estaba dado y no sólo señoreó el erasmismo en la época de Carlos V, sino que sus efectos dieron color á la, al parecer, contraria época de Felipe II.
2. Con lo dicho queda suficientemente declarado por qué en la época de Carlos V tampoco pudo penetrar en España el paganismo del renacimiento clásico, como había penetrado en Italia. El erasmismo ó el españolismo defensor de la Iglesia y reformador de las costumbres, que es todo uno, peleaba cabalmente contra la descreencia y desenfreno de costumbres que el paganismo traía consigo. Si por eso quieren decir algunos que no hubo en España renacimiento clásico, porque no lo hubo á la italiana, juntamente con renacimiento del paganismo, concedémoslo, y no fuera bueno lo hubiera habido. Primero, porque no era tan para apetecer tan dañina ponzoña. Segundo, porque sólo en pueblos entecos y amortecidos prende el virus y ponzoña traída de fuera, y España estaba en disposición de reaccionar contra ella, como reaccionó, robusta, cual se veía de vida nacional y enarbolando la bandera contraria á la del paganismo, entronizado en el mismo Vaticano. Tercero, porque imitar enteramente, copiar, tomar á zurrumburrun lo extraño, quédase para pueblos de menos valer. Bueno fuera que España no supiera más que copiar á Italia y tomar el renacimiento como ella se lo ofrecía. Los organismos sanos y recios aprópianse lo extraño, asimilándoselo, mudándolo en su propio ser, no tragándoselo como enfermo que ni sabe escoger ni mascar. España tomó del Renacimiento lo que debía tomar, dejando lo malo y apropiándose lo bueno conforme á su natural, bien así como no copió la pintura italiana ni la arquitectura italiana, sino que, empapados en estas artes italianas nuestros artistas, supieron crear la arquitectura plateresca y la pintura española. Así la literatura española inspiróse en la clásica é italiana, sin ser italiana ni clásica, sino genuinamente española. El Renacimiento fué, pues, en España español, como fué italiano en Italia, sin dejar de ser renacimiento clásico aquí y allá. Pero ¡qué diferencia, santos cielos! Italia, desgarrada ya de antiguo en jirones por sus propios hijos y los jirones en manos de gentes extrañas, se consolaba con sus artes, que la entretenían para no apesadumbrarse mirando á los que la tenían domeñada. Y esas artes, pintura y literatura sobre todo, eran propias de cortesanos que sirven á señores ajenos; eran de imitación, de hermosísima y á veces mejorada imitación, pero de imitación al cabo, de griegos y romanos. España, en cambio, de esclava ó medio esclava de los moros, había venido á ser señora de moros y cristianos: ¿cómo había de contentarse con serviles imitaciones? Los aceros de su celo contra la morisma hallaban nuevos campos donde emplearse: un nuevo mundo que evangelizar, un septentrión donde combatir las nuevas herejías, que por momentos brotaban como de inmunda gusanera; costumbres podridas que renovar en la misma cristiandad, hasta en Roma, su propia cabeza. La fe cristiana, arraigada y enardecida en los españoles por una cruzada de ocho siglos, robustecíase más y más en el fragor de tantos combates contra todos los enemigos de ella en el viejo y nuevo mundo. Este celo cristiano, verdadero ideal y verdadero título de la epopeya que emprendió la España del siglo xvi, la engrandeció tanto en sí y para cuantos la contemplaban, que los mismos resplandores paganos que el Renacimiento traía no la pudieron deslumbrar ni cegar, desapareciendo ensombrecida su personalidad artística entre ellos, como sucedió á Italia, sino que sobrepujándolos con los de sus propias hazañas y altísimos intentos, recogiólos en sí y apropióselos, para abrillantar más el arte y la literatura, que tamaña preñez de grandezas no podía menos de producir. Ni la más mínima de las ideas paganas que fuese contraria á nuestra religión hizo asiento en la cabeza de nuestros escritores; empapados, en cambio, todos ellos en la armonía elegante y ondulosa de la belleza clásica, fueron desesquinando y suavizando aquella ruda manera de pensar y decir de nuestros viejos guerreros medioevales, hiciéronse más sensibles á las delicadezas del trato social, afinaron sus sentimientos, ablandaron sus ásperas costumbres, hiciéronse, en una palabra, más humanos en la vida, en el pensar, en el sentir, en el expresarse, que son los verdaderos frutos del humanismo. La literatura y el arte en general tenía que ser tan pujante, tan propio y nacional como las demás manifestaciones del alma española en el momento de su entera madurez y el ideal cristiano de su política, en Europa y América, tenía que serlo no menos de su arte y de su literatura.
3. J. Gómez Ocaña, El Autor del Quijote: "Entonces, y desde mucho tiempo antes, España, los españoles, mejor dicho, tenían un ideal: la religión, y un carácter: el individualismo. El individualismo pulverizó á España en multitud de Estados pequeños, rivales entre sí, que vivieron muchas veces en guerra; la religión los unió para los efectos de la Reconquista y fué la base de la unidad española. El fervor religioso de los españoles se exaltó en la guerra de Granada, y parece que debió aquietarse después de vencidos los moros y expulsados los judíos; mas inmediatamente surgieron dos motivos para mantener excitado el celo religioso: la conquista de América y la Reforma. Merced á ella encontraron los sacerdotes y caballeros cristianos muchedumbres de indios que evangelizar ó de luteranos á quienes combatir".
Erasmo á F. Vergara (1527): "Hispania vestra quum semper et regionis amoenitate fertilitateque semper ingeniorum eminentium ubere proventu, semper bellica laude floruerit, quid desiderari poterat ad summam felicitatem ut nisi studiorum et eruditionis adiungeret ornamenta, quibus aspirante Deo paucis annis sic effloruit, ut caeteris regionibus quamlibet hoc decorum genere, praecellentibus vel invidiae queat esse vel exemplo".
M. Pelayo, Heterod., t. II, pág. 679: "Hubiéramos visto, en primer lugar, un pueblo de teólogos y de soldados que echó sobre sus hombros la titánica empresa de salvar con el razonamiento y con la espada la Europa latina de la nueva invasión de bárbaros septentrionales; y en nueva y portentosa cruzada, no por seguir á ciegas las insaciadas ambiciones de un conquistador, como las hordas de Ciro, de Alejandro y de Napoleón; no por inicua razón de Estado ni por el tanto más cuanto de pimienta, canela ó jengibre, como los héroes de nuestros días, sino por todo eso que llaman idealismos y visiones los positivistas, por el dogma de la libertad humana y de la responsabilidad moral, por su Dios y por su tradición, fué á sembrar huesos de caballeros y de mártires en las orillas del Albis, en las dunas de Flandes y en los escollos del mar de Inglaterra. ¡Sacrificio inútil, se dirá; empresa vana! Y no lo fué, con todo eso; porque si los cincuenta primeros años del siglo xvi son de conquistas para la Reforma, los otros cincuenta, gracias á España, lo son de retroceso; y ello es que el Mediodía se salvó de la inundación, y que el protestantismo no ha ganado desde entonces una pulgada de tierra, y hoy, en los mismos países donde nació, languidece y muere. Que nunca fué estéril el sacrificio por una causa santa, y bien sabían los antiguos Decios, al ofrecer su cabeza á los dioses infernales antes de entrar en batalla, que su sangre iba á ser semilla de victoria para su pueblo. Yo bien entiendo que estas cosas harán sonreir de lástima á los políticos y hacendistas, que, viéndonos pobres, abatidos y humillados á fines del siglo xvii, no encuentran palabras de bastante menosprecio para una nación que batalla contra media Europa conjurada, y esto, no por redondear su territorio ni por obtener una indemnización de guerra, sino por ideas de Teología..., la cosa más inútil del mundo. ¡Cuánto mejor nos hubiera estado tejer lienzo y dejar que Lutero entrara ó saliera donde bien le pareciese! Pero nuestros abuelos lo entendían de otro modo, y nunca se les ocurrió juzgar de las grandes empresas históricas por el éxito inmediato. Nunca, desde el tiempo de Judas Macabeo, hubo un pueblo que con tanta razón pudiera creerse el pueblo escogido para ser la espada y el brazo de Dios; y todo, hasta sus sueños de engrandecimiento y de monarquía universal, lo referían y subordinaban á este objeto supremo: Fiet unum ovile, et unus pastor. Lo cual hermosamente parafraseó Hernando de Acuña, el poeta favorito de Carlos V: "Ya se acerca, señor, ó ya es llegada | La edad dichosa en que promete el cielo | Una grey y un pastor sólo en el suelo, | Por suerte á nuestros tiempos reservada. | Ya tan alto principio en tal jornada | Nos muestra el fin de vuestro santo celo, | Y anuncia al mundo para más consuelo | Un monarca, un imperio y una espada". En aquel duelo terrible entre Cristo y Belial, España bajó sola á la arena; y si al fin cayó desangrada y vencida por el número, no por el valor de sus émulos, menester fué que éstos vinieran en tropel y en cuadrilla á repartirse los despojos de la amazona del Mediodía, que así y todo quedó rendida y extenuada, pero no muerta, para levantarse más heroica que nunca cuando la revolución atea llamó á sus puertas y ardieron las benditas llamas de Zaragoza".
M. Pelayo, Heterod., t. II, pág. 685: "España, que tales varones daba, fecundo plantel de santos y de sabios, de teólogos y de fundadores, figuró al frente de todas las naciones católicas en otro de los grandes esfuerzos contra la Reforma, en el Concilio de Trento, que fué tan español como ecuménico, si vale la frase. No hay ignorancia ni olvido que baste á oscurecer la gloria que en las tres épocas de aquella memorable Asamblea consiguieron los nuestros. Ellos instaron más que nadie por la primera convocatoria (1542), y trabajaron por allanar los obstáculos y las resistencias de Roma. Ellos, y principalmente el Cardenal de Jaén, se opusieron en las sesiones sexta y octava á toda idea de traslación ó suspensión. Tan fieles y adictos á la Santa Sede como independientes y austeros, sobre todo en las cuestiones de residencia y autoridad de los obispos, ni uno solo de nuestros prelados mostró tendencias cismáticas, ni siquiera el audaz y fogoso arzobispo de Granada, don Pedro Guerrero, atacado tan vivamente por algunos italianos. Ninguno confundió el verdadero espíritu de reforma con el falso y mentido de disidencia y revuelta. Inflexibles en cuestiones de disciplina y en clamar contra los abusos de la curia romana, jamás pusieron lengua en la autoridad del Pontífice ni trataron de renovar los funestos casos de Constanza y Basilea. Pedro de Soto opinaba á la vez que la autoridad de los obispos es inmediatamente de derecho divino; pero que el Papa es superior al Concilio, y en una misma carta defiende ambas proposiciones. Cuando la historia del Concilio de Trento se escriba por españoles, y no por extranjeros, aunque sean tan veraces y concienzudos como el cardenal Pallavicini, ¡cuán hermoso papel harán en ella los Guerreros, Cuestas, Blancos y Gorrioneros; el maravilloso teólogo don Martín Pérez de Ayala, obispo de Segorbe, que defendió invenciblemente contra los protestantes el valor de las tradiciones eclesiásticas; el rey de los canonistas españoles, Antonio Agustín, enmendador del Decreto de Graciano, corrector del texto de las Pandectas, filólogo clarísimo, editor de Festo y Varron, numismático, arqueólogo y hombre de amenísimo ingenio en todo; el obispo de Salamanca, don Pedro González de Mendoza, autor de unas curiosas memorias del Concilio; los tres egregios jesuítas Diego Láinez, Alfonso Salmerón y Francisco de Torres; Melchor Cano, el más culto y elegante de los escritores dominicos, autor de un nuevo método de enseñanza teológica, basado en el estudio de las fuentes de conocimiento; Cosme Hortolá, comentador perspicuo del Cantar de los Cantares; el profesor complutense Cardillo de Villalpando, filósofo y helenista, comentador y defensor de Aristóteles y hombre de viva y elocuente palabra; Pedro Fontidueñas, que casi le arrebató la palma de la oratoria, y tantos y tantos otros teólogos, consultores, obispos y abades como allí concurrieron, entre los cuales, para gloria nuestra, apenas había uno que no se alzase de la raya de la medianía, ya por su sabiduría teológica ó canónica, ya por la pureza y elegancia de su dicción latina, confesada, bien á despecho suyo, por los mismos italianos! Bien puede decirse que todo español era teólogo entonces. Y á tanto brillo de ciencia, y á tan noble austeridad de costumbres, juntábase una entereza de carácter, que resplandece hasta en nuestros embajadores Vargas y don Diego de Mendoza. ¿Cuándo ha sido España tan española y tan grande como entonces? Una serie de Concilios provinciales puso vigorosamente en práctica los Cánones del Tridentino, á pesar de la resistencia de los malavenidos con la Reforma. ¿Qué había de lograr el Protestantismo, cuando honraban nuestras mitras obispos al modo de fray Bartolomé de los Mártires, don Alonso Velázquez, don fray Lorenzo Suárez de Figueroa, fray Andrés Capilla, don Pedro Cerbuna, don Diego de Covarrubias, fray Guillermo Boil y el venerable Lanuza?".
M. Pelayo, Heterod., t. II, pág. 687: "Una sólida y severa instrucción dogmática nos preservaba del contagio del espíritu aventurero, y España podía llamarse con todo rigor un pueblo de teólogos. ¿Cuándo los hubo en tan gran número y tan ilustres? Desde el franciscano Luis de Carvajal y el dominico Francisco de Vitoria, que fueron los primeros en renovar el método y la forma, y exornar á las ciencias eclesiásticas con los despojos de las letras humanas, empresa que llevó á feliz término Melchor Cano, apenas hay memoria de hombre que baste á recordar otros, ni siquiera á los más preclaros, de aquella invicta legión. Pero por el enlace que con nuestro asunto tiene, no hemos de olvidar que fray Alonso de Castro recopiló en su grande obra De haeresibus cuantos argumentos se habían formulado hasta entonces contra todo linaje de errores, y disputó, con tanta sabiduría jurídica como teológica, de justa haereticorum punitione; que Domingo de Soto, cuyo nombre (gracias á Dios) suena todavía con elogio, gracias á su tratado de filosofía del derecho (De justitia et jure), trituró las doctrinas protestantes de la justificación en su obra De natura et gratia; que el cardenal Toledo impugnó más profundamente que ningún otro teólogo la interpretación que los luteranos dan á la Epístola á los romanos; que fray Pedro de Soto, autor de un excelente Catecismo, hizo increíbles esfuerzos con la pluma y con la enseñanza para volver al gremio de la Iglesia á los súbditos de la reina María; que el eximio Suárez redujo á polvo las doctrinas cesaristas del rey Jacobo y el torpe fundamento de la Iglesia anglicana, y que el obispo Caramuel, océano de erudición y de doctrina y verdadero milagro de la naturaleza, convirtió en Bohemia y Hungría tal número de herejes, que, á no verlo confirmado en documentos irrecusables, parecería increíble y fabuloso. Pero bien puede decirse que entre todos los libros compuestos aquí contra la Reforma no hay uno que, por la claridad del método y de la exposición, ni por la abrumadora copia de ciencia teológica y filosófica, ni por la argumentación sobria y potente, iguale á la del jesuíta Gregorio de Valencia, De rebus fidei hoc tempore controversis. ¿Quién lee hoy este libro, uno de los más extraordinarios que ha producido la ciencia española? ¿Quién el elegante y doctísimo tratado de don Martín Pérez de Ayala, De divinis traditionibus? ¿Quién las obras del padre Diego Ruiz de Montoya, fundador de la Teología positiva, y á quien siguieron y copiaron muchas veces Petavio y Tomasino? Pero digo mal: es en España donde no se leen, que fuera de aquí no hay teólogo que no se descubra con amor y veneración al oir los nombres de Molina y Bañez, de Medina, de Suárez y de Gabriel Vázquez. La sola historia de las controversias De auxiliis bastaría para mostrar la grandeza de la especulación teológica entre nosotros. No sólo nació en España la ciencia media y el congruísmo, sino también el sistema de la gracia eficaz, que llaman tomista por haberle defendido siempre los dominicos, pero que fué creación de Bañez en oposición á Molina".
4. Cuanto á la ciencia, el descubrimiento del Nuevo Mundo trajo á España mejoras que luego pasaron á Europa. Los físicos de hoy eran médicos entonces. ¿Qué hicieron los físicos españoles por la ciencia? Los dos textos de la historia de la ciencia que se han estudiado en Europa son los de Montucla y Saverien: el primero desconoce enteramente nuestra historia; el segundo no nombra á ninguno de nuestra patria en la historia de la navegación. Fuimos molestos á los europeos y creyeron científico correspondernos de esta manera. En ciencia de la navegación y astronomía, España hizo más que todo el resto de Europa; verdad es que aquí no hubo la astrología, brujería y hechicería que hubo en Tréveris, donde, en tres años, fueron procesadas 6.500 personas; en Flandes, donde, en un año, 800; en Ginebra, en tres meses, 500; en Francia, donde, según informe del Parlamento en tiempo de Francisco I, había 100.000 brujos, y el Inquisidor general se lamentaba de no tener tiempo ni bastar el Santo Oficio para quemarlos. Nicolás Remy se jactaba de haber hecho morir á 900. Los médicos creían en las enfermedades astrológicas é infernales, y escribían libros que jamás fueron imitados en España; y los Tribunales se negaban á juzgar á los astrólogos y brujos por no arriesgarse á su mal influjo, y les hacían entrar de espalda en la sala para evitar su mirada. De 1513 á 1819 hubo en las Inquisiciones de Toledo solamente 287 causas de hechicería, mientras que hubo 891 de judaizantes, 738 de blasfemia y 547 de palabras escandalosas.
Morejón, en el prólogo de la Historia Bibliográfica de la Medicina en España, dice que "somos más ricos que ninguna nación de Europa en ilustradores de Hipócrates, en monografías de pestes y tifus ptiquiales: que un español fué el primero que describió el croup; que otros fijaron el verdadero método de curar la lue sifilítica, introduciendo las preparaciones del oro y el método de prescribir el mercurio, el guayaco y otros remedios; que á los españoles se debe la introducción de la quina, de ese árbol de la vida, como le llama Torti; la del chocolate, el pensamiento de las cuarentenas, el establecimiento de los hospitales militares, el origen de la Medicina legal, las figuras anatómicas de seda del aragonés Tabar, la circulación de la sangre, la descomposición del agua, el uso de los eméticos y purgantes en las frenitis y hemotisis biliosas, muchos años antes que los aconsejara Stoll; las hospitalidades domiciliarias á mediados del siglo xvi, dos antes que en Francia é Inglaterra; la institución de la Medicina patológica en Zaragoza por los Reyes Católicos en el siglo xv, y en Valladolid y en Salamanca poco tiempo después; el sistema de la curación de los locos en Valencia y Zaragoza; la introducción en la Terapéutica de las aguas minerales artificiales por Gutiérrez de Toledo en el siglo xv, etcétera, etc. Pero cuanto á lo que la ciencia debe á España en el siglo xvi, ha tratado Felipe Picatoste, Apuntes para una Biblioteca científica española del siglo xvi. Madrid, 1891.
Resumen de algunos hechos notables de la ciencia española en el siglo xvi[1]: Acosta (José) y Fernández de Oviedo (Gonzalo), crean la Física moderna del globo sin tener imitadores, hasta que más de medio siglo después escribe Vanerio. Acosta descubrió mucho antes que Gasendo y Gilbert las líneas sin declinación. (1526-1589). Alava y Viamont (Diego de), aplica las Matemáticas á la Artillería y demuestra, por medio de la experiencia, los errores de Tartaglia respecto de los alcances de las piezas. (1590). Arfe y Villafañe (Juan), fija en la Junta de ensayadores (1585) los procedimientos científicos para el ensayo de los metales y de la moneda. Arias Montano, estudia detenidamente algunas plantas y se anticipa en sentar los principios y efectos de la presión atmosférica. (1594). Barba (Álvaro Alonso), sentó los principios de la Metalurgia y del beneficio de los metales con tal exactitud, que fueron adoptados en toda Europa. (1580). Barroso (Vicente), modifica las antiguas bombas de madera para la extracción del agua en los buques. (1545). Cano (Juan Sebastián del), primer navegante que dió la vuelta al mundo. Fué premiado con la cesión de la veintena real, con una pensión de 500 ducados de oro y uso de escudo con un emblema alegórico. (1522). Cedillo Díaz (Juan), corrigió los mapas y cartas de marear; inventó varios instrumentos matemáticos, entre ellos un nivel y el trinormo, y dió nuevas reglas para calcular la posición de los astros. (1590). Ciruelo (Pedro), escribió el primer curso completo de Matemáticas, dando la norma á sus sucesores, y reformó la teoría de la refracción astronómica. Refutó los errores supersticiosos de la Astrología. (1508). Collado (Luis), fué uno de los primeros escritores de Artillería, é impuso su obra y sus principios en Italia. (1586). Colón (don Fernando), fundó su magnífica Biblioteca en Sevilla. (1524). Corcuera (fray Rodrigo), inventa una brújula de variación. (1548). Córdoba (Alonso de), corrige las tablas astronómicas con tal acierto, que las usan los astrónomos italianos. (1508). Córdoba (don Fernando de), causó con su saber la admiración de Francia é Italia, hasta el punto de que la Universidad de París dudó si era el Antecristo ó si tenía parte con el demonio. (1480). Cortés (Martín), estudia el decrecimiento de los intervalos entre los paralelos mucho antes que Eduardo Wright y Gerardo Mercator. Presenta la teoría de la diversidad del polo magnético y el polo terrestre cuarenta años antes que Livio Sanuto. Escribe uno de los primeros tratados de Navegación, que se impuso en Inglaterra durante un siglo. (1551). Cosa (Juan de la), suscita, por sus conocimientos en Geografía y Marina, los celos de Colón, y traza su magnífico mapa, reproducido en Francia en nuestros días. (1500). Chacón (Pedro), informa y toma la parte principal y más activa en la corrección del Calendario, mandada por Gregorio XIII. (1570). Díaz (Manuel), escribió un tratado de Astronomía en chino, que ha sido el texto en este Imperio por espacio de dos siglos. (1596). Escrivá (Pedro Luis), fué el primer escritor de Fortificación moderna en Europa. (1540). Escrivano (Juan), fué el primero que trató de apreciar la fuerza elástica del vapor en relación con el volumen de agua, y anunció las grandes aplicaciones de este flúido. (1600). Esquivel (Pedro), aplicó la triangulación á la Geodesia, emprendiendo el trabajo geográfico más grande de todo el siglo xvi. (1566). Esteve (Pedro Jaime), determinó la clasificación y nomenclatura de más de 50 plantas del reino de Valencia. (1552). Falero (Francisco), escribió la segunda obra sobre el arte de navegar. (1535). Fernández de Enciso (Martín), fué el primero que redujo á reglas y preceptos el arte de la navegación y presentó un cuadro geográfico de América. (1519). Fernández Raxo (Francisco), crea en Zaragoza un Colegio para el estudio de las ciencias. (1578). Firrufino (Julio César), escribe el tratado más completo de Artillería de su siglo y hace observaciones nuevas é inventa procedimientos é instrumentos que perfeccionan esta ciencia. (1620). Fragoso (Juan), exploró botánicamente el reino de Sevilla, y clasificó y dió á conocer varias plantas. (1572). Francés (Miguel), después de ser un distinguido catedrático de la Universidad de París, fué consultado por la de Bolonia sobre ciertas dudas en la medida del tiempo, y las resolvió tan acertadamente, que esta Universidad le dió el nombre de Aristóteles español. (1558). Garay (Blasco de), hace varios inventos mecánicos, entre ellos el de las paletas para el movimiento de los buques y de las ruedas de los molinos. (1540). García de Céspedes (Andrés), inventa y construye gran número de instrumentos de Matemáticas y Astronomía, corrige las tablas de don Alfonso y de Copérnico, y reforma las cartas de marear y el mapa de América. Además hizo el Islario ó Atlas de las islas más completo en aquel siglo, y propuso á Felipe II la creación de un Observatorio astronómico en El Escorial. (1596). Guillén (Felipe), inventó en 1525 la brújula de variación y fué premiado con una pensión por el Rey de Portugal. Hernández (Francisco), exploró botánicamente el reino de Sevilla y estudió las producciones de Nueva España. (1570). Herrera (Juan de), inventó un nivel, un aparato de longitud y otro de latitud. Propuso al Rey la creación de la Academia de Matemáticas, institución nueva en Europa. (1530-1597). Isla (Lázaro de la), propuso al Rey la creación de una Escuela de Artillería, de que fué director; inventó los cartuchos de pergamino en vez de los de cotonía y un procedimiento para incendiar los buques. (1590). Labaña (Juan Bautista), trazó el magnífico mapa de Aragón, reproducido en las mejores colecciones de Europa. (1590). Laguna (Andrés), propone y consigue la creación del Jardín Botánico de Aranjuez, anterior á los de París y Montpeller; expone el modo de propagación de los helechos, y explica los sexos y la fecundación de las plantas fanerógamas. Además perfeccionó la Botánica, estudiando y describiendo gran número de plantas, y combatió muchas supersticiones. (1499-1560). López (Eduardo), escribe su viaje á África hasta las fuentes del Nilo. Los viajeros de nuestros días confirman todas sus observaciones. (1578). López de Velasco (Juan), redacta las instrucciones para la observación de los eclipses de sol y de luna de 1577, 1578 y 1584, dando á estas observaciones una importancia y una extensión que no volvieron á tener hasta últimos del siglo XVIII. Martín Población (Juan), escribió su obra sobre el astrolabio, que se adoptó como única en Francia. (1547). Medina (Pedro), escribió su tratado de Navegación, que se impuso durante todo el siglo en Francia é Inglaterra. (1545). Micó (Francisco), exploró botánicamente Cataluña, Castilla y Extremadura, y descubrió más de 30 plantas, mereciendo los elogios de Dalechamp y que Linneo dedicara á su memoria un género de plantas. (1560). Molina Cano (Juan Alfonso de), presentó nuevas relaciones geométricas para la resolución de los problemas. (1598). Monardes (Nicolás), crea un Museo de ciencias naturales de los más antiguos de Europa; estudia y da á conocer las producciones botánicas de América, y combate muchas preocupaciones de Medicina. Sus obras fueron traducidas en todas las naciones. (1493-1578). Muñoz (Jerónimo), hace la nivelación de los ríos Castril y Guadahardal con gran exactitud; observa la nueva estrella Casiopea, deduciendo la imposibilidad del sistema aristotélico; sus observaciones son admitidas por los astrónomos franceses y por Tico-Brahe. Inventa el planisferio paralelográmico, y demuestra los errores de Tartaglia en el cálculo de las trayectorias. (1566). Nebrija (Antonio), rectifica las medidas longitudinales romanas y mide un grado de meridiano. Indica la conveniencia de un sistema de pesas y medidas en que se relacione el volumen y el peso, reforma introducida por el sistema métrico. (1500). Núñez (Pedro), inventó el instrumento llamado nonius, que usan todos los aparatos de precisión de nuestro siglo; corrigió á Oroncio Fineo en muchos teoremas geométricos y en la demostración de las retrogradaciones; descubrió nuevas propiedades de las loxodromías, y resolvió el problema del menor crepúsculo, que se ocultó al gran Bernouilli, casi dos siglos después. (1537). Osorio (Antonio), inventa unas armaduras magnéticas para acrecentar el poder del imán. Oviedo (Juan de), hizo la nivelación de los ríos Guadalquivir y Guadalete y los planos para su comunicación. (1595). Pereira (Benito), rechazó toda imposición que no fuera de la observación y el propio juicio en materia de ciencias. Trató de unir la Física y las Matemáticas, y refutó los errores astrológicos. Sus obras fueron reproducidas en toda Europa. (1576). Pérez de Oliva (Fernando), idea por primera vez la aplicación del magnetismo á la comunicación de personas ausentes. (1497-1533). Piña (Vasco de), corrigió las tablas de Copérnico, aplicándolas al cálculo de las declinaciones del sol, referidas al meridiano de la isla Dominicana, y construyó las tablas desde 1583 á 1880. Poza (Andrés de), propuso varios medios para calcular la longitud, principalmente por medio de las distancias de la luna á las estrellas zodiacales. Río Riaño (Andrés de), inventó un instrumento para conocer la variación de la aguja y determinar la longitud. Conoció los errores de refracción y otras causas en el orto y ocaso de los astros. Rivero (Diego), inventa la bomba de metal para extraer el agua de los buques. Fué premiado con 60.000 maravedís y una pensión vitalicia. Rogete, construye los primeros y mejores telescopios de que hay noticia en la historia de la ciencia. Rojas Sarmiento (Juan), inventó un astrolabio fundado en una nueva proyección de la esfera; astrolabio que sustituyó al de Tolomeo en Francia é Italia. San Martín (Andrés de), demostró los errores de las tablas astronómicas, fundado en que no se correspondían con los movimientos celestes. Santa Cruz (Alonso de), construye las cartas esféricas; inventa los primeros instrumentos para determinar la longitud geográfica, y traza la carta de las variaciones magnéticas, precediendo á Halley en siglo y medio. Sarmiento de Gamboa (Pedro), inventó y construyó un instrumento para hallar la longitud por medio del plenilunio y del orto del sol. Sarzosa (Francisco), corrigió las tablas de los movimientos celestes. Su obra fué aceptada en Francia é Italia y usada por Tico-Brahe. Sepúlveda (Juan Ginés de), propuso, con Pedro Chacón, la reforma del Calendario. Tobar (Simón), redactó anualmente los catálogos de plantas como se hace hoy en los más célebres jardines botánicos; descubrió varias plantas, y corrigió la construcción de instrumentos matemáticos. Urdaneta (Andrés de), fué el primero que estudió los ciclones. Zamorano (Rodrigo), introdujo en las tablas astronómicas las correcciones que exigía la reforma del Calendario; creó un Museo de ciencias naturales y un Jardín Botánico. Zúñiga (Diego de), explicó y defendió el sistema de Copérnico treinta y un años antes que el padre Foscarini, á quien se atribuye esta gloria.