Celebración de las Juntas de Yelves y Badajoz para determinar los límites astronómicos de las conquistas y descubrimientos españoles y portugueses. Estas Juntas tuvieron, según demuestra Humboldt, una gran influencia en los progresos de la Astronomía. Creación de las cátedras libres en la Universidad de Salamanca, disponiéndose que no se exigiesen títulos para explicar las de Matemáticas, y que su número pudiese ser ilimitado mientras hubiese personas notables para ello. Creación en la misma Universidad de la cátedra de Luz y Magnetismo, primera de este género. Elección de la Cruz del Sur para sustituir á la estrella polar en el hemisferio austral, hecha por los marinos españoles y confirmada por el progreso de la Astronomía. Los Reyes Católicos crean la Casa de Contratación de Sevilla, verdadera Universidad científica y Cuerpo consultivo, único en Europa. (V. Chaves, Alonso). Proposición del gran premio para el cálculo de la longitud, que consistía en 6.000 ducados de renta perpetua y 2.000 de renta vitalicia. Hicieron oposición á este premio astrónomos de toda Europa. Fué el primero de su género. Holanda, Francia é Inglaterra le imitaron uno y dos siglos después.
5. Recordemos con Bonilla los más insignes erasmistas españoles. "El famoso secretario del Emperador, Alonso Valdés (¿1490-1532), á quien el humanista valentino Pedro Juan Oliver llamaba erasmicior Erasmo; su hermano el reformista Juan de Valdés (¿1501-1541), autor probable del Diálogo de la lengua y del Diálogo de Mercurio y Carón; Juan Francisco de Vergara (1492-1557) y sus hermanos Bernardino Tovar y Francisco de Vergara; Luis Núñez Coronel, secretario del arzobispo de Sevilla don Alonso Manrique de Lara; el benedictino fray Alonso de Virués y su hermano Jerónimo; el insigne arzobispo de Toledo, don Juan Alonso de Fonseca; el de Sevilla, don Alonso Manrique de Lara; los Arzobispos de Santiago y de Bari; el obispo Cabrero; el valenciano Pedro Juan Oliver, comentarista de Pomponio Mela; el catalán Vicente Navarra; Sancho Carranza de Miranda, adversario primero, ferviente admirador después, de Erasmo; su hermano Bartolomé Carranza de Miranda, arzobispo de Toledo; Juan Maldonado, vicario general que fué del Arzobispado de Burgos y elegantísimo latino; Juan Luis Vives (1492-1540); Alonso Fernández de Madrid, arcediano de Alcor (1474-1559); los hermanos Pedro y Cristóbal Mejía; el abad Pedro de Lerma y su sobrino el cancelario de la Complutense Luis de la Cadena; Francisco de Vitoria; Diego Gracián de Alderete; Fernando Alonso de Herrera, el autor del raro libro Breve disputa de ocho levadas contra Aristótil y sus secuaces (1517); Cristóbal de Villalón; el secretario Juan Pérez; el maestro Álvar Gómez de Castro (1515-1580), á quien no debe confundirse con el caballero Álvar Gómez de Ciudad Real (1488-1538); el humanista y pedagogo sevillano Alonso García Matamoros; Lope Alonso de Herrera, hijo del mencionado Fernando; los reformistas Juan Ponce de León, Julián Hernández, el maestro Blanco (García Arias), el doctor Juan Egidio y Francisco de Encinas; Luis Mejía, Bernardo Pérez, Juan Justiniano, Juan Martín Cordero, Juan de Jarava, Francisco Thamara, Fernando Ruiz de Villegas, Lorenzo Palmireno, Francisco Sánchez de las Brozas y otros de menos renombre, como Bartolomé Ferrer, Santiago de Cadenas, Alfonso Henríquez, Morillón, etc., etc., así eclesiásticos como seglares. Influyó el erasmismo hasta en la esfera literaria, porque se transparenta en los escritos de Gil Vicente, de Bartolomé de Torres Naharro y de Cristóbal de Castillejo. Puede decirse que, en la primera mitad del siglo xvi, no había en España una persona culta, desde el Emperador hasta el último vasallo; que apenas existía un humanista de gusto, desde el Primado hasta el último y más oscuro teólogo, que no participase, en grado más ó menos perceptible, del fervor erasmista".
6. Todas las grandezas españolas del siglo xvi debiéronse á la raza, por aquel entonces sana, entera y como llegada á su cabal madurez y bien encauzada en la reventazón juvenil de sus ardimientos y bríos por reyes tan notables como Fernando, Isabel y Carlos V. La raza aquélla daba de sí capitanes y maestros de capitanes, teólogos y maestros de teólogos, conquistadores y estadistas, prosistas y poetas, santos y fundadores religiosos. Lo que de sí no dió la raza, sino que le vino de fuera, es la dinastía que subió al trono de la recién unida España, y la política que los reyes de esa dinastía abrazaron, lo cual es mucho de considerar, si queremos entender las raíces que desde los mismos Reyes Católicos echó en la nación el mal, que, creciendo poco á poco, la fué carcomiendo y socavando, haciéndola ya amenazar ruinas y estragos á la muerte de Felipe II, y derrumbándola del todo con fragoroso estruendo á la muerte de Carlos II. Dos causas principales en el orden político hallo yo de la decadencia de España. La sustitución del absolutismo real á la monarquía templada por verdaderas Cortes, cual hasta los Reyes Católicos rigió en Castilla y Aragón, y el desplazamiento, que por la unión de estos dos reinos, y no con el de Portugal, y mucho más después, por la ambición de Carlos V por triunfar en Europa, llevó al destino político español, inclinándole hacia Italia y Europa, en lugar de hacerle caer hacia el Atlántico y América.
Los Reyes Católicos aprovecharon el soplo imperialista de absolutismo que el Renacimiento traía consigo como venido de la Roma imperial y de la imperial Bizancio, no de la democrática Grecia, para aplastar á los nobles, que andaban divididos. El absolutismo arranca, pues, de los Reyes Católicos; pero sin Renacimiento, sin aquel soplo histórico que en cada era trae sus ideas y las siembra en todas partes, aquel absolutismo, por ser español de raza, se hubiera mitigado, no se hubiera hecho agudo, según es de democrática é independiente la raza hispana. Vino, sin embargo, la casa de Borgoña, francesa por naturaleza y origen, y el absolutismo francés señoreó hasta hoy la política española. Los vocablos palaciegos que trajeron lo dicen bien claro: son vocablos absolutistas, centralistas. Con Felipe I el Hermoso, sólo de la casa de Austria por su padre el archiduque de Austria y emperador de Alemania, Maximiliano I, á quien casi no conoció, y de hecho de la casa francesa de Borgoña, nacido en los Estados de su madre, heredero de ellos siendo niño y que hablaba francés y franceses eran los oficios de su casa, vino su Guardia de Corps, ó Guardia borgoñona, sus gentileshombres ó camareros, vino la Orden suprema del Toisón, que los nuestros dijeron después Tusón; vinieron el bureo, el chapeo y el manteo; vinieron el meson, el acroy, el cadete y el contralor; vinieron el grefier, el fruitier, el busier, el potagier, el furrier, el guarda-mangier, el costiller, el sumiller de Corps. Para ser de la Guardia borgoñona era menester hablar walón y ser borgoñón; en francés se escribían, y aún se escriben, los nombramientos oficiales de Caballeros del Toisón, que sustituyen á los de Santiago del Espada. La cruz de Borgoña ó aspas de San Andrés irán en lugar de los castillos y barras en las banderas españolas por mar y tierra. Su hijo Carlos sólo querrá llamarse Carlos V, no Carlos I; ambicionará el Imperio de Alemania, y aunque las Comunidades le pidan no se ausente de Castilla, él se irá adonde le llama su ambición, y ahogará en un cadalso la independencia española. Todo el imperialismo romano se le mete en el cuerpo al Rey de Romanos, que no conoce otra ley que su capricho, conforme al Derecho romano ó imperial. Las Cortes tienen que callarse y someterse por primera vez á la servidumbre, siendo expulsados de ellas, contra la antigua constitución nacional, los grandes y prelados que griten contra los saqueos de Chievres y los demás llamados flamencos, cuando, al salirle á saludar Cisneros, no sólo no le recibe, sino que por toda muestra de agradecimiento le envía por otro la desvergonzada palabra de que se retire á su diócesis: con él se va la España independiente. Cisneros muere al oir tamaña palabra, y con él muere la España que fué. Si el rey don Fernando el Católico hubiera seguido siendo único rey de España, en vez de suceder á sus padres doña Juana, según la infausta voluntad de la Reina Católica, expresada en su célebre testamento, la historia moderna hubiera sido otra de lo que ha sido. "No faltaron personas señaladas, dice Mariana, que, no embargante esta disposición de la Reina, aconsejaban al Rey se tuviese por legítimo sucesor de aquellos reinos, pues descendía por línea de varones de la Casa Real de Castilla; que éste era el camino más derecho y más firme, que la vía de la administración; que los pueblos le amaban mucho... El Rey, sin embargo, en este punto estuvo tan sobre sí, con estar ofendido de su yerno en muchas maneras y la Princesa tan impedida y tener el camino muy llano para apoderarse de todo, el mismo día que falleció la Reina salió á la tarde, y en un cadahalso que se armó en la plaza de aquella villa, mandó alzar los pendones reales por doña Juana, su hija, como Reina propietaria de Castilla, y por el rey don Felipe como su marido". Esta condescendencia de la reina Isabel con el amor filial y esta magnanimidad de Fernando, trajeron al trono de España á la casa de Austria, con todas sus consecuencias de guerras y política en Europa, que si pusieron en manos de España la hegemonía del continente y del mundo, le acarrearon á la postre la más espantosa ruina y el descrédito y leyenda negra por la que todavía sigue menospreciada y acoceada de las demás naciones, á causa de haber seguido al emperador Carlos V en su política de reducir á sus rebeldes súbditos alemanes y levantar bandera en pro del Catolicismo y contra la Reforma. Á ser Fernando sucesor de Isabel en Castilla, los reyes españoles, en vez de gastar las fuerzas nacionales baldía y desdichadamente en Europa, hubiéranlas dirigido hacia África y América, robusteciéndose el solar español, en vez de desangrarse la nación por ajenos intereses. Sacrificio de la raza hispana en el altar de la cristiana civilización fué éste al que la llevaron los Austrias, jamás reconocido por la Europa, que deseaba romper con la Iglesia. Alemania, los Países Bajos, Inglaterra, Francia, todas las naciones tocadas del Protestantismo, juraron acabar con ella. La destrucción de la armada invencible por las borrascas del mar del Norte zanjó el poderío de Inglaterra y apresuró la independencia de Flandes. La política anticatólica de Richelieu y Mazarino, las alianzas de Francia con el turco y protestantes acabaron con el poderío militar de la casa de Austria. El maquiavelismo ó política pagana, que revivió en Italia con el Renacimiento, puesto en práctica por las naciones enemigas de España, triunfó al cabo en Westfalia, hundiendo para siempre, juntamente con la hegemonía española, la política cristiana tradicional. Vencida así la nación que defendía el Catolicismo y la política cristiana, Europa volvió de lleno al paganismo; la política pagana, de la fuerza bruta, del imperialismo, del interés material, gobernó la historia moderna y sigue gobernando la historia contemporánea, dando como naturales frutos el imperio napoleónico y el imperio germánico, con su desapoderado militarismo, que se extiende á las demás naciones y revienta al cabo en la horrible guerra europea de nuestros días. Caída nuestra nación, pudo ya preguntar con desprecio M. Masson lo que suelen repetir nuestros famosos europeizantes: "¿Qué se debe á España? Y en diez, en veinte siglos, ¿qué ha hecho por la civilización europea?" La supina ignorancia que supone en el autor francés semejante pregunta sube de punto cuando la oímos de labios de españoles, no de varones maduros, que tienen bien tanteado el valer real de nuestra raza, que conocen lo que España fué, que tienen bien asentado juicio sobre la vida, la religión, la política, sino de ciertos mozos que con el tiempo acaso ganen á dichos varones, pero que todavía no han tenido espacio bastante sino para pasear de sobrepeine ojos y pensamiento sobre las cosas y hojear algunas revistas y libros de los que hoy andan de moda, que son los extranjeros, pues para apechugar con viejos librotes españoles forrados de pergamino habrían de descalzarse los guantes, retraídos á la soledad, y son todavía de los que no saben vivir á solas y no salen de los salones, tertulias y Ateneos. Son los mismos mozos que repiten no hubo Renacimiento en España, y á poco que les apuréis, os lo dirán más claro: porque en España no entró la Reforma. Como si hubiera entrado la Reforma en la Italia del Renacimiento y como si, fuera de Melanchton, se diera entre los reformadores algún verdadero discípulo del Renacimiento. Son los mismos que pretenden dar vida á España con lo que llaman europeización, esto es, desespañolizándola, porque, para ellos, todo lo español es y ha sido siempre pésimo, y hay que hacer una España que no sea española. El que serenamente lea la historia y desapasionadamente dé su fallo, hallará, por el contrario, que las causas de nuestra decadencia son precisamente europeas y nada españolas, y que españolas y nada europeas fueron las causas que á nuestra nación le dieron el poderío y valer, que Masson y dichos mozos desconocen tuviera jamás, pero que eternamente reconocerá la civilización y la historia. El absolutismo y el haber terciado en la lucha de la Reforma cosas son que vinieron de fuera. España se había sabido gobernar de otra manera harto más democrática, conforme á su temperamento independiente. El absolutismo romano cuajó en la raza germánica, desde los francos de Carlomagno hasta los franceses de Luis XIV, desde el germánico feudalismo hasta el germánico militarismo de hoy. No hubo jamás pueblo más enemigo de lo feudal que el español, ni pueblo más rebañiego que el germánico, alma de la moderna Europa; advirtiendo que Francia, cuna de todo absolutismo, es un pueblo germano y nada mediterráneo. España, con todos los aceros de su madura virilidad, sacrificó en el siglo xvi su espíritu independiente á la noble idea, á la que el europeo Carlos V la arrastró, de defender en Europa la justicia y salir por los fueros del derecho, sofocar las rebeldías germánicas y restaurar la pureza de costumbres, manchadas por el paganismo italiano. Aplastó además el poder de moros y turcos, que, cual nuevos bárbaros, amagaban arrasar la civilización europea, y llevó la civilización á inmensas comarcas, levantando ciudades, abriendo Universidades y no haciendo desaparecer á los indígenas, como después lo hicieron los ingleses dondequiera que llevaron sus almacenes de comercio y Compañías explotadoras á título de colonizar y civilizar pueblos salvajes. Agotada España en tan gloriosas empresas, vencida por la Europa rebelde y pagana, hablará ésta en son de befa, por boca de M. Masson y de los europeizantes españoles, preguntando qué debe la civilización á España y echándonos en cara la leyenda que ellos forjaron como adversarios y de cuyos feos hechos fueron ellos cabalmente los que en América y Europa fueron actores.
7. La lírica y la prosa llegan á su perfección en la época de Carlos V merced á la maravillosa fusión de lo popular y nacional con lo erudito y humanístico greco-romano. Verdad es que luchan y andan separadas las dos escuelas líricas, la nacional y la italiana; pero en entrambas el lirismo llega á colmo y á menudo sin querer se compenetran. Sobresalen en la italiana Boscán, Garcilaso, Hurtado de Mendoza, Cetina y Francisco de Figueroa, que no han de ser sobrepujados en adelante. En la escuela nacional brillan, armonizado lo popular con lo clásico, Castillejo, Gregorio Silvestre, Sebastián Horozco. Más tarde llegarán fray Luis de León y Herrera, con la más perfecta armonía de entrambas escuelas. La dramática perfecciónase en sus tres direcciones de la época anterior, la de la Celestina, la de Juan del Enzina ó autos religiosos y la de Torres Naharro ó farsas profanas, sobresaliendo Carvajal, Lope de Rueda, Juan de Timoneda y Villegas Selvago. Los prosistas son legión, brillando entre otros Oviedo, los dos Valdés, Guevara, Delicado, el B. Ávila, el B. Orozco, Laguna, Villalón, Venegas, Granada, Mejía, Montemayor, Azpilcueta, Enzinas, Ocampo, Morales, A. Torquemada, Seb. Horozco, A. Villegas, Las Casas, Gómara, Estella y el autor del Lazarillo, si no lo es Horozco. La mayor parte escribieron en son de reforma y mejora de las costumbres, fueron espíritus críticos y varios de ellos satíricos. El fruto principal del erasmismo en los autores de la época del Emperador fué, efectivamente, aquel espíritu crítico y satírico que la lectura de Erasmo infundió en ellos. ¿De dónde lo sacó Erasmo? Sin duda de Luciano de Samosata. Aquellas galerías satíricas en las que van pasando todo linaje de personas vivas y difuntas y hasta los dioses, con todas sus necedades, verdadera comedia humana y divina de los tiempos del paganismo, vuelven á reproducirse en el Diálogo de Mercurio y Carón, de Juan de Valdés; en el Crotalón, de Cristóbal de Villalón, y en el Lazarillo de Tormes, desenvolviéndose dramáticamente la comedia de la sociedad del siglo xvi, con la misma variedad, ingenio y gracia, con la misma fuerza dramática que en los diálogos y tratados del gran satírico griego. Fué ésta la corriente más puramente helénica que llegó á España, y debióse, sin género de duda, á Erasmo, de quien la tomaron nuestros erasmistas. No había de agotarse su vena, y en ella bebió después Cervantes, cuyo Coloquio de los perros es enteramente lucianesco y tiene claros recuerdos del Mercurio y Carón y del Crotalón; no menos se la apropió Quevedo, cuyos Sueños son un Luciano revivido, y cuyo espíritu es el de un español Luciano. Los que niegan el Renacimiento en España podrán decir si sin ese espíritu lucianesco y erasmiano hubieran podido escribirse tales obras, de las mejores de nuestro siglo de oro.
8. M. Pelayo, idólatra del clasicismo, da á entender que la lírica italiana triunfó fácilmente en España de la lírica nacional. Cierto que sepultó los metros antiguos de origen extraño; pero de los castizos, ni fácil ni difícilmente llegó á triunfar. Lomas Cantoral, Figueroa y Espinel siguieron los pasos de Boscán y Garcilaso; pero sin abandonar los metros castellanos, los verdaderamente castizos, que los autores de la época de los Reyes Católicos sacaron del pueblo en villancicos, cantares y coplas. Y lo que más es: estos tres autores son mejores líricos sin comparación, cuando versifican en metros castellanos que cuando siguen la moda italiana. Que, fuera de esto, fuesen autores que casi caminaban solos por el nuevo sendero, pruébase, no sólo por los que conocemos que seguían el camino trillado, sino por el hecho notable de que, á pesar de declararse Montemayor, en su Diana, imitador de Sannazaro, "tanto entre las poesías que intercaló en aquella pastoral, en prosa, como en un tomo de rimas que más tarde dió á luz, se encuentran á menudo, como observa Ticknor, composiciones castellanas, y de lo mejor que salió de la pluma, pertenecientes á la escuela nacional. Las mismas observaciones pueden hacerse respecto á los otros autores de aquella época. Luis Barahona de Soto tampoco era partidario exclusivo de la escuela italiana, aunque en su obra principal de Las lágrimas de Angélica imitó decididamente al Ariosto. Y Rufo, que procuró seguir las huellas del Petrarca, tenía, sin embargo, un ingenio eminentemente castellano, que lo arrastró, á pesar suyo, por el camino de los antiguos escritores de su patria. Mayor es aún el número de poetas líricos contemporáneos, como Damián de Vegas y Pedro de Padilla, que son enteramente nacionales en su estilo y entonación; pero lo mejor de esta clase es El Cancionero, de López Maldonado, poeta que, unas veces con gracia y donaire, y otras con ternura y melancolía, fué siempre intérprete fiel de los sentimientos é instintos populares". Llega el teatro con Lope, ingenio castizamente español, y la lírica nacional toma mayores vuelos en las tablas que la italiana. El gusto por los romances entre los mayores ingenios llega á colmo. Y Góngora, en su primera época; Lope, después Quevedo, hacen letrillas, romances, quintillas, villancicos, etc., que vencen, no ya en valor estético, á las composiciones italianas, que esto es más claro que la luz, sino hasta por su muchedumbre. Olvídanse Boscán y Garcilaso; tiénense como cosa vieja, y señorea de nuevo la moda de los versos castellanos y más allegados á los populares que nunca. ¿Dónde está el triunfo de la lírica italiana? Los metros italianos entraron á enriquecer el caudal nacional; pero éste, con su tonalidad propia, quedó dueño del campo. Siempre se harán sonetos y tercetos; pero las coplas castellanas, las quintillas y el romance flotarán para siempre en la lírica castellana.
La verdadera épica castellana está en los romances, que comenzaron á publicarse en pliegos sueltos á principios del siglo xvi, y después en colecciones ó Romanceros. Así pudieron salvarse por la imprenta algunos pocos de los más antiguos, llamados romances viejos, aunque no lo sean más que el siglo xv. La verdadera lírica castellana está igualmente en las coplas y cantares, que también comenzaron á imprimirse en el siglo xvi, aunque no se hayan hecho sobre ellos los estudios que se han hecho sobre el Romancero. Esta poesía lírica popular hállase desparramada por los libros de aquel siglo, esperando que algún crítico la junte en libro aparte. Dos colecciones principales se conocen: el Cancionero de Upsala, Venecia, 1556, y el Cancionero musical de los siglos xv y xvi, hallado en la Biblioteca Real y publicado por Francisco Asenjo Barbieri, Madrid, 1890, llamado por lo mismo Cancionero de Barbieri. Añádase la Colección de poesías de un Cancionero inédito del siglo xv, existente en la Biblioteca de S. M. el Rey, Madrid, 1881, por Alfonso Pérez Nieva. Pero, fuera de estas colecciones, hállanse los cantares populares desparramados en los demás Cancioneros conocidos, á veces como tema de inspiración entre los versos de nuestros poetas de los siglos xv, xvi y xvii, á menudo glosados por ellos, algunas veces recordados en las comedias y aun en los romances de aquel tiempo, otras apuntados tan solamente, como en el tratado de música de Salinas, donde hay bastantes coplas sueltas para confirmar la doctrina que expone y en otros libros de música y canto. Había que juntar todas estas riquísimas perlas en un solo libro, anotando la procedencia. Cuando esto se haga se verá cuánta razón tenían los poetas de la escuela poética nacional para preferirla á la recientemente venida de Italia. El valor estético de esta lírica popular es tan grande como el de la épica popular del Romancero. Basta abrir por cualquier parte los Cancioneros de Barbieri y de Upsala. Los mayores esfuerzos de los poetas eruditos, aunque se llamen Góngora y Lope, no alcanzan á la naturalidad virginal, á la sinceridad de sentimiento, al candor de expresión de estas coplas populares. En el mismo Cancionero d'Herberay, sieur des Essarts, de mediado el siglo xvi (Gallardo, I, 451), hállanse trozos populares como éstos: "Soy garridilla é pierdo sazón | por malmaridada, | tengo marido en mi coraçón, | que á mí agrada". "Si desta scapo, sabré contar, | non partiré dell aldea | mientras viere nevar. | Una moçuela de vil semeiar | fizome adaman de comigo folgar, | non partiré dellaldea | mientras viere nevar". "Que non es valedero | el falso del amor, | que non es valedero, non". "La ninya gritillos dar, | no es de maravillar". De la misma manera hállanse á manta por doquier coplas populares. "En el campo la galana, | ¡juri á mí! | en el campo la vi". Conocidas son las Coplas de Antón Vaquerizo de Morana, las de Tan buen ganadico | y más en tal valle | placer es guardalle. Villancicos los hay á porrillo, como "No te tardes, que me muero, | carcelero, | no te tardes, que me muero". "Si no te dueles, señora, de mí, que muero por ti, | ¿quién se dolerá de mí?" "Pásesme, por Dios, barquero, | de aquesa parte del río, | duélete del dolor mío". "Romerico, tú que vienes | donde mi señora está, | las nuevas della me da". Y un sinfín de letrillas glosadas ó por glosar, como: "Taño en vos, pandero mío, | taño en vos y pienso en al". "Tus cabellos, niña, | mi cadena son, | cárcel son tus ojos | y el alcaide amor". "Aunque más os quiera | mis males contar, | no me dan lugar". "Duélenme los ojos | de mirar bajo; | si los alzo y miro, | dicen que mato". "Para mí son las penas, madre; | para mí, que no para nadie". "La que me robó mi fe, | sin tocarme en el vestido, | la morena morenica ha sido, | la morena morenica fué". "Los ojos por quien suspiro, | que han de remediarme espero; | aunque si los miro muero | y muero si no los miro". "Venturas y dichas son, | que los unos las saben y los otros no". "En el monte la pastora | me dejó: | ¿dónde iré sin ella yo?" "Arrojóme las naranjicas | con las ramas de blanco azahar; | arrojómelas y arrojéselas, | y volviómelas á arrojar". "Aquel caballero, madre, | tres besicos le mandé, | cresceré y dárselos he". "Yo me levantara, madre, | mañanica de San Juan". "Miraba la malcasada | que miraba la mar cómo es ancha y larga". "Guárdame las vacas, | Carillo, y besarte he; | si no, bésame tú á mí, | que yo te las guardaré". "Son tan lindos mis cabellos, | que á cien mil mato con ellos". "Libres alcé yo mis ojos, | señora, cuando os miré; | libres alcé yo mis ojos | y captivos los bajé". "Donde sobra el merecer, | aunque se pierda la vida, | bien perdida, no es perdida". "Besábale y enamorábale | la donzella al villanchón, | besábale y enamorábale, | y él metido en un rincón". "Pídeme, Carillo, | que á ti darte me han, | que en casa del mi padre | malaborrecido me han". "¡Ah!, galana del rebozo, | ¿no diréis | á cómo vendéis la onza | del chispirrichape | que tenéis?" "Criéme en aldea, | híceme morena, | si en villa me criara, | más bonica fuera". "No puedo apartarme | de los amores, madre, | no puedo apartarme". "Esta cinta es de amor toda, | quien me la dió | ¿para qué me la toma?" "En aquella peña, en aquélla, | que no caben en ella". "Abúrrete, zagal, | pues la zagaleja es tal". "Si queréis comprar romero, | de lo granado y polido, | qu' aun agora lo he cogido". "Madrugáballo el aldeana, | ¡cómo lo madrugaba!" "Lo que demanda | el romero, madre, | lo que demanda | no se lo dan". "Di, pastor, ¿quiéreste casar? | Más querría pan, más querría pan". "Ve do vas, mi pensamiento, | invidia tengo de ti, | pues verás el bien que vi, | sin sentir el mal que siento". "De piedra podrán decir | que son nuestros corazones: | el mío en sufrir pasiones | y el vuestro en no las sentir". "Vencedores son tus ojos, | mis amores, | tus ojos son vencedores". "Madre, lo que no queréis | vos á mí no me lo deis". "Ninguno cierre las puertas, | si amor viniere á llamar, | que no le ha de aprovechar". "Dime, Juan, por tu salud, | pues te picas de amorío, | si es mal de amor el mío". Basten estas muestras, dejando al lector saboree las dos colecciones dichas, que no he abierto para recordar estos ejemplos. Por ellas echará de ver cómo la huera bambolla, la fría sequedad, el postín declamatorio, que algunos creen ser cualidades de la lírica castellana, no lo son de la verdadera, que es la popular, sino de la imitada y extraña de los poetas renacentistas. El que no sienta en lo hondo de sus entrañas esta lírica popular, que no suelen mencionar los literatos, no sabe realmente lo que es lírica, no sabe más que pedantear con fríos sonetos.
Respecto de la lírica popular española ha escrito Ticknor (t. III, pág. 233): "Tal vez la dificultad misma de satisfacer el gusto popular en aquello que se miraba con tanto respeto y veneración fué causa de que la poesía llamada "á lo divino", sin adherirse estrictamente á las formas antiguas, se apegase más á ellas y ofreciese cierta semejanza con las más naturales y primitivas inspiraciones del antiguo ingenio nacional. Generalmente es pintoresca, como en las canciones ya citadas de Ocaña á la llegada de la Virgen á Belén y huída á Egipto; á veces hasta ruda y grosera, recordando los villancicos que los pastores cantaban en los antiguos autos de Navidad; pero siempre, hasta cuando pasa á ser mística y se contamina con el mal gusto, respira el verdadero espíritu de la fe católica, impreso en este ramo de la lírica española con más fuerza que en ningún otro de los cultivados posteriormente. Ni está marcada con menos vigor la parte profana, si bien con atributos del todo diferentes; en los géneros populares, sobre todo, tiene frescura, sencillez y aun á veces cierta rusticidad. Algunas de las "canciones" cortas, que tanto abundan en ella, y no pocas "chanzonetas", al paso que comienzan de una manera tierna y sentida, acaban con una chanza ó rasgo epigramático. Los "villancicos", "letras" y "letrillas" conservan con toda fidelidad el sello del carácter nacional y retratan con escrupulosa exactitud los sentimientos é ideas populares. Comúnmente tratan un suceso común y vulgar, ó bien ponen en escena un pensamiento trivial; ya es una muchacha inocente y candorosa, revelando á su madre la pasión que siente en su pecho, y que el pudor, por otra parte, la obliga á ocultar; ya una mujer de más años y experiencia pidiendo el remedio de un amor que no puede dominar; ya una doncella feliz y afortunada, que se goza en su cariño, mirándole como la luz y gloria de su existencia. Muchos de estos juguetes líricos son anónimos, y pintan las pasiones y sentimientos de las clases más humildes de la sociedad, de cuyos corazones brotaban tan espontáneamente como los antiguos romances, con los que generalmente van mezclados y á los que se parecen mucho. Sus formas son, por lo común, antiguas y muy pronunciadas; á veces se advierte en ellos cierta intención picaresca y maliciosa, aunque no reñida con la pasión y la ternura, que explica su origen y constituye una poesía singular y desconocida en todos los demás pueblos del mundo. Por otro lado, en la parte profana de la poesía lírica, menos popular y más infiel á las tradiciones patrias, se nota más variedad de intención, y el pensamiento está casi siempre formulado en metros italianos. Los sonetos, sobre todo, fueron mirados durante este período con extravagante idolatría, y su número llegó á ser inmenso y superior al de todas las demás composiciones de la lengua; pero desde el soneto hasta la oda grave y formal en estancias regulares de diez y nueve ó veinte versos cada una, todos los géneros posibles se encuentran: el solemne y majestuoso, el imponente y serio, el festivo, agradable y risueño".
M. Pelayo, Estud. Propaladia, CXLV: "Durante la primera mitad del siglo xvi coexistieron dos escuelas dramáticas: una, la más comúnmente seguida, la más fecunda, aunque no ciertamente la más original, se deriva de Juan del Enzina, considerado, no solamente como dramaturgo religioso, sino también como dramaturgo profano, y está representada por innumerables autores de églogas, farsas, representaciones y autos. Todas las piezas anónimas del códice grande de la Biblioteca Nacional, pertenecen á esta escuela, y pertenecen también las del Cancionero de Horozco, las de la Recopilación en metro, de Diego Sánchez de Badajoz, y, en general, todas las que tratan asuntos del Antiguo y Nuevo Testamento, misterios y moralidades y también las que describen sencillas escenas pastoriles, como la Comedia de Pretea y Tibaldo, del comendador Perálvarez de Ayllón, ó la Égloga Silvana, de Luis Hurtado de Toledo. La otra dirección dramática, que produjo menor número de obras, pero todas muy dignas de consideración, porque se aproximan más á la forma definitiva que entre nosotros logró el drama profano, nace del estudio combinado de la Celestina y de las comedias de Torres Naharro, sin que por eso se niegue el influjo secundario del teatro latino... y el de las comedias italianas. Suelen reconocerse, aun á simple vista, por su mayor extensión, por la división en cinco jornadas, por la versificación en coplas de pie quebrado, por el uso del introito y del argumento puestos en boca de un zafio y deslenguado pastor. Y penetrando más en su contenido, se ve que son, ó quieren ser, pinturas más ó menos toscas de la sociedad de su tiempo, y que con más ó menos fortuna aspiran sus autores á presentar caracteres ó caricaturas, á tramar una acción interesante, avivada con episodios jocosos y á sacar partido de las intrigas de amor y celos, fondo común del teatro secular en todos tiempos". El primero de estos precursores de la comedia de enredo y de la de costumbres es Cristóbal de Castillejo, en su único drama medio conocido Constanza, de desenfrenado cinismo é inmoralísimo. Menor lo ofrecen y menos sal que Castillejo, las dos groseras comedias de Jaime de Huete, Tesorina y Vidriana: "Quamvis non Torris digna Naharro venit", que se lee al final, y se ve claramente que le imita. Igualmente la Comedia Radiana, de Agustín Ortiz (hacia 1525); la Comedia Tidea, del beneficiado de Covarrubias, Francisco de las Natas (1550), pieza celestinesca por el asunto, pero escrita á la manera de Naharro; la Comedia Clariana (1522); el Auto de don Clarindo, por Antonio Díez (1535); la Farsa Salmantina, del bachiller Bartolomé Palau, de costumbres escolares (1552) y otras. Pero son mucho más aventajados observadores del natural y menos directos discípulos de Naharro, Luis de Miranda, en su Comedia Pródiga (1554), aunque deba mucho á la Comedia d'il figliuol prodigo, de Cecchi; y Miguel de Carvajal, en su Josefina (1540?), ambos de Plasencia.
9. Del trato de los españoles en Italia vinieron desde fines del siglo xv y durante el xvi la mayor parte de los vocablos italianos que tiene el castellano, sobre todo los de milicia y artes, que son los más; los náuticos llegaron probablemente antes, de Génova á las costas de Levante; algunos, pocos, son más modernos. Cuanto al lenguaje literario de esta época, los estudios clásicos, las traducciones y el estar de moda el latín hacen que se prefieran los vocablos más claramente latinos y que se introduzcan otros nuevos del latín, del griego y del italiano. Pero, por otra parte, los mismos estudios que despertaron la atención hacia el arte popular en la época anterior despiértanla en ésta hacia el habla del pueblo, apreciándola más y más y aun teniéndola por dechado del puro castellano. Hay, por tanto, lucha entre el habla vulgar y el latinismo; pero, así como en la época anterior vencía el latín, tiende ahora á vencer el vulgar. Clarifícase el lenguaje, asentándose como posos lo que antes lo enturbiaba. Los groseros latinismos de Lucena, de Mena, Santillana, y de casi todos los pasados escritores, del mismo Rojas, ya no se hallan en este período; el hipérbaton exagerado ha desaparecido; el período se ha contorneado y recibido del influjo clásico toda la libertad que sufre nuestro romance. En una palabra, el habla literaria toma del clasicismo, que antes la enturbiaba, lo que más le cuadra y tiene por norma el vulgar del pueblo, aunque dando todavía preferencia en este vulgar al elemento latino y aun tomando bastantes voces eruditas de prestado, y menospreciando como plebeyas y groseras las hasta entonces no llevadas á los escritos. El estilo alcanza en prosa y verso la serenidad y naturalidad del helenismo y la dulzura del habla toscana, siendo cuan clásico lo lleva el ingenio español; no es, sin embargo, todavía tan nacional y recio como lo será en tiempo de Felipe II. La norma del lenguaje literario en el siglo xvi fué el habla de Toledo, según los escritores de aquel siglo, como lo había sido desde los tiempos de Alfonso X. De hecho los más famosos escritores son de aquella región: Rojas, Horozco, Cervantes, y antes los Arciprestes de Talavera y de Hita.