95. Don Diego Hurtado de Mendoza fué en el siglo xvi lo que su bisabuelo Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, en el siglo xv, y algo más. Manejó la espada y la pluma, gran diplomático, macizo canonista y teólogo, soldado valiente, delicado poeta, prosista consumado, erudito, eminente humanista, hombre de mundo, ligero y grave á la vez, alegre y socarrón, altivo y malicioso y trabajador incansable. De aquí el habérsele atribuido tantas obras, de las que hoy le vamos despojando. El erudito historiógrafo Juan Páez de Castro († 1570), uno de sus mejores amigos en Trento, cuenta que Mendoza solía decirle: "Estudiemos, señor Joan Páez". Paulo Manucio le dirigió las obras filosóficas de Cicerón; Carranza, la Suma de los Concilios. En Venecia fué patrono de los famosos impresores Aldos; allí y en Roma, sobre todo, afanóse por sacar copias de muchos manuscritos griegos, de la biblioteca de Bessarion, que regaló al Escorial. Según Miller y Grame, antes del incendio de aquel Monasterio en 1671, había 353 de ellos, los 32 recibidos como presente del gran turco Suleimán II el Magnífico. Envió á Nicolás Sofiano á Grecia y Turquía para buscar otros. La primera edición del texto griego de Josefo se imprimió en Basilea, 1544, por tres manuscritos de Mendoza. Tuvo propósito de comentar á Aristóteles y tradujo la Mecánica. Gran helenista y gran latino, hizo traducciones de Virgilio y Ovidio. Renacentista convencido, vertió poesías líricas italianas, y sin dejar la métrica antigua castellana, abrazó desde luego la nueva traída por Boscán y Garcilaso. Su picante agudeza chispea en las redondillas, que encantaban á Lope; su sinceridad de sentimiento se halla hasta en las poesías de los nuevos metros, la elegía á la muerte de doña Marina de Aragón († 1549); su elegancia, en la Fábula de Adonis, Hipomenes y Atalanta, en octavas reales; pero abusa del verso agudo, no acaba de encajársele el ritmo italiano y sólo es poeta entero cuando se atiene á las viejas coplas castellanas. Su socarrona ironía, su malicia burlesca campea en las Cartas, Epístolas satíricas y escritos burlescos y políticos al estilo del Mercurio y Carón, de Valdés. Como poeta, pertenece Mendoza á la época de Carlos V; tenemos poesías suyas desde el año 1539. Las poesías de Mendoza hoy conocidas son 170, sonetos, canciones, églogas, elegías, epístolas, sátiras, octavas, cartas, poesías burlescas, poesías varias, Fábula de Adonis, Hipomenes y Atalanta.

Como prosista, es de la época de Felipe II. Según Foulché-Delbosc, los 18 primeros cantos de La Austriada, de Juan Rufo, no son sino versificación de la Guerra de Granada, que Rufo pudo ver manuscrita y que hasta hoy ha sido atribuída á Hurtado de Mendoza; no falta quien apunte, sin embargo, que la Guerra de Granada está calcada sobre La Austriada con frases y hasta versos enteros. Mientras no se aclare este punto seguiremos la opinión tradicional. Con no haberle dado su autor la última mano, es la Guerra de Granada la más artística historia que tenemos, en el noble sentido de la palabra, pareciéndose no poco á Tucídides, Salustio y á veces á Tácito. Tiene las grandes cualidades de los más sobresalientes historiadores: ciencia, imparcialidad, alteza de pensamiento, penetración filosófica, fuerza narrativa, elocuencia dramática. Copia con viveza las acciones, los ánimos, los caracteres de los personajes, desabrocha los pechos, manifestando los intentos de los que tercian en los acontecimientos y descubre sus causas y enlaces. El estilo es de una reciura y brío incomparables, denso y nervioso, desembarazado y á chorros, grandioso y natural, con un corte en las oraciones que sabe á la elocuencia de Demóstenes y un aire en el decir que suena más á griego que á latino. Dúdase sean suyas la Carta del Bachiller de Arcadia y Respuestas del capitán Salazar; no es suyo el Lazarillo de Tormes.

96. En carta de Juan Páez de Castro á Zurita se dice de Mendoza (Dormer, Progres. de la Hist. del reino de Aragón, l. 4, cap. XI; Cartas de D. Juan Páez de Castro, fol. 465): "Es tan bueno y tan humano, que puede usted decir: Nil oriturum alias, nil ortum tale fatentes. Su erudición es muy varia y estraña; es gran aristotélico y matemático; latino y griego, que no hay quien se le pare; al fin es un hombre muy absoluto. Los libros que aquí ha traído son muchos, y son en tres maneras: unos de mano, griegos, en gran copia; otros impresos en todas facultades; otros de los luteranos: todos éstos están públicos para quien los pide, si no son los luteranos, que no se dan sino á los hombres que tienen necesidad de los ver para el Concilio. Ha sido tan gran cosa esta, y tan grandemente dispuesta, que allende de grandes costas que ha escusado, ha dado gran luz á todos, que ni supieran qué libros eran necesarios, ni de dónde se habían de traer; á lo menos yo no sabía qué hacerme en este lugar. Tienen todos creído que medrará mucho concluído este Concilio, y que S. M. le hará obispo, y su santidad cardenal: plega á Dios que sea así, y en él estará todo bien empleado". Herrera, Anotac. á Garcilaso: "Don Diego de Mendoça halló maravillosamente i trató sus concetos, que llaman del ánimo, i todas sus perturbaciones con más espíritu que cuidado; i alcançó con novedad lo que pretendió siempre; que fué apartarse de la común senda de los otros poetas; i satisfecho con ello se olvidó de las demás cosas. porque si como tuvo en todo lo que escrivió erudición i espíritu i abundancia de sentimientos, quisiera servirse de la pureza i elegancia en la lengua, i componer el número i suavidad de los versos; no tuviéramos invidia á los mejores de otras lenguas peregrinas. i no se puede dexar de conceder, que cuando reparó con algún cuidado, ninguno le hizo ventaja, pero como él se exercitó por ocupar oras ociosas, ó librar el ánimo de otros cuidados molestos; assí la grandeza de sentimientos i consideraciones, i el natural donaire i viveza de sus versos lo desvían, como tengo dicho, del vulgo de la poesía común". En el prólogo de una copia de la Guerra de Granada, hecha por Juan B. Lavaña de 1618 á 1619: "Costó trabajo enmendar, de dos ó tres copias, ésta religiosamente, como es justo; porque no se mudaron sino puntos, pasando pocas veces á otra parte las mismas palabras, si la cláusula no se puede entender bien de otra manera, ó quitando algunas, muy pocas, cuando son notoriamente superfluas. Finalmente, entre esta copia y cualquiera de los originales de donde se ha sacado, hay menos diferencia de la que ellos entre sí tenían". La primera edición la hizo el licenciado Luis Tribaldos de Toledo († 1634), bibliotecario del Duque de Olivares, siguiendo escrupulosamente esta copia de Lavaña y corregida por el Conde de Portalegre, y la hizo imprimir en Lisboa, 1627, cincuenta y dos años después de la muerte de Mendoza y ocho años después de sacada la copia. Después en Madrid, 1674; Valencia, 1730, 1766, 1776, por Mayáns, que llenó las varias lagunas del final del l. III y principio del IV, que tenían las otras ediciones, con trozos dados á luz por don Juan de Iriarte en la pág. 577, etc., de su Regiae Bibliothecae Matr. codices graeci Mss. Hallólos Iriarte en un ejemplar de la 1.ª edición, que fué de la librería de Felipe IV, hoy de la Bibl. Real, en el que los insertó Tribaldos en 1628, transcribiéndolos de una copia completa de mano del mismo Duque de Béjar. Reimprimió esta de 1776 Eug. Ochoa, París, 1840, añadiendo los párrafos del Conde de Portalegre con que se completaba en las cuatro primeras ediciones el l. III. Tribaldos, pról. á su edic.: "es muy sabido y muy antiguo en el mundo el odio á la verdad... Por esto nuestro don Diego determinó no publicar en su vida esta historia, y sólo quiso, con la libertad que, no sólo en él, mas en toda aquella ilma. casa de Mondéjar es natural, dejar á los venideros entera noticia de lo que realmente se obró en la guerra de Granada; y pudo bien alcanzarla, por su agudeza y buen juicio; por tío del general que la comenzó, adonde todo venía á parar; por hallarse en el mismo reino y aun presente á mucho de lo que escribe: afectó la verdad y consiguióla... La determinación de don Diego me prueban unas gravísimas palabras, escritas de su letra, al principio de un traslado de esta historia que presentó á un amigo suyo, en que juntamente pronostica lo que hoy vemos. "Veniet qui conditam et saeculi sui malignitate compressam veritatem dies publicet. Paucis natus est, qui populum aetatis suae cogitat. Multa annorum millia, multa populorum supervenient: ad illa respice. Etiamsi omnibus tecum viventibus silentium livor indixerit, venient qui sine offensa, qui sine gratia iudicent". Sénec. Epíst. 79. Dije que no quiso sacarla: añado, que ni pudo, porque no la dejó acabada y le falta aún la última mano...".

Obras del insigne cavallero Don Diego de Mendoza... recopiladas por Frey Juan Díaz Hidalgo..., dirigidas á D. Iñigo López de Mendoza, Marqués de Mondéjar, Conde de Tendilla, Madrid, 1610. Tiene 96 composiciones. Reimprimióse en 1854, t. I de los Poetas Líricos de los siglos xvi y xvii, por Adolfo de Castro, con 94 de las de Hidalgo, cuatro tomadas de Sedano, Gregorio Silvestre y Espinosa, de dudosa autenticidad, menos la de Silvestre; la Oda, de Horacio, es de fray Luis de León: total, 98 composiciones. Obras Poéticas de D. Diego Hurtado de Mendoza, primera edición completa, Madrid, 1877, por el doctor William I. Knapp, con 170 composiciones, sacadas de todos los códices españoles conocidos y dos de París. Guerra de Granada, hecha por el rey de España D. Felipe II N. S. contra los Moriscos de aquel Reino, sus rebeldes, Lisboa, 1627, publicada por el licenciado Luis Tribaldos de Toledo; Madrid, 1674, 1730; Valencia, 1776. Diálogo de Caronte y Pedro Luis Farnesio, publicado en Curiosidades Bibliográficas de la Bibl. de Autor. Españ. Paraphrasis in totum Aristotelem. La Mechanica de Aristóteles, traducida de griego en castellano, dirigida al Duque de Alba. Commentarii Politici (Ms.). La Conquista de la Ciudad de Túnez. Batalla Naval (al fin de la Guerra de Granada).

97. Diego de Mendoza, Obras poéticas, ed. W. I. Knapp, en Colección de libros raros ó curiosos, t. XI (faltan bastantes composiciones). Poesías, Bibl. de Aut. Esp., t. XXXII. Poésies burlesques et satiriques inédites, ed. A. Morel-Fatio, en Jahrbuch für romanische und englische Sprache und Literatur (Leipzig, 1875), t. II, págs. 63-80 y 186-209. Guerra de Granada, ed. R. Foulché-Delbosc (en prensa), y Bibl. de Aut. Esp., t. XXI. Mechanica de Aristoteles, ed. R. Foulché-Delbosc, en Revue Hispanique (1895), t. II, págs. 208-303. Cartas, ed. R. Foulché-Delbosc, en Archivo de investigaciones históricas (1911), t. II, págs. 155-195, 270-275, 463-475 y 537-600. Carta al capitán Salazar, etc., Bibl. de Aut. Esp., t. XXXVI, y en Sales españolas, ed. A. Paz y Melia, Madrid, 1890, t. I, págs. 63-99. Carta del Bachiller de Arcadia y Respuestas del capitán Salazar, edición crítica de L. de Torre, Madrid, 1913 (tirada aparte de la Revista de Archivos, etc.); y véase la nota crítica de A. Bonilla, en el Boletín de la Real Academia de la Historia de 1914. Carta en nombre de Marco Aurelio á Feliciano de Silva, en Sales españolas, ed. A. Paz y Melia, Madrid, 1890, t. I, págs. 227-234. Sermón de Aljubarrota, en Sales españolas, ed. A. Paz y Melia, Madrid, 1890, t. I, págs. 101-225. Consúltense: A. Morel-Fatio, Les lettres satiriques, en Romanía (1874), t. III, págs. 298-302. C. Graux, Essai sur les origines du fonds grec de l'Escurial (Bibl. de l'École des Hautes Études, fasc. 46), París, 1880. R. Foulché-Delbosc, Étude sur la Guerra de Granada, en Revue Hispanique (1894), t. I, págs. 101-165 y 338. R. Foulché-Delbosc, Un point contesté de la vie de Mendoza, en Revue Hispanique (1899), t. V, págs. 365-405. R. Foulché-Delbosc, Le portrait de Mendoza, en Revue Hispanique (1910), t. XXIII, páginas 310-313. J. D. Fesenmair, Don Diego Hurtado de Mendoza: ein spanischer Humanist des 16ten Jahrhunderts, München, 1882-1884. E. Señán y Alonso, D. Diego Hurtado de Mendoza: apuntes biográfico-críticos, Granada, 1886. Calendar of Letters, Despatches and State Papers, relating to the negotiations between England and Spain [ed. P. de Gayangos], t. V, parte II (1888), y t. VI, parte I (1890). Letters and Papers, foreign and domestic, of the reign of Henry VIII [ed. J. Gardner], t. XII, partes I y II (1890-1891) y t. XIII, partes I y II (1892-1893). A. Rodríguez Villa, Noticia biográfica y documentos históricos relativos á D. H. de Mendoza, Madrid, 1873.

98. Año 1539. Jorge de Montemayor, castellanizado por él mismo su apellido portugués de Montemor, por haber nacido en Montemor o velho, cerca de Coimbra, fué hijo de un platero judaizante; militó en Flandes, probablemente en la guerra de 1555 á 1559, cuando San Quintín (1557); pero antes había sido "cantor en la capilla de Su Alteza la muy alta y muy poderosa señora la infanta doña María", hija de don Juan III, casada en 1543 con el que luego fué Felipe II, y que murió en 1545. Luego (1551) sirvió á doña Juana, esposa del príncipe portugués don Juan y madre de don Sebastián. Al morir Feliciano de Silva, su amigo, escribió una elegía en tercetos y un epitafio (Cancionero, fols. 122-125). También fué amigo de Cetina, á quien llama Vandalio (fols. 146 y 147). Volvió á Portugal (1552) acompañando á la princesa doña Juana como aposentador y entonces escribió á Sá de Miranda. Muerto don Juan, volvió á Castilla con la Princesa en 1554, año en que se publicaron sus Obras. Murió en el Piamonte pocos meses después de 1559, muerto por un muy su amigo por celos ó amores (Fray Bartolomé Ponce, Clara Diana á lo Divino, dedicatoria). Compuso Montemayor la Exposición moral sobre el Salmo ochenta y seis, Alcalá, 1548, en quintillas el salmo y en prosa la exposición. Después, en 1554, publicó en Amberes sus Obras en dos libros, el primero de poesías profanas; el segundo, de versos de devoción, entre ellos tres Autos de Navidad. Volviéronse á imprimir en Amberes, el 1558, con el título de Segundo Cancionero de George de Montemayor, y Segundo Cancionero spiritual, en dos volúmenes, quitadas unas cosas y añadidas otras; pero el tomo de versos devotos, prohibido por la Inquisición en el Índice de 1559, no volvió á imprimirse. Hizo glosas á la Canción de Jorge Manrique y tradujo del catalán los Cantos de Amor, de Ausias March. La Diana, probablemente publicada en 1559, tiene el argumento de la historia de don Félix y Felismena, tomado de la novela 36 (2.ª parte) de Mateo Bandello; pero acomodado á las costumbres españolas, con más cortesía y sin lascivia. Imitó algo á Sannazaro y al Petrarca; pero la mayor parte fué obra propia. Las coplas castellanas valen más en él que los versos mayores italianos, y mucho más que las coplas, la prosa desenfadada, elegante y bien pulida, aunque de poco vigor. Es la mejor de las novelas pastoriles, pues Gil Polo no le aventaja más que en los versos. La obra que le dió inmensa fama dentro y fuera de la Península fué la Diana, novela pastoril y simbólica, como las bucólicas de Virgilio. Montemayor se aficionó á este género de naturalismo falso por su vida entre las paredes de los palacios. Cuando se huye del campo, se inventa un campo artificial; cuando no se tienen flores que huelan y solacen la vista, se hacen de papel; y cuando la vida cortesana está alejada, entre paredes y calles, de la naturaleza, se inventa una literatura que remede la naturaleza en toda su sencillez, la naturaleza silvestre donde haya riachuelos, árboles, ganados y pastores; pero que revisten almas cortesanas, con sus afectos melindrosos, sus entretenidas sutilezas, su afectado conceptismo, y hasta se particularizan en ellos personas conocidas. Esto último es una manera de chismografía elegante y con clave, como la que se murmujea en los estrados de los señores, en las antesalas de las dueñas y en los tinelos de la servidumbre. Son los pastores verdaderos cortesanos que lamentan dengosamente los desdenes de las damas pastoras. Para variar las escenas, monótonas de suyo, de amoríos, zampoñas y poesías recíprocas ó amebeas, Montemayor acude, como Sannazaro, á hechiceras y hadas, á hechizos y bebedizos amorosos, á los que alude Cervantes cuando por el Cura dice: "Que se le quite todo aquello que trata de la sabia Felicia y de la agua encantada". Dentro de este falso género Montemayor es admirable, flúido narrador, requebrador tierno, endechador dulce y melancólico, galante cortesano, esmerado en la frase melodiosa y en las escogidas voces. Es diestro en la versificación y más todavía en la adamicada prosa.

99. Cultivó mucho el metro italiano é hizo cuatro largas églogas imitando á Sannazaro y Garci Laso; pero sus mejores poesías son de la escuela española de Castillejo y Gregorio Silvestre, imitando á Jorge Manrique, cuya elegía glosó dos ó tres veces. La primera, árida y prosaica, en sus Obras de Amberes, 1554, y en pliego suelto de Valencia, 1576; Sevilla, 1883. La otra, poética y bien sentida, en diez coplas, como nueva lamentación sobre la muerte de doña María, no está en el Cancionero, sino en pliego suelto de la Bibl. Nac. de Lisboa, del cual la transcribe Domingo García Peres en el Catálogo razonado de los autores portugueses que escribieron en castellano, págs. 393-403. Otra, que pudiera ser la primera, se imprimió en Lisboa, 1663. La Diana fué la que le dió más nombre, y tal, que no se leía en la Corte otra cosa, y traspuso la frontera. Hasta hay huellas en Shakespeare, en Sidney, en Sarrasin, en Desportes. Prometió continuarla. Los editores añadieron en las ediciones póstumas la Historia del Abencerraje y la hermosa Xarifa, que se halla en el Inventario, de Antonio de Villegas, cuyo privilegio es del 1551, aunque no se imprimió hasta 1565. Varios autores continuaron después la Diana ó el género pastoril. Según Lope de Vega, la heroína de la Diana fué una señora de Valencia de don Juan, cerca de León; según Faria é Sousa, se llamaba Ana, y conservábase todavía hermosa cuando, en 1603, la vió Felipe III.

100. Feliciano de Silva fué de los primeros, si no el primero, que introdujo en España el falseado género pastoril (escena 33). Sannazaro lo había introducido en Italia, copiando y remedando, en latín, los bucólicos griegos y latinos. Juan del Enzina tradujo á Virgilio; pero él mismo y Gil Vicente se atuvieron al género pastoril popular y realista, que de mucho tiempo antes había brillado en el pueblo gallego, de donde pasó al rey don Diniz y á los poetas cortesanos portugueses, y luego, á veces, á los cortesanos de Castilla, y que con mayor empuje realista y originalidad castellana lució en manos del Arcipreste de Hita, y luego, más acortesanado, en las del Marqués de Santillana. Ambos géneros pastoriles, el puramente español y el clásico greco-latino, vivieron en España; pero el extraño acabó presto y el nacional siguió cultivándose por Lope, Tirso y demás dramáticos del siglo xvii. Cotejada la novela pastoril con la caballeresca, ambas son fantásticas ó idealistas y amatorias, como no españolas de origen; pero mientras el caballero andante, para alcanzar el objeto de su amor, emprende hazañas descomunales y arrostra pavorosos peligros, el pastor enamorado tañe su rabel y su zampoña y tararea lindos versos. Bien se ve que los libros de caballerías eran bastante apropiados para los españoles de entonces, ganosos de aventuras y emprendedores de hazañas; pero cuando el esfuerzo fué decayendo y ganando tierra la vida retirada de la corte, los poetas, que antes meneaban á la par pluma y espada, sólo quisieron el campo para sentarse orillas del arroyo, á la sombra de algún alcornoque, donde tañer y cantar. Obra de puros poetas cortesanos, que no gozando de la naturaleza, se la fantasean, viviendo en ella tan sólo en sueños, ya que de hecho moran en los palacios. En la novela caballeresca domina la acción; en la pastoril, la charla y la cantilena. Está bien escrita la pastoril, como obra de artistas que es; mal y y toscamente la caballeresca, por ser obra para el vulgo, hecha por gente vulgar, que se meten á escritores. Pero por más que quieran pintar tales artistas cortesanos la viva naturaleza, como no la tocan ni sienten, sino que se la figuran desde su casa, resulta una naturaleza, que no impresiona, de pintados bastidores. Así Virgilio es menos naturalista que Teócrito, por ser puro imitador, aunque gustase y sintiese tan delicadamente la vida campestre; ¡cuánto menos habían de serlo cortesanos imitadores de Sannazaro (Venecia, 1502), imitador de Virgilio, que lo fué de Teócrito, y que no llevaban otra vida que la urbana! Es un mosaico erudito de la antigüedad la Arcadia, de Sannazaro, y nuestras novelas pastoriles son mosaicos hechos con piedrezuelas del mosaico de Sannazaro. El que la introdujo en España fué Jorge de Montemayor (1559). Si en lugar de traerla de Italia, hubiera continuado la poesía pastoril española de Enzina y Gil Vicente, hubiéramos tenido una novela pastoril nacional, popular, realista, pareja del teatro de estos autores y de Lope de Rueda. El mal uso del Renacimiento por parte de Montemayor tuvo la culpa; siguieron su carril todos los demás, sin apartarse un punto. Como la novela no había todavía nacido, en lugar de hechos reales y de luchas del alma, la pastoril se reducía á determinadas escenas entre pastores y al discretear más ó menos ingenioso y afectado de poetas que de pastores se vestían. Hasta las ideas morales y religiosas son medio paganas y la fatalidad es la que obra, ni más ni menos que entre los antiguos. No hay visión de las almas, como no la hay de la naturaleza. Son amores y penas aquéllas, convencionales y postizas.

101. M. Pelayo, Disc. acerca de Cerv. y "El Quijote": "Á la falsa idealización de la vida guerrera se había contrapuesto otra no menos falsa de la vida de los campos, y una y otra se repartieron los dominios de la imaginación, especialmente el de la novela, sin dejar por eso de hacer continuas incursiones en la poesía épica y en el teatro y de modificar profundamente las formas de la poesía lírica. Ninguna razón histórica justificaba la aparición del género bucólico: era un puro dilettantismo estético; pero no por serlo dejó de producir inmortales bellezas en Sannazaro, en Garcilaso, en Spenser, en el Tasso. Poco se adelanta con decir que es inverosímil el paisaje, que son falsos los afectos atribuídos á la gente rústica y falsa de todo punto la pintura de sus costumbres; que la extraña mezcla de mitología clásica y de supersticiones modernas produce un efecto híbrido y discordante. De todo se cuidaron estos poetas menos de la fidelidad de la representación. El pellico del pastor fué para ellos un disfraz, y lo que hay de vivo y eterno en estas obras del Renacimiento es la gentil adaptación de la forma antigua á un modo de sentir juvenil y sincero, á una pasión enteramente moderna, sean cuales fueren los velos arcaicos con que se disfraza. La égloga y el idilio, el drama pastoral á la manera del Aminta y del Pastor Fido, la novela que tiene por teatro las selvas y bosques de Arcadia, pueden empalagar á nuestro gusto desdeñoso y ávido de realidad humana, aunque sea vulgar; pero es cierto que embelesaron á generaciones cultísimas, que sentían profundamente el arte, y envolvieron los espíritus en una atmósfera serena y luminosa, mientras el estrépito de las armas resonaba por toda Europa. Los más grandes poetas, Shakespeare, Milton, Lope, Cervantes, pagaron tributo á la pastoral en una forma ó en otra. Tipo de este género de novelas fué la Arcadia, del napolitano Sannazaro; elegante humanista, poeta ingenioso, artífice de estilo más paciente que inspirado. Su obra, que es una especie de centón de lo más selecto de los bucólicos griegos y latinos, apareció á tiempo, y tuvo un éxito que muchas obras de genio hubieran podido envidiar. Hasta el título de la obra, tomado de aquella montuosa región del Peloponeso, afamada entre los antiguos por la vida patriarcal de sus moradores y la pericia que se les atribuía en el canto pastoril, sirvió para designar una clase entera de libros, y hubo otras Arcadias tan famosas como la de Sir Felipe Sidney y la de Lope de Vega, sin contar con la Fingida Arcadia que dramatizó Tirso. Todas las novelas pastoriles escritas en Europa desde el Renacimiento de las letras hasta las postrimerías del bucolismo, con Florián y Gessner, reproducen el tipo de la novela de Sannazaro, ó, más bien, de las novelas españolas compuestas á su semejanza y que en buena parte le modifican, haciéndole más novelesco. Pero en todas estas novelas, cuál más cuál menos, hay, no sólo reminiscencias, sino imitaciones deliberadas de los versos y de las prosas de la Arcadia, que, á veces, como en El Siglo de Oro y en La Constante Amarilis, llegan hasta el plagio. Aun en la Galatea, que parece de las más originales, proceden de Sannazaro la primera canción de Elicio ("Oh, alma venturosa"), que es la de Ergasto sobre el sepulcro de Androgeo, y una parte del bello episodio de los funerales del pastor Meliso, con la descripción del valle de los cipreses. Si la prosa de Cervantes parece allí más redundante y latinizada que de costumbre, débese á la presencia del modelo italiano. Lo que Sannazaro había hecho con todos sus predecesores lo hicieron con él sus alumnos poéticos, saqueándole sin escrúpulo. El género era artificial y vivía de estos hurtos honestos, no sólo disculpados, sino autorizados por todas las Poéticas de aquel tiempo". —M. Pelayo, Oríg. novel., t. I, pág. cdlxv: "Todo es ingenioso, sutil, discreto en aquellas páginas, que ostentan á veces un artificio muy refinado; pero no hay sombra de melancolía ni asomo de ternura... En la falta de sentimiento Montemayor está á la altura de Sannazaro, aunque la disimula mejor con el arte de galantería, en que era consumado maestro. Y esto explica en parte su éxito: reflejaba el mejor tono de la sociedad de su tiempo; era la novela elegante por excelencia, el manual de la conversación culta y atildada entre damas y galanes del fin del siglo xvi, que encontraban ya anticuados y brutales los libros de caballerías y se parecían por la metafísica amorosa y por los ingeniosos conceptos de los petrarquistas. Montemayor los transportó de la poesía lírica á la novela y realizó con arte y fortuna lo que prematuramente habían intentado los autores de narraciones sentimentales, es decir, la creación de un tipo de novela cuya única inspiración fuese el amor ó lo que por tal se tenía entre los cortesanos... Para la naturaleza no tiene ojos: su novela es mucho menos campestre que la de Sannazaro... Todas estas figuras se mueven, no sólo en un paisaje ideal, sino en una época indecisa y fantástica: son á un tiempo cristianos é idólatras... Esta mezcla de mitología y vida actual, de galantería palaciega y falso bucolismo, es uno de los caracteres más salientes de la novela pastoril". Cervantes le juzgó con demasiada severidad: "Soy de parecer que no se queme, sino que se le quite todo aquello que trata de la sabia Felicia y de la agua encantada y casi todos los versos mayores, y quédesele enhorabuena la prosa y la honra de ser primero en semejantes libros". Cervantes no aplaudía lo maravilloso y poco real, y de los versos alababa los más españoles, que de hecho son los mejores, los cortos, como "heredero de Gil Vicente y de los bucólicos portugueses por su origen; heredero de los salmantinos Juan del Enzina y Cristóbal de Castillejo, por su larga residencia en el reino de León y en la Corte de Castilla, donde todavía tenían muchos partidarios los versos de la manera vieja, las antiguas coplas" (M. Pelayo). "La prosa de Montemayor, añade, es algo lenta, algo muelle; tiene más agrado que nervio; pero es tersa, suave, melódica, expresiva, más musical que pintoresca, sencilla y noble á un tiempo; culta sin afectación, no muy rica de matices y colores, pero libre de vanos oropeles, cortada con bastante habilidad para el diálogo; prosa mucho más novelesca que la prosa poética y archilatinizada de Sannazaro... La Diana ha influido en la literatura moderna (sobre todo en Francia é Inglaterra) más que ninguna otra novela pastoril, más que la misma Arcadia, de Sannazaro, más que Dafnis y Cloe".

Obras de Montemayor: Primera parte de las obras del excellentissimo Poeta y Philosopho mossén Ausias March, sin lugar ni año (Salvá, n. 771); Valencia, 1539; Barcelona, 1543, 1545; Sevilla, 1553; Valladolid, 1555; Barcelona, 1560; Zaragoza, 1562; Madrid, 1579 (con tres cánticas más); Madrid, 1582. Exposición moral sobre el salmo LXXXVI, Alcalá, 1548. Obras, Amberes, 1554; con título de Segundo Cancionero, 2 vols., Amberes, 1558; omitido el tomo de versos devotos por haberse prohibido en 1559, salió sólo el Cancionero de versos profanos, Zaragoza, 1562; Alcalá, 1563; Salamanca, 1571; Alcalá, 1572; Salamanca, 1572; Coimbra, 1579; Salamanca, 1579, "de nuevo emendado y corregido"; Madrid, 1588. La Diana se publicó en Valencia, sin fecha, probablemente entre 1558 y 1559 (Revue Hisp., 1895, página 304); otra edición de Milán, sin fecha; Zaragoza, 1560; Valladolid, 1561; Barcelona, 1561; Cuenca, 1561. "Fueron impresos los siete libros de la Diana, con el Triunfo de Amor, de Petrarca (traducido por Álvaro Gómez de Ciudad Real), y los Amores de Alcida y Silvano (en octavas)", Amberes, 1561; Valladolid, 1562 (con el Triunpho de Amor, de Petrarca, traducido por Álvar Gómez de Ciudad Real), y la Historia de Alcida y Siluano. Con los amores de Abindarraz y otras cosas; Colonia, 1565 (con la Historia de Píramo y Tisbe, etc.); Venecia, 1574 (añadidas 65 octavas ajenas al Canto de Orpheo); Alcalá, 1564; Venecia, 1568; Zaragoza, 1570, con los verdaderos amores del Abencerraje y la hermosa Xarifa. La historia de Alcida y Silvano. La infeliz historia de Píramo y Tisbe. Van también Las Damas Aragonesas, Catalanas, Valencianas y Castellanas, que hasta aquí no avían sido impressas (ejemplar único, en la Bibl. Nac.); Amberes, 1575; Pamplona, 1578; Amberes, 1580; Pamplona, 1582; Venecia, 1585; Madrid, 1586, 1591, 1595, 1599, 1602; Valencia, 1602; París, 1603, 1611 y 1612 (con trad. franc.); Barcelona, 1614; Milán, 1616; Madrid, 1622; Lisboa, 1624; Madrid, 1795; Barcelona, 1886. Texto inglés, de Barnaby, Londres, 1563; de Bartolomew Yong, Londres, 1598.