Hemos visto que la transformación positiva de una suma de valor en capital se hace conforme a las leyes del cambio. Uno de los dos que cambian vende su fuerza de trabajo, que compra el otro. El primero recibe el valor de su mercancía, y el uso de esta, que es el trabajo, pertenece al segundo, quien transforma entonces los medios de producción, que le pertenecen, con el auxilio de un trabajo que le pertenece también, en un nuevo producto que es suyo con perfecto derecho.
El valor de este producto contiene desde luego el de los medios de producción consumidos; pero el trabajo no emplearía útilmente estos medios si su valor no pasase al producto. Dicho valor encierra, además, el equivalente de la fuerza de trabajo y una supervalía. Este resultado es debido a que la fuerza obrera vendida por un tiempo determinado, un día, una semana, etc., posee más valor del que su uso produce en el mismo tiempo. Pero al obtener el valor de cambio de su fuerza, el trabajador ha enajenado el valor de uso de ella, como sucede en toda compra y venta de mercancías.
Por más que el uso de este artículo particular, el trabajo, sea suministrar trabajo, y, por consiguiente, producir valor, eso no altera en nada la dicha ley general de la producción mercantil. Si, pues, la suma de valor adelantada en salarios se vuelve a encontrar en el producto con una demasía, esta no proviene de un engaño cometido con el vendedor, quien recibe el equivalente de su mercancía, sino del consumo que de esta hace el comprador. La ley de los cambios no exige la igualdad sino por relación del valor cambiable de los artículos enajenados mutuamente, pero supone una diferencia entre sus valores de uso, y no tiene nada que ver con su consumo, que solo comienza después de haberse llevado a cabo la venta.
La transformación primitiva del dinero en capital se efectúa, pues, conforme a las leyes económicas de la producción de mercancías y al derecho de propiedad que de ellos se origina. ¿En qué se modifica este hecho porque el capitalista transforme en seguida la supervalía en capital? Acabamos de decir que esta supervalía es propiedad suya; y los nuevos obreros que la supervalía recluta, funcionando a su vez como capital, no tienen que ver nada con que ella haya sido producida anteriormente por obreros. Todo lo que estos nuevos obreros pueden exigir es que el capitalista les pague también a ellos su fuerza de trabajo.
Las cosas no se presentarían así si se examinasen las relaciones que hay entre el capitalista y los obreros, no ya separadamente, sino en su encadenamiento, y si se tuviesen en cuenta la clase capitalista y la clase obrera. Mas como la producción mercantil no pone frente a frente sino vendedores y compradores independientes unos de otros, para juzgar esta producción según sus propias leyes es preciso considerar cada transacción aisladamente, y no en su unión con la que le precede o con la que le sigue. Además, como las compras y ventas se hacen siempre de individuo a individuo, no deben buscarse en ellas las relaciones entre una y otra clase.
Asimismo, cada uno de los esfuerzos en función del capital le presta nuevo impulso; y conforme al derecho de la producción mercantil, en régimen capitalista la riqueza puede ser cada día más monopolizada, merced a la apropiación sucesiva del trabajo no pagado de otro. ¡Qué ilusión es, pues, la de ciertas escuelas socialistas que pretenden quebrantar el régimen del capital aplicándole las leyes de la producción mercantil!
II. Ideas falsas acerca de la acumulación.
Las mercancías que el capitalista compra como medios de goce, no le sirven evidentemente como medios de producción y de multiplicación de su valor; el trabajo que paga con el mismo fin, tampoco es trabajo productivo. De este modo derrocha la supervalía a título de ganancia, en vez de hacerla fructificar como capital.
También la Economía política burguesa ha predicado, como el primero de los deberes cívicos, la acumulación, es decir, el empleo de una gran parte de la ganancia en el reclutamiento de trabajadores productivos, que producen más de lo que reciben.
Ha combatido además la creencia popular que confunde la acumulación capitalista con el hacinamiento de tesoros, como si el guardar el dinero bajo llave no fuese el método más seguro para no capitalizarlo. No debe, pues, confundirse la acumulación capitalista, que es un acto de producción, con el aumento de los bienes que figuran en el fondo de consumo de los ricos y que se gastan lentamente, ni tampoco con la formación de reservas o provisiones, hecho común a todos los sistemas de producción.