Ahorrar, ahorrar constantemente, es decir, volver a transformar sin descanso en capital la mayor parte posible de la supervalía o del producto líquido, acumular para acumular, producir para producir, tal es el lema de la Economía política al proclamar la misión histórica del periodo burgués; si el proletario no es más que una máquina que produce supervalía, el capitalista es también una máquina que capitaliza esta supervalía.
Pero después de 1830, en la época en que se propagaban las doctrinas socialistas, el fourierismo y el sansimonismo en Francia, el owenismo en Inglaterra, mientras el proletariado de las ciudades tocaba en Lyon el somatén de alarma, y en Inglaterra el proletariado del campo paseaba la tea incendiaria, fue cuando la Economía política reveló al mundo una doctrina maravillosa para salvar la sociedad amenazada.
Dicha doctrina transformó instantáneamente las condiciones del movimiento de trabajo del capitalista en otras tantas prácticas de «abstinencia» del capitalista, aunque admitiendo que su obrero no se abstiene de trabajar para él. El capitalista «se impone», escribe M. G. de Molinari, «una privación al prestar sus instrumentos de producción al trabajador»; dicho de otro modo, se impone una privación cuando hace valer los medios de producción como capital añadiendo a ellos la fuerza obrera, en vez de comerse los piensos, los animales de tiro, el algodón, las máquinas de vapor, etc.
En resumen, todo el mundo se compadeció de las mortificaciones del capitalista. No es solamente la acumulación, no, «la simple conservación de un capital exige un esfuerzo constante para resistir a la tentación de consumirlo» (Courcelle-Seneuil). Sería preciso, en verdad, haber renunciado a todo sentimiento humanitario para no buscar el modo de librar al capitalista de sus tentaciones y de su martirio, librándole de su capital.
IV. Circunstancias que influyen en la extensión de la acumulación.
Determinada la proporción según la cual la supervalía se divide en capital y en beneficio, la cantidad del capital acumulado depende evidentemente de la cantidad de la supervalía. Supongamos, por ejemplo, que la proporción es de 80 por 100 lo capitalizado y de 20 por 100 lo consumido, entonces el capital acumulado se eleva a 2.400 pesetas o a 1.200, según la supervalía sea de 3.000 o de 1.500 pesetas. Así, todas las circunstancias que determinan la cantidad de la supervalía, contribuyen a determinar la extensión de la acumulación. Recapitulémoslas desde este último punto de vista solamente.
Grado de explotación de la fuerza obrera.
Se sabe que el tipo de la supervalía depende, en primer lugar, del grado de explotación de la fuerza obrera. Al tratar de la producción de la supervalía, hemos supuesto siempre que el obrero recibe el justo valor de su fuerza. Los cercenamientos hechos a este valor juegan, no obstante, en la práctica un papel muy importante. En cierto modo, este procedimiento transforma el fondo de consumo necesario para el sustento del trabajador en fondo de acumulación del capitalista. La tendencia del capital es también reducir los salarios todo lo posible, y eliminar del consumo obrero lo que él llama lo superfluo. El capital ha sido auxiliado en esta tarea por la competencia cosmopolita que el desarrollo de la producción capitalista ha hecho nacer entre todos los trabajadores del globo. Hoy día se trata nada menos que de hacer descender, en una época más o menos próxima, el nivel europeo de los salarios al nivel chino.
Además, una explotación más intensa de la fuerza de trabajo permite aumentar la cantidad de trabajo sin aumentar la maquinaria, es decir, el conjunto de medios de trabajo, máquinas, aparatos, instrumentos, edificios, construcciones, etc. Un establecimiento que emplea, por ejemplo, cien hombres trabajando ocho horas por día, recibirá diariamente ochocientas horas de trabajo. Si, para aumentar este total en una mitad más, el capitalista admitiese cincuenta nuevos obreros, necesitaría hacer un adelanto no solamente en salarios, sino también en maquinaria. Pero, si hace trabajar a sus cien obreros doce horas diarias en lugar de ocho, obtiene el mismo resultado, y la antigua maquinaria es suficiente. En adelante, esa maquinaria va a funcionar en mayor escala, se desgastará más pronto y habrá que reponerla antes, y esto será todo. Obtenido de esa manera un excedente de trabajo por un esfuerzo más considerable exigido a la fuerza obrera, aumenta la supervalía o el producto líquido, fundamento de la acumulación, sin que haya necesidad de un aumento previo y proporcional a la parte del capital adelantado en maquinaria.
Un simple excedente de trabajo, sacado del mismo número de obreros, basta en la industria extractora, la de las minas, por ejemplo, para aumentar el valor y la masa del producto que suministra gratuitamente la Naturaleza, y, por consecuencia, el fondo de acumulación. En la agricultura, en que la sola acción mecánica del trabajo sobre el suelo aumenta maravillosamente su fertilidad, un excedente de trabajo idéntico produce mayor efecto; como en la industria extractora, la acción directa del hombre sobre la Naturaleza favorece la acumulación. Además, como la industria extractora y la agricultura suministran materias a la industria manufacturera, el acrecentamiento de productos que el excedente de trabajo procura en las dos primeras, sin aumento de adelantos, redunda en provecho de la última. Merced únicamente a la fuerza obrera y a la tierra, fuentes primitivas de la riqueza, el capital aumenta, pues, sus elementos de acumulación.