Para que el trabajador, el productor inmediato, pudiese disponer de su propia persona, necesitaba ante todo no estar sujeto a una tierra o a otra persona; tampoco podía llegar a ser vendedor libre de trabajo, llevando su mercancía, la fuerza de trabajo, donde quiera que esta encontrase un mercado, sin haberse sustraído al régimen de los gremios con sus patronatos, sus jurados, sus leyes de aprendizaje, etc. El movimiento histórico que transforma a los productores en asalariados, se presenta, pues, como su emancipación de la servidumbre y del régimen de los gremios. Por otra parte, si estos emancipados se venden a sí propios es porque se ven obligados a ello para vivir, porque han sido despojados de todos los medios de producción y de todas las garantías de existencia ofrecidas por el antiguo orden de cosas. La historia de su expropiación no tiene réplica, pues se halla escrita en la historia de la humanidad con letras indelebles de sangre y fuego.
Tocante a los capitalistas empresarios, estos nuevos potentados no solo tenían que destituir a los maestros de oficios, sino también a los detentadores feudales de las fuentes de la riqueza. Su advenimiento se presenta, desde este punto de vista, como el resultado de una lucha victoriosa contra el poder señorial con sus irritantes privilegios, y contra el régimen de los gremios por las trabas que oponía al libre desarrollo de la producción y a la libre explotación del hombre por el hombre. El progreso ha consistido en variar la forma de la explotación: la explotación feudal se ha convertido en explotación capitalista.
II. Después de haber sido sometido a la explotación por la fuerza bruta, el trabajador acaba por someterse a ella voluntariamente.
No basta que, por una parte, se presenten las condiciones materiales del trabajo en forma de capital, y, por otra, hombres que nada tienen que vender si no es su fuerza de trabajo. No basta tampoco que se les obligue por la fuerza a venderse voluntariamente.
La burguesía naciente —y este es un momento esencial de la acumulación primitiva— no podía prescindir de la intervención constante del Estado para prolongar la jornada de trabajo ([capítulo X]), para «reglamentar» el salario, es decir, para conservar al trabajador en el grado de dependencia requerido, abrumándole bajo el yugo del salariado mediante leyes de un terrorismo grotesco, leyes que iban dirigidas en el occidente de Europa, a fines del siglo XV y durante el XVI, contra el proletariado sin casa ni hogar, contra los padres de la clase obrera de hoy, castigados por haber sido reducidos al estado de vagabundos y de pobres, la mayor parte de las veces de resultas de expropiación violenta.
No olvidemos que la burguesía, desde el principio de la Revolución francesa, se atrevió a despojar a la clase obrera del derecho de asociación que esta acababa apenas de conquistar. Por una ley de 14 de junio de 1791, se consignó que todo acuerdo tomado por los trabajadores para la defensa de sus intereses comunes fuese declarado «atentatorio a la libertad y a la Declaración de los derechos del hombre», y castigado con multa y privación de los derechos de ciudadano.
Con el progreso de la producción capitalista, se forma una clase cada vez más numerosa de trabajadores que, gracias a la educación, a las costumbres transmitidas, se conforman con las exigencias del actual régimen económico de un modo tan instintivo como se conforma con las variaciones atmosféricas. En cuanto este modo de producción adquiere cierto desarrollo, su mecanismo destruye toda resistencia; la presencia constante de un sobrante relativo de población mantiene la ley de la oferta y de la demanda de trabajo, y por consecuencia el salario, dentro de los límites adecuados a las necesidades del capital; la presión sorda de las relaciones económicas remata el despotismo del capital sobre el trabajador. A veces se recurre todavía a la violencia, al empleo de la fuerza bruta, pero solo como excepción. En el curso ordinario de las cosas, el trabajador puede quedar abandonado a la acción de las «leyes naturales» de la sociedad, es decir, a la dependencia del capital, engendrada, defendida y perpetuada por el propio mecanismo de la producción.
III. Establecimiento del mercado interior para el capital industrial.
La continua expropiación de los labradores, fomentada por las leyes salvajes contra los vagabundos, introdujo violentamente en la industria de las ciudades masas enormes de proletarios, y contribuyó a destruir la antigua industria doméstica. Es necesario que nos detengamos un instante a examinar este elemento de la acumulación primitiva.
Antiguamente, la misma familia campesina elaboraba en primer lugar, y luego consumía directamente, a lo menos en gran parte, los víveres y las materias primeras, producto de su trabajo. De simples valores de uso que eran, al convertirse en mercancías, estas materias primeras se vendían a las manufacturas, y los objetos que, gracias a ella, eran elaborados en el campo, se transformaban en artículos de manufactura, a los que el campo servía de mercado. Desde entonces desapareció la industria doméstica de los labriegos. Esta desaparición es la única que puede dar al mercado interior de un país la extensión y la constitución que exigen las necesidades de la producción capitalista.