No será probablemente por distraerse por lo que se trabajará, dada la manera de ser del trabajo, aunque este se mejorará cuanto sea posible; el único móvil para ello será el interés, que es el punto de partida real de todos los actos del hombre y el que rige todas las relaciones del individuo con el medio ambiente.

Asimismo, excitando el interés, se conseguirá la ejecución de las labores particularmente peligrosas o repugnantes, gracias a una elevación en el precio de la hora de trabajo. Por ejemplo, se establecerá que cuatro horas dedicadas a una de estas especialidades ingratas equivalen a seis o siete de trabajo simple. Por lo demás, no habrá en esto determinación arbitraria; la diferencia que exista, para una misma ganancia, entre el tiempo empleado en obras ordinarias y el empleado en obras o labores penosas, variará según la oferta y la demanda de estas últimas obras. No se condenará a una categoría de trabajadores a ejecutarlas exclusivamente. En esta materia nadie tendrá obligación directa emanada de una ley especial, ni obligación indirecta a consecuencia de la imposibilidad de no poder subsistir haciendo otra cosa. Los que ejecuten dichas obras serán absolutamente libres de dedicarse a otra ocupación. De ninguna manera se especulará como hoy con su miseria, sino con el deseo natural en algunos, ya de una ganancia mayor en un mismo tiempo de trabajo, o bien de un descanso más prolongado por la misma ganancia. Sentemos además que el espíritu de abnegación innato en el hombre lo mismo que en el perro, por ejemplo, podrá entonces ejercitarse, y se ejercitará tanto más cuanto el entusiasmo y la emulación, no practicados hoy por los que saben que trabajan para otros, llegarán al fin a su apogeo.

Una vez en estas condiciones, y no trabajando ya el hombre obligado por una fuerza extraña a su organismo, el trabajo, según la ingeniosa expresión de uno de los más eruditos pensadores socialistas, Pablo Lafargue, será para todos tan solo «el condimento de los placeres de la pereza». Va en posesión de su individualidad, anidada por la tarea mecánica, que los progresos de la maquinaria abreviarán y aligerarán cada vez más, podrá el hombre, terminado su trabajo, disfrutar ampliamente los goces físicos resultantes del completo ejercicio de sus órganos, así como de los placeres intelectuales que procura el cultivo de la ciencia y del arte. El placer, objeto final de todo organismo viviente, se realizará entonces para cada uno con arreglo a su naturaleza.

Pero esta libertad se encuentra subordinada a la socialización de los medios de producción; la colectividad no podrá disfrutar de ellos mientras no posea los medios económicos de aprovecharlos. Ahora bien, ¿los detentadores privilegiados de estos medios, condición sine qua non de la libertad, los abandonarán desde el instante en que ellos a su vez sean libres de no abandonarlos?

Hallándose unida a la posibilidad de tener cada cual a su disposición el instrumento y la materia de trabajo, la libertad no surgirá sino de una presión ejercida sobre sus propietarios actuales, sobre los que son demasiado libres mientras que la mayoría trabajadora no lo es nada.

Nosotros somos revolucionarios porque sabemos por la experiencia de toda la historia que las clases dominantes solo se suicidan —si acaso se suicidan— cuando echan de ver que se las va a matar, sabiendo también que, lógica y cronológicamente, la noche del 4 de agosto viene después de las jornadas del 14 de julio.

Somos partidarios de recurrir a la fuerza para alcanzar la libertad, del mismo modo que en ciertos casos patológicos hay que recurrir a la camisa de fuerza para conseguir la curación; una vez esta conseguida y recuperada completamente la salud, se goza de libertad completa en los movimientos, pero mientras dura la enfermedad se prohíbe mover aquella parte del cuerpo cuyos movimientos comprometerían la salud en general. Si es ser autoritario el negar la libertad, durante el periodo de tratamiento que exija la modificación del orden social, a aquellos cuya acción podría poner en peligro nuestra reorganización, nosotros somos autoritarios. Queremos proceder autoritariamente contra la clase enemiga, y queremos suprimir las libertades capitalistas, que impiden la expansión de las libertades obreras.

Expliquemos esto, a fin de que los jesuitas rojos o tricolores no deformen nuestro pensamiento: la autoridad que nosotros proclamamos útil no es en modo alguno la autoridad cesárea de las individualidades, cualesquiera que estas sean, sobre la masa, sino al contrario, proclamamos la autoridad de la masa sobre las individualidades que ella emplea, la acción directa de los interesados, la autoridad del Proletariado y no sobre el Proletariado. Esta autoridad resultante del conjunto de los interesados en ser libres no será opresiva para ellos, a menos de admitir la opresión de las gentes por ellas mismas. La dictadura de clase deberá reinar hasta el día en que la libertad, posible para todos, pueda, sin inconvenientes para nadie, ser ejercida por todos.

El recurso a la fuerza, a la revolución, por la clase que, si ha de ser libre, necesita conquistar los medios de serlo, no será otra cosa que la fuerza empleada a su vez por los explotados contra los explotadores.

La minoría poseedora ha colocado sus monopolios bajo la protección de una fuerza capaz de refrenar las tentativas de rebelión de la mayoría desheredada; en la existencia de clases antagónicas se halla la razón de ser de los ejércitos permanentes, que representan la permanencia de la fuerza necesaria para la defensa de la clase privilegiada —en Bélgica, por ejemplo, existe un ejército permanente, por más que las Potencias europeas hayan establecido su neutralidad—, los cuales no desaparecerán sino con su causa.