Desde el punto de vista religioso, hay simplemente proyección de fenómenos naturales fuera y por encima del mundo real. Subyugado por fuerzas exteriores, los hombres han encarnado personajes místicos en estas fuerzas. Hoy día las fuerzas naturales, dominadas casi por el hombre, que cada vez se da cuenta más exacta de sus efectos y las refiere a sus verdaderas causas, no dan ya motivo a personificación, a divinización.

Solo las fuerzas sociales, juntamente con las de la Naturaleza, pesan sobre la existencia del hombre, dominándola cada día de una manera más preponderante. Para buscar hoy el origen de las ideas religiosas, hay que remontarse al origen no explicado de los dolores sufridos y a su apariencia inevitable metamorfoseada en institución sobrenatural. Mientras la masa sea juguete del modo de producción, las miserias que el régimen capitalista engendra y aquella sufre, conservarán a sus ojos un carácter sobrehumano, y, por tanto, persistirá ese terror de lo desconocido que la abruma, es decir, el sentimiento religioso.

La religión no es otra cosa que el reflejo de las fuerzas sociales en la mente, las últimas fuerzas externas cuya manera de ser hace creer al hombre que dimanan de una fuerza superior. La emancipación del pensamiento está, pues, unida a la emancipación del trabajo, de la vida práctica. El déspota terrestre, el capitalista, arrastrará en su caída al fantasma celeste; rigiendo el hombre la producción en lugar de ser regido por ella; encontrando al fin el bienestar sobre la tierra; teniendo noción clara y precisa de su situación en el universo en general y en la sociedad en particular, desaparecerá universalmente la necesidad de ese género de esperanzas y consuelos, que son consecuencia de la tiranía hoy misteriosa para las masas, así como la creencia en un ser supremo, dispensador soberano de los goces y de los sufrimientos.

Nuestros fogosos anticatólicos, ridículos aficionados a bautismos civiles y otros ritos, que imaginan desprender la sociedad civil de toda ligadura mística y mistificadora porque comen carne el viernes santo, hacen del librepensamiento la condición primera de la regeneración social; y no ven, o no quieren ver, que las religiones no son organismos independientes del medio económico en que se agitan. Los grupos librepensadores, así como las logias masónicas, son excelentes planteles de candidatos, trampolines que el uso ha demostrado ser útiles para saltar en las asambleas electivas, y nada más. No pedirán ni siquiera la supresión del presupuesto de cultos, pues como servicio público o un instrumento de dominación, que viene a ser lo mismo, la religión es un resorte utilísimo para todo gobierno de clase.

Desde el punto de vista moral, y sin tratar de actos reprensibles o criminales, los cuales, cuando no son productos orgánicos de un género particular de la competencia de las casas de salud, provienen de las condiciones sociales nacidas de un orden económico basado en la persecución desenfrenada de los medios de goce sin el esfuerzo correspondiente, consideremos la tacha que la opinión pública arroja sobre la maternidad fuera del matrimonio y sobre el nacimiento ilegítimo. ¿De qué proviene esta tacha?

Las costumbres son las relaciones que los intereses en contacto establecen entre los hombres. Hasta hoy solo se han presenciado intereses antagónicos, habiéndose sacrificado siempre unos por la prosperidad de otros. Es evidente desde luego que los intereses de los más fuertes han determinado solos el sistema de relaciones entre los hombres e impuesto las apreciaciones relativas a lo que había de considerarse como el bien y a lo que debía ser considerado como el mal. Las costumbres preponderantes de una época son las costumbres de la clase dominante, y la moral vulgar es siempre la que se conforma con sus intereses.

Si no se menospreciase a las jóvenes que tienen un hijo, y si se tratase al hijo natural como hijo legítimo, la libertad de las relaciones sexuales se extendería en detrimento del matrimonio. Y precisamente el matrimonio es el que imprime a la clase poseedora su carácter hereditario y desarrolla sus instintos conservadores.

Así que, según la moral vigente, la honradez para la mujer no casada estriba en la continencia, y cuando «sucumbe», ¡con qué dureza los libertinos le arrojan al rostro el insulto, mofándose de lo que llaman su deshonra! Pocos son los que no siguen la corriente general. Aun entre los escritores que han tratado, pero sin fruto, de idealizarlo, el hecho de entregarse la mujer al que ama y la desea, sin que haya sido previamente firmado, publicado y legalizado, es un acto de los más trágicos.

La utilidad del matrimonio, que es una escritura de propiedad, un contrato mercantil, antes de ser la unión de dos personas, resulta de la estructura económica de una sociedad basada en la apropiación individual. Al ofrecer garantías para los hijos legítimos y al asegurarles los capitales paternos, el matrimonio perpetúa la dominación de la casta detentadora de las fuerzas productivas. Y notaremos de paso que, a pesar del divorcio, las consideraciones pecuniarias que presiden a la conclusión del matrimonio y representan el papel más importante mientras dura, mantendrán en pie, salvo raras excepciones, su indisolubilidad. Las susceptibilidades morales cederán ante los intereses materiales y se procurará evitar toda irregularidad en la conducta de ambos a fin de no deshacer un buen negocio.

Transformado el modo de propiedad, y solo después de esta transformación, perderá el matrimonio su razón de ser, y entonces, sin temor del menosprecio, mujeres y hombres podrán escuchar libremente la voz de su naturaleza, satisfacer sus necesidades amorosas y ejercitar todos los órganos cuyo funcionamiento regular exige la higiene.