Convencidos de que el derecho de sufragio es impotente para conseguir la emancipación humana, no cometeremos la falta de perder un tiempo precioso en perseguir un fin que, aun suponiendo que se alcanzase, sería incapaz de mejorar la situación de la mujer. Esto sería para ella y para aquellos cuyos esfuerzos hubiesen sido estériles, un engaño más que tendrían que añadir a los ya causados por el sufragio universal; solo que esta vez la responsabilidad caería por completo sobre los que se hubieran dejado llevar de un sentimentalismo demasiado irreflexivo. La emancipación femenina está subordinada a la transformación económica, y únicamente trabajando en pro de esta se hará algo en realidad por la primera; el obrar de otro modo es hacerse cómplice, a sabiendas o inconscientemente, de extravíos perjudiciales a los intereses que se aparenta defender.

Desde el punto de vista económico se ha hablado de asociación. Pero la asociación obrera es quimérica para todo lo que es grande industria, puesto que esta absorbe cada vez más la mayoría de los obreros, dada la forma gigantesca que reviste el instrumento de trabajo y lo crecido de los anticipos necesarios para la creación de una empresa.

¿Qué significaría el ahorro obrero, aun suponiendo que fuese practicable, comparado con la indispensable acumulación de los capitales? Además de que, si por un hecho excepcional pudiera extenderse el ahorro, sería un nuevo engaño. Quien dice ahorro generalizado, dice disminución de consumo, es decir, disminución en la demanda de productos; y por ende, disminución de la producción y aumento de los paros forzosos, en perjuicio de los que no pueden vivir sino a condición de estar ocupados.

Respecto a la intervención del Estado, el conceder créditos a las Asociaciones obreras permitiría hacer a la burguesía una guerra con éxito y tendería, por consiguiente, a mermar sus beneficios; mas como es la burguesía quien dirige el Estado, ella tendrá buen cuidado, digan lo que quieran algunos hábiles que aspiran a hacerse populares reclamando con estruendo lo que saben no puede obtenerse, de no proporcionar al Proletariado la posibilidad de arruinarla en un plazo más o menos remoto.

En cuanto a la pequeña industria, en la que el instrumento de trabajo, de poco valor, hace más asequible la posibilidad de la asociación, semejantes asociaciones tropiezan en la práctica con obstáculos difíciles, si no imposibles, de vencer.

Impidiendo el modesto capital a los talleres cooperativos el acometer empresas importantes, y no permitiéndoles tampoco dar fiado a los clientes, los coloca, respecto de los patronos, en la posición desfavorable del pequeño productor frente al productor en grande escala, con otra desventaja sobre los dueños de pequeños talleres, a quienes nada impide, cuando escasea el trabajo, despedir todo o parte del personal asalariado, pues no les preocupa en lo más mínimo el saber cómo vivirán sus obreros cuando no trabajan, ocupándose solo en disminuir sus gastos; mientras que el taller cooperativo, no pudiendo despedir a los asociados, los cuales aunque no trabajen tienen necesidad de subsistir, se vería obligado a gastar sus fondos o contraería deudas. Los periodos de prosperidad, lejos de aprovechar al obrero, habrían de consagrarse a enjugar el déficit producido en la caja durante la paralización de los negocios; el obrero trabajaría, lo mismo que antes, para el capitalista, que entonces se llamaría acreedor en vez de llamarse patrón, y se consideraría dichoso si no se consumaba su ruina.

La mayor parte de las veces, estas asociaciones cooperativas solo tienden a la emancipación de unos cuantos, y, cuando por acaso prosperan, se convierten en patronatos colectivos que se aprovechan del trabajo de simples asalariados y reparten los beneficios entre varios accionistas, sin acordarse de los antiguos compañeros de miseria más que para explotarlos.

Cuando se reflexiona que, en una industria privilegiada como la tipografía, muchos miles de obreros se hallan imposibilitados de intentar su emancipación, por incompleta que sea, mediante la asociación obrera, es preciso convenir en que este ejemplo, panacea favorita de los reformadores charlatanes, solo prueba una cosa: la impotencia de la sociedad cooperativa y la imposibilidad de generalizarla.

Otro de los remedios más cacareados consiste en la participación en los beneficios; y se explica el interés con que se aconseja este modo particular de retribución, pues está ya hoy demostrado que únicamente beneficia a los capitalistas, quienes, gracias a este sistema, recogen por un lado más de lo que aparentan prodigar por otro.

La participación en los beneficios, haciendo creer al obrero que trabaja para sí y que logrará mayor producto cuanto más trabaje, sujeta el obrero al taller, suprime las huelgas, asegura la disminución de los gastos generales por la economía de las primeras materias y obliga al obrero a producir la mayor cantidad posible de trabajo, precipitando así, por el exceso de producción que de esto resulta, el advenimiento de los paros y de las crisis periódicas. La participación en los beneficios no es, pues, sino un medio de aumentar el grado de explotación.