Cuando Suiza quiso librarse de la invasión clerical, cuando los Estados Unidos quisieron suprimir la esclavitud, no pudieron conseguirse estas dos reformas en ninguno de los dos países en que existía el derecho electoral, sino empleando la fuerza; la guerra del Sonderbund y la guerra separatista son prueba elocuente de ello.
No obstante, como en todo y para todo hay que adaptarse a las condiciones del medio en que se ha de vivir, desde el instante que el sufragio universal existe, es preciso atenerse a él, ajustarse a la situación creada por su establecimiento y tratar de utilizarse lo mejor que se pueda de un estado de cosas que no se ha provocado, pero que no se puede menos de acatar.
El sistema abstencionista no conduciría a nada. Las abstenciones aumentan debido a que, no votando nadie por el simple deseo de ejercer el acto de soberanía que consiste en echar un papel en una urna, se echa de ver cada día más la esterilidad del sufragio universal como instrumento de reformas. Pero si la acción electoral es estéril, la abstención no lo es menos. Las abstenciones no interrumpen en modo alguno la máquina electoral, y, aunque no se tenga participación alguna en la fabricación de diputados, estos no dejan de ser elegidos y tiene uno que someterse a las leyes confeccionadas por ellos. Negándose a tomar parte en las elecciones no se pone ningún obstáculo a la política burguesa.
Debe aprovecharse el sufragio universal, puesto que existe; mas no debe exigírsele lo que no puede conceder. El sufragio debe servir para reparar el mal causado por la fusión política del Proletariado y de la burguesía, y para formar, independientemente de todos los partidos burgueses, el ejército de la revolución social.
A lo que hay que aspirar especialmente, no es a la entrada de algunos socialistas en el Parlamento, ni tampoco a una acción parlamentaria cualquiera: lo que debe buscarse es el reunir a la clase obrera, diseminada en los diversos partidos republicanos burgueses, y el separarla de aquellos cuyos intereses económicos son opuestos a los suyos. Como medio de agrupar el Proletariado para la lucha, el sufragio universal puede contribuir a acentuar la división entre las clases confundidas políticamente por él, pero esto es todo lo que puede realizar.
El medio de apresurar, con auxilio del sufragio universal, esta formación del ejército obrero, es la candidatura de clase, que continúa en política la lucha de clases que rige nuestro estado social, acentuando en el terreno electoral el antagonismo existente entre aquellos que, cualesquiera que sean sus opiniones políticas, detentan los medios de producción, y los que no poseyendo más que su fuerza de trabajo, tienen que adaptarse para vivir a las exigencias de los primeros.
Pero no deben confundirse la candidatura de clase y la candidatura obrera. Como esta última no es otra cosa que la candidatura de un obrero de ideas más o menos radicales, lejos de tener para la burguesía una significación hostil, será poco a poco alabada y sostenida por ella; este es un nuevo lazo tendido a la sencillez de un Proletariado que comienza a desconfiar de los políticos de profesión, a comprender que ha sido burlado por ellos, y que, si legalmente ha sido proclamado soberano, en realidad ha seguido siendo esclavo.
Se tratará de conservar la confianza del Proletariado, que disminuye, proponiendo a sus sufragios uno de los suyos. Con la candidatura obrera se tratará de impedir que la guerra entre obreros y burgueses suceda a las inocentes escaramuzas entre republicanos de diversos matices. Bien sea un burgués o un obrero alistado bajo cualquier bandera de la burguesía el que salga elegido, el resultado será el mismo. La candidatura obrera, cuando no es otra cosa que la candidatura de un obrero, es una farsa; es necesario que la candidatura de clase lleve a la esfera política la guerra de clases que llena las páginas de la historia, y para efectuar esto debe elegirse el candidato en virtud de los servicios que puede prestar y no del estado que ejerza.
En efecto: si así como el enfermo tiene una noción más precisa de su dolor que el médico que le asiste, el obrero tiene más que nadie una idea exacta de las privaciones que sufre; así también, al tratarse del remedio conveniente, los obreros, considerados únicamente como obreros, no son más aptos para indicar la solución de la cuestión social que los enfermos para descubrir el tratamiento que conviene. Cuando su competencia en esta materia existe, proviene de estudios especiales y no de su posición de obreros.
Después de lo que antecede, ¿es necesario añadir que no emprendemos campaña alguna para obtener en la actualidad los derechos políticos de la mujer, y que, desde luego, la quimera de la candidatura femenina no nos cuenta en el número de sus partidarios, por más que en los grupos del Partido Obrero la mujer sea considerada como enteramente igual al hombre?