Primeramente, cualquier mercancía se cambia, con arreglo a esta fórmula, por otra mercancía diferente de cualquiera clase que sea. Esto es lo que ocurre en los cambios aislados, en que una sola mercancía expresa accidentalmente su valor en otra mercancía también sola.
En segundo lugar, una misma mercancía se cambia, no ya al azar con otra, sino regularmente con otras varias: 20 metros de tela, por ejemplo, valen alternativamente un vestido, 75 kilogramos de trigo, 100 kilogramos de hierro, etc.; en cuyo caso una mercancía expresa su valor en una serie de mercancías, mientras que en el caso anterior lo expresaba en una sola.
Hasta ahora no hay más que una mercancía que exprese su valor primeramente en otra mercancía y después en varias. Cada mercancía tiene que buscar su forma o sus formas de valor, no existiendo una forma de valor común a todas las mercancías.
En la fórmula que precede vemos que 20 metros de tela valen un vestido, o 75 kilogramos de trigo, o 100 kilogramos de hierro, o..., etc. No cambiando la mercancía cuyo valor se quiere expresar, y que es la tela, varían las que expresan su valor, siendo ora un vestido, ora el trigo, o bien el hierro, etc. La misma mercancía, la tela, puede tener tantas representaciones de su valor cuantas son las mercancías diferentes. Y como, por el contrario, quisiéramos que una sola representación reflejase el valor de todas las mercancías, invirtamos nuestro ejemplo de este modo: un vestido vale 20 metros de tela, 75 kilogramos de trigo valen 20 metros de tela, 100 kilogramos de hierro valen 20 metros de tela, etc., etc. Esta fórmula, que es la precedente invertida, la cual era a su vez el desarrollo de la forma simple de la relación de cambio, nos da, por último, una expresión uniforme de valor para el conjunto de las mercancías. Todas tienen ya una medida común de valor, la tela, que, siendo susceptible de cambio inmediato con ellas, es para todas la forma de existencia de su valor.
Desde el punto de vista del valor, las mercancías son cosas puramente sociales y su forma valor debe, por lo tanto, revestir una forma de validez social. Y la forma valor no ha adquirido consistencia sino desde el momento en que se ha unido a un género especial de mercancías, a un objeto único universalmente aceptado. Este objeto único, forma oficial de los valores podía ser, en principio, una mercancía cualquiera; pero la mercancía especial, con cuya forma natural se ha confundido poco a poco el valor, es el oro. Sustituyamos, en nuestra última fórmula, la tela con el oro, y obtendremos la forma moneda del valor; todas las mercancías son reducidas a cierta cantidad de oro.
Antes de conquistar históricamente este monopolio social de forma del valor, el oro era una mercancía como cualquier otra, y solo porque representaba de antemano el papel de mercancía al lado de las demás, funciona hoy como moneda frente a las otras mercancías. Como toda mercancía, el oro se presentó primero accidentalmente en cambios aislados. Poco a poco funcionó, en una esfera más o menos limitada, como medida general del valor. En la actualidad, los cambios de productos se verifican exclusivamente por su mediación.
La forma moneda del valor aparece hoy como su forma natural. Al decir que el trigo, un vestido, un par de botas, se refieren a la tela como a la medida de valor, como a la encarnación general del trabajo humano, salta inmediatamente a la vista lo extraño de tal proposición; pero cuando los productores de estas mercancías, en vez de referirlas a la tela, las refieren al oro o a la plata, lo cual en el fondo es lo mismo, la proposición deja de sorprenderles. No parece que una mercancía se haya convertido en moneda, porque las demás mercancías expresen en ella su valor, sino por el contrario, parece que las mercancías expresan en ella su valor, porque es moneda.
IV. Apariencia material del carácter social del trabajo.
Esta forma moneda o dinero, contribuye, pues, a dar una idea falsa de las relaciones de los productores, cuyas relaciones ponen los productos en presencia unos de otros para cambiarlos comparando sus valores, es decir, comparando el trabajo de diferente género que cada cual contiene en concepto de trabajo humano semejante, y prestando así a este trabajo y a sus productos un aspecto social distinto de su aspecto natural.
Y los productos del trabajo que en sí mismos son cosas sencillas y fáciles de comprender, se tornan complicados, llenos de sutilezas y enigmáticos, en cuanto se les considera como objetos de valor prescindiendo de su naturaleza física, en una palabra, desde que se convierten en mercancías.