La circulación no acaba tampoco, como el cambio inmediato, en el cambio de dueño de los productos. El dinero no desaparece. En el movimiento (tela - dinero - vestido), la tela, vendida a quien quiere usarla, sale de la circulación, reemplazándola el dinero; el vestido sale después, reemplazándolo también el dinero, y así sucesivamente. Cuando la mercancía de un cambista, que en este caso es el sastre, reemplaza la de otro, el tejedor, el dinero pasa siempre a un tercero, el vendedor de vino.

La compra es el complemento forzoso de la venta; pero no es forzoso que estas dos operaciones complementarias se sucedan inmediatamente; puede separarlas un periodo de tiempo más o menos largo. Si la separación de las dos operaciones se prolonga demasiado, su unión íntima se demuestra por la crisis que surge.

Curso de la moneda.

Desde el momento que el vendedor completa la venta por la compra, el dinero sale de sus manos. En nuestro ejemplo, la moneda pasa de manos del tejedor a las del sastre y de las de este a las del mercader de vino, realizando sucesivamente el precio de su mercancía. El movimiento que la circulación de las mercancías imprime a la moneda, la aleja, por lo tanto, de su punto de partida, para trasmitirla sin interrupción de mano en mano: esto es lo que se llama curso de la moneda. Trátase ahora de saber la cantidad de moneda que el movimiento de circulación puede absorber.

En un país se realizan diariamente ventas más o menos numerosas de mercancías diversas. El valor de las mercancías vendidas se hallaba expresado antes de su venta, por su precio, es decir, por una cantidad de oro imaginado. La moneda realiza el precio de estas mercancías, trasmitiéndolas del vendedor al comprador; en otros términos, representa realmente las cantidades de oro ya expresadas imaginariamente en el total de los precios. La cantidad de dinero exigida por la circulación de todas las mercancías que existen en el mercado, se halla determinada, por lo tanto, por el total de sus precios. Siempre que varíe este total, variará en la misma proporción la masa de moneda circulante.

Ciertas variaciones de esta masa dependen, en último resultado, de la moneda, del oro mismo.

Antes de que el oro funcione como medida del valor, su propio valor se halla determinado, y si funciona como tal, se debe a qué es un producto del trabajo, es decir, un valor variable. En este concepto, cada vez que su valor sufra alteración, se alterará evidentemente la estimación del valor de las mercancías, hecha con arreglo al suyo.

Si el valor del oro aumenta, si, por ejemplo, se duplica, un escudo valdrá lo que antes valían dos escudos, y las mercancías que valían dos escudos, valdrán, por consecuencia, uno. Si disminuye, por ejemplo, en la mitad, dos escudos valdrán lo que antes uno y las mercancías que valían dos escudos valdrán cuatro. Hay que admitir, naturalmente, en ambos casos que el valor particular de las mercancías, es decir, que el tiempo necesario para su producción, sigue siendo el mismo.

Así, pues, los precios, estimación del valor de las mercancías en oro, varían con el valor de este; y como no hay alteración en el valor de las mercancías, los precios bajan si aumenta el valor del oro y suben si disminuye.

Hallándose determinada la cantidad de moneda corriente por el total de precios que deben realizarse, toda variación en estos precios produce una alteración en la cantidad de moneda circulante; cuya variación puede depender, según hemos visto, de la misma moneda, en su cualidad, no de instrumento de la circulación, sino de medida del valor. Dicho esto, suponemos que el valor del oro se haya establecido, como lo está efectivamente, en el momento de fijar los precios.