Consideremos cierto número de ventas sin relación entre sí, por ejemplo, las ventas aisladas de un saco de trigo, de veinte metros de tela, de un vestido y de una pipa de vino. Siendo el precio de cada artículo dos escudos, para realizar el precio de los cuatro, habría que poner ocho escudos en circulación. Por el contrario, si estas mismas mercancías forman la serie de transformaciones expuestas en el párrafo precedente: un saco de trigo — dos escudos — un vestido — dos escudos — veinte metros de tela — dos escudos — un barril de vino — dos escudos, los mismos dos escudos que se detienen en la mano del mercader de vino ponen en circulación las cuatro mercancías, realizando su precio sucesivamente; en cuyo caso, la velocidad del curso de la moneda suple a su cantidad.

El cambio de lugar, cuatro veces repetido, de los dos escudos resulta de las transformaciones completas (su venta seguida de compra) y en relación unas con otras, del trigo, de la tela y del vestido, que terminan con la primera transformación de la pipa de vino. Los movimientos complementarios entre sí, que forman esta serie, se verifican sucesivamente; necesitan más o menos tiempo para realizarse y la velocidad del curso de la moneda que, según acabamos de ver influye en su cantidad, se mide por el número de mutaciones de las mismas monedas en un tiempo dado. Supongamos que la circulación de nuestras cuatro mercancías dure un día; la masa de moneda corriente, dos escudos, multiplicada por el número de mutaciones de las mismas monedas, es decir, por cuatro, es igual al total del precio de las mercancías, o sean ocho escudos.

La circulación en un país comprende, durante un tiempo dado, las ventas o compras aisladas, es decir, las transformaciones parciales en que la moneda solo cambia de lugar una vez, y las series de transformaciones más o menos extensas, en que las mismas monedas experimentan traslaciones más o menos numerosas. Cada una de las monedas que componen la suma total de dinero en circulación, funciona, pues, con actividad diferente, pero el conjunto de las monedas semejantes realiza, durante un tiempo determinado, un total de precios; por consecuencia, se establece una velocidad media en el curso de la moneda. Conocida esta velocidad media, queda determinada la masa de oro que puede funcionar como instrumento de la circulación, puesto que esta masa multiplicada por el número medio de sus mutaciones debe ser igual al total de precios que hay que realizar.

La velocidad del curso de la moneda solo indica la velocidad de las transformaciones de las mercancías, la mayor o menor rapidez con que desaparecen de la circulación y su reemplazo por nuevas mercancías.

En el curso rápido de la moneda aparece la unión de la venta y de la compra como dos actos alternativamente realizados por los mismos cambistas. Por el contrario, la lentitud del curso de la moneda pone de manifiesto la separación de estas dos operaciones, y la interrupción de los cambios de forma de las mercancías. Es muy común la tendencia a explicar esta interrupción por la cantidad insuficiente de moneda circulante, siendo así que (y esto resulta de lo que precede) la cantidad de los medios de circulación, en un periodo dado de tiempo, se halla determinada por el precio total de las mercancías circulantes y por la velocidad media de sus transformaciones, en dinero, por medio de la venta, y en otras mercancías por medio de la compra.

El numerario o las especies y el papel-moneda.

El numerario tiene su origen en la función que desempeña la moneda como instrumento de circulación. El peso de oro adoptado como unidad de medida y sus subdivisiones deben presentarse ante las mercancías en el mercado bajo la forma de numerario o de especies acuñadas. De la misma manera que el establecimiento de la unidad de medida, la acuñación es de la incumbencia del Estado. El oro y la plata revisten así, en concepto de numerario, una forma oficial, un uniforme nacional, que abandonan en el mercado del mundo.

Las monedas de oro o de plata se desgastan más o menos en su circulación y pierden, por consecuencia, mayor o menor cantidad de peso. Especies de igual nombre, que vienen a ser, de este modo, de valor desigual por carecer del mismo peso, se consideran iguales en la circulación. Aun cuando pierden parte de su peso, conservan su valor nominal. La circulación tiende, pues, a transformar el numerario en un emblema de su peso metálico oficial.

La función numeraria del oro, desprendida así de su valor metálico por el roce mismo de su circulación, puede ser desempeñada por cosas relativamente sin valor, tales como unos pedazos de papel. Y desde este momento, como la moneda, en concepto de numerario o instrumento de circulación, queda reducida a ser el signo de sí propia, puede reemplazársela en esta función con simples signos. Solo es necesario que el signo de la moneda, el papel moneda, sea, como ella, socialmente valedero; cuyo carácter lo adquiere por la acción del Estado. Además, ocupando el lugar de la moneda, el papel moneda debe ser proporcionado, en su emisión, a la cantidad de moneda que represente y que realmente debería circular. En el caso en que excediera de esta proporción legítima, los hechos la reducirían al tipo indicado. Si la masa de papel moneda llegara a ser el doble de la proporción debida, un billete de 100 pesetas, por ejemplo, no representaría más que 50 pesetas. No se trata aquí más que del papel moneda puesto en circulación por el Estado y con curso forzoso.

III. Reservas de oro y de plata o tesoros.