Pareciéndoles, desde el punto de vista especulativo, que el más agradable de todos los sistemas sociales sería aquel en que floreciera la difusión sin límites de las voluntades individuales, siendo ellas mismas su única ley, los anarquistas hablan de realizarla, sin cuidarse de averiguar si las necesidades económicas permitirían establecerla. No echan de ver el carácter retrógrado del individualismo llevado hasta el último extremo, de la autonomía ilimitada, que es el fondo del anarquismo.

En los diferentes órdenes de hechos, la evolución se opera invariablemente pasando de una forma incoherente a otra forma cada vez más coherente, de un estado difuso a otro concentrado; y a medida que aumenta la concentración de las partes, aumenta también su dependencia recíproca, es decir, que cuanto mayor es su cohesión, menos pueden las unas extender su actividad sin ayuda de las otras. Esta es una verdad general, que los anarquistas no sospechan siquiera: pobres gentes que tienen la pretensión de ver más lejos que todos los demás, sin comprender que andan hacia atrás como los cangrejos.

Todas estas concepciones extravagantes, aunque más o menos bien intencionadas, las ha sustituido Marx antes que nadie con el estudio de los fenómenos sociales, basándolo en la única concepción real: en la concepción materialista. No ha preconizado un sistema más o menos perfecto desde el punto de vista subjetivo, no; ha examinado escrupulosamente los hechos, agrupado los resultados de sus investigaciones y sacado de ellos la consecuencia, que ha sido la explicación científica de la marcha histórica de la Humanidad, y en particular del periodo capitalista que atravesamos.

La Historia, ha afirmado Marx, no es sino una historia de la guerra de clases. La división de la sociedad en clases, que aparece con la vida social del hombre, descansa en relaciones económicas, mantenidas por la fuerza, y según las cuales unos llegan a descargarse sobre otros de la necesidad natural del trabajo.

Los intereses materiales han sido siempre la causa de la lucha incesante de las clases privilegiadas, ora entre ellas mismas, ora entre las clases inferiores, a expensas de las cuales viven. Las condiciones de la vida material son las que dominan al hombre; y estas condiciones, y por consecuencia el modo de producción, son las que han determinado y determinarán las costumbres y las instituciones sociales, económicas, políticas, jurídicas, etc.

Tan luego como una parte de la sociedad ha monopolizado los medios de producción, la otra parte, en la que recae el peso del trabajo, se ve obligada a añadir al tiempo de trabajo exigido por su propia manutención una demasía, por la que no recibe equivalente alguno, y está destinada a sostener y a enriquecer a los poseedores de los medios de producción. Como monopolizador de trabajo no pagado, el cual, por medio de la supervalía creciente de que es origen, acumula más cada vez en manos de la clase propietaria los instrumentos de dominio, el régimen capitalista sobrepuja en poderío a todos los sistemas anteriores de trabajos forzosos.

Solo que hoy día las condiciones económicas que este régimen engendra, atajadas en su evolución natural por el régimen mismo, tienden fatalmente a romper el molde capitalista que no puede ya contenerlas; y estos principios destructores son los elementos de la nueva sociedad.

La misión histórica de la clase actualmente explotada, del Proletariado, a quien organiza y disciplina el mecanismo mismo de la producción capitalista, es acabar la obra de destrucción ya comenzada por el desarrollo de los antagonismos sociales. Es preciso, ante todo, que el Proletariado arranque revolucionariamente a sus adversarios de clase, con el poder político, la fuerza consagrada por ellos a conservar intactos sus monopolios económicos.

Una vez dueño del poder político, aquel podrá, procediendo a la socialización de los medios de producción mediante la expropiación de los usurpadores del trabajo ajeno, suprimir la contradicción hoy existente entre la producción colectiva y la apropiación privada capitalista y realizar la universalización del trabajo y la abolición de clases.

Tal es el bosquejo de la teoría irrefutablemente enseñada por Marx, y cuya solidez bien probada puede todo el mundo apreciar estudiando atentamente su obra.