En segundo lugar, el producto es propiedad, no del productor inmediato, que es el trabajador, sino del capitalista. Este paga el valor cotidiano, por ejemplo, de la fuerza de trabajo; el uso de esta fuerza de trabajo le pertenece, por lo tanto, durante un día, como el de un caballo que se alquila diariamente. En efecto, el uso de la mercancía pertenece al comprador, y al dar su trabajo el poseedor de la fuerza de trabajo, el obrero, solo da en realidad el valor de uso que ha vendido; desde su entrada en el taller, la utilidad de su fuerza de trabajo pertenece al capitalista. Al comprar este la fuerza de trabajo ha añadido el trabajo, como elemento activo del producto, a los elementos pasivos, a los medios de producción que poseía. Es una operación de cosas que ha comprado, que le pertenecen. Por lo tanto, el producto resultante le pertenece con igual título que el producto de la fermentación en su bodega.

II. Análisis del valor del producto.

El producto, propiedad del capitalista, es un valor de uso, como tela, botas, etc. Pero, de ordinario, el capitalista no fabrica por amor a la tela. En la producción mercantil el valor de uso, el objeto útil, solo sirve de porta-valor; para el capitalista, lo principal es producir un objeto útil que tenga un valor cambiable, un artículo destinado a la venta, una mercancía. Quiere además el capitalista que el valor de esta mercancía supere al valor de las mercancías empleadas en producirla, es decir, al valor de los medios de producción y de la fuerza de trabajo en cuya compra invirtió su dinero. Quiere producir, no solo una cosa útil, sino un valor, y no solamente un valor, sino también una supervalía.

Así como la mercancía es a la vez valor de uso y valor de cambio, del mismo modo su producción debe ser a la vez formación de valor de uso y de valor. Examinemos ahora la producción desde el punto de vista del valor.

Sabemos que el valor de una mercancía está determinado por la cantidad de trabajo que contiene, por el tiempo socialmente necesario para su producción. Necesitamos, pues, calcular el trabajo contenido en el producto que nuestro capitalista ha hecho fabricar, 5 kilogramos de hilados, por ejemplo.

Para producir esta cantidad de hilados se necesita una primera materia; pongamos 5 kilogramos de algodón, comprados en el mercado en su valor, que es, por ejemplo, 13 pesetas; admitamos que el desgaste de los instrumentos empleados, brocas, etc., asciende a 3 pesetas. Si una masa de oro de 16 pesetas, que es el total de los guarismos anteriores, es el producto de 24 horas de trabajo, se deduce que, siendo la jornada de trabajo de 12 horas, hay ya dos jornadas contenidas en los hilados.

Sabemos ya cuál es el valor que el algodón y el desgaste de las brocas dan a los hilados: es igual a 16 pesetas. Falta averiguar el valor que el trabajo del hilandero añade al producto.

En esto es indiferente el género especial de trabajo o su cualidad; lo que importa es su cantidad: no se trata, como cuando se considera el valor de uso, de las necesidades particulares que la actividad del trabajador tiene por objeto satisfacer, sino únicamente del tiempo durante el cual ha gastado su fuerza en esfuerzos útiles. No hay que olvidar, por otra parte, que el tiempo necesario en las condiciones ordinarias de la producción es el único que se cuenta para la formación del valor.

Desde este último punto de vista, la primera materia se impregna de cierta cantidad de trabajo, considerado únicamente como gasto de fuerza humana en general. Verdad es que esta absorción de trabajo convierte la primera materia en hilados, gastándose la fuerza del obrero en la forma particular de trabajo que se llama hilar; pero el producto en hilados solo sirve por el momento para indicar la cantidad de trabajo absorbido por el algodón. Por ejemplo, 5 kilogramos de hilados indicarán seis horas de trabajo, si para hilar 833 gramos se necesita una hora. Ciertas cantidades de productos, determinadas por la experiencia, representan el gasto de la fuerza de trabajo durante una hora, dos, un día.

Al realizarse la venta de la fuerza de trabajo, supongamos que se ha sobreentendido que su valor diario era de 4 pesetas, suma equivalente a seis horas de trabajo, y, por consiguiente, que era preciso trabajar seis horas para producir lo necesario al sustento cotidiano del obrero. Pero nuestro hilandero ha transformado en seis horas, en media jornada de trabajo, los 5 kilogramos de algodón en 5 kilogramos de hilados. Habiéndose fijado este mismo tiempo de trabajo en una cantidad de oro de 4 pesetas, ha añadido al algodón un valor de 4 pesetas.