¿Qué es una jornada de trabajo? ¿Cuál es la duración del tiempo en que el capital tiene el derecho de consumir la fuerza de trabajo cuyo valor compra por un día? ¿Hasta qué punto puede prolongarse la jornada más del trabajo necesario para la reproducción de esta fuerza? A todas estas preguntas responde el capital: la jornada de trabajo comprende veinticuatro horas completas, deduciendo las horas de descanso sin las cuales la fuerza de trabajo estaría en la imposibilidad absoluta de volver a la labor.

No queda, pues, tiempo para el desarrollo intelectual, para el libre ejercicio del cuerpo y del espíritu. El capital monopoliza el tiempo que exigen el desarrollo y sostenimiento del cuerpo en cabal salud, escatima el tiempo de las comidas y reduce el tiempo de sueño al mínimum de pesado entorpecimiento sin el cual el extenuado organismo no podría funcionar. No es, pues, el sostenimiento regular de la fuerza de trabajo el que sirve de regla para la limitación de la jornada de trabajo; al contrario, el tiempo de reposo concedido al obrero está regulado por el mayor gasto posible por día de su fuerza.

III. Explotación del trabajador libre, en la forma y en el fondo.

Suponiendo que la jornada de trabajo esté compuesta de seis horas de trabajo necesario y seis horas de sobretrabajo, el trabajador libre suministra al capitalista treinta y seis horas de sobretrabajo en los seis días de la semana. Es lo mismo que si trabajase tres días para sí y tres días gratis para el capitalista. Pero esto no salta a la vista; el sobretrabajo y el trabajo necesario se confunden entre sí. Distinta cosa ocurre con la servidumbre corporal. En esta forma de servidumbre el sobretrabajo es independiente del trabajo necesario; el labriego ejecuta esto último en su campo propio y aquel en la tierra señorial; de este modo distingue claramente el trabajo que ejecuta para su propio sostenimiento y el que realiza para el señor.

La explotación del trabajador libre es menos visible, tiene una forma más hipócrita. Pero, en realidad, la diferencia de forma en nada altera el fondo sino es para empeorarlo. Tres días de sobretrabajo por semana son siempre tres días de trabajo que nada producen al mismo trabajador, sea cualquiera el nombre que tengan, servidumbre corporal o beneficio.

Hemos dicho que lo que únicamente interesa al capital es el máximum de esfuerzos que, en definitiva, puede arrancar a la fuerza de trabajo en una jornada. Procura conseguir su objeto sin inquietarse por lo que pueda durar la vida de la fuerza de trabajo; así ocasiona la debilitación y la muerte prematura, privándola, por la prolongación impuesta de la jornada, de sus condiciones regulares de actividad y de desarrollo, así en lo físico como en lo moral.

Parece, sin embargo, que el interés mismo del capital debería impulsarle a economizar una fuerza que le es indispensable. Pero la experiencia enseña al capitalista que, por regla general, hay exceso de población, es decir, exceso con relación a la necesidad del momento del capital, aunque esta masa abundante esté formada de generaciones humanas mal desarrolladas, entecas y en disposición de extinguirse.

La experiencia demuestra también al observador inteligente con qué rapidez la producción capitalista, que, históricamente hablando, es de fecha reciente, ataca en la misma raíz la sustancia y la fuerza del pueblo; manifiesta cómo el aniquilamiento de la población industrial se hace más lento por la absorción constante de elementos nuevos tomados a los campos, y cómo los mismos trabajadores de los campos empiezan a decaer.

Pero el capital se preocupa tanto de la extenuación de la raza como de la dislocación de la tierra. En todo periodo de especulación, cada cual sabe que un día ocurrirá la explosión, pero cada uno espera no ser arrollado por ella después de haber obtenido, sin embargo, el beneficio ansiado. ¡Después de mí, el diluvio! Tal es el lema de todo capitalista.

Trabajo de día y trabajo de noche.