El capital solo piensa, pues, en la formación de supervalía, sin preocuparse de la salud ni de la vida del trabajador. Verdad es que, considerando las cosas en su conjunto, esto no depende tampoco de la mala o buena voluntad del capitalista como individuo. La concurrencia anula las voluntades individuales y somete a los capitalistas a las leyes imperiosas de la producción capitalista.

Estando inactivos los medios de producción, son causa de pérdida para el capitalista, porque durante el tiempo que no absorben trabajo representan un adelanto inútil de capital, además de exigir con frecuencia un gasto suplementario cada vez que se vuelve a empezar la obra. Siendo físicamente imposible para las fuerzas de trabajo trabajar cada día veinticuatro horas, los capitalistas han vencido la dificultad; había en esto una cuestión de ganancia para ellos e imaginaron emplear alternativamente fuerzas de trabajo por el día y por la noche, lo cual puede efectuarse de diferentes maneras: una parte del personal del taller hace, por ejemplo, durante una semana el servicio de día y durante la siguiente semana el servicio de noche.

El sistema de trabajo de noche aprovecha tanto más al capitalista cuanto que se presta a una escandalosa explotación del trabajador; tiene además una influencia perniciosa sobre la salud, pero el capitalista realiza un beneficio y esto es lo único importante para él.

IV. Reglamentación de la jornada de trabajo.

De todas suertes, el capitalista abusa sin tasa del trabajador en tanto que la sociedad no se lo impide. El establecimiento de una jornada soportable de trabajo es el resultado de una larga lucha entre capitalista y trabajador. La historia de esta lucha presenta, sin embargo, dos tendencias opuestas.

En tanto que la legislación moderna acorta la jornada de trabajo, la antigua legislación procuraba prolongarla; se quería obtener del trabajador, con el auxilio de los Poderes públicos, una cantidad de trabajo que la sola fuerza de las condiciones económicas no permitía imponerlo todavía. En efecto, se necesitarían siglos para que el trabajador libre, a consecuencia del desarrollo de la producción capitalista, se prestase voluntariamente, es decir, se viera obligado socialmente a vender todo su tiempo de vida activa, su capacidad de trabajo, por el precio de sus habituales medios de subsistencia, su derecho de primogenitura por un plato de lentejas. Es, pues, natural que la prolongación de la jornada de trabajo, impuesta con la ayuda del Estado desde mediados del siglo XIV hasta el siglo XVIII, corresponda poco más o menos a la disminución del tiempo de trabajo que el Estado decreta e impone acá y allá, en la segunda mitad del siglo XIX.

Si en Estados como Inglaterra las leyes moderan, por una limitación oficial de la jornada de trabajo, el encarnizamiento del capital por absorber trabajo, es porque, sin hablar del movimiento cada vez más amenazador de las clases obreras, esta limitación ha sido dictada por la necesidad. La misma concupiscencia ciega que agota el suelo, atacaba en su raíz la fuerza vital de la nación y ocasionaba su aniquilamiento, como acabamos de demostrar.

V. Lucha por la limitación de la jornada de trabajo.

El objeto especial, el fin real de la producción capitalista es la producción de supervalía o la sustracción de trabajo extra; téngase presente que solo el trabajador independiente puede, en calidad de poseedor de la mercancía, contratar con el capitalista; pero el trabajador aislado, el trabajador como vendedor libre de su fuerza de trabajo, debe someterse sin resistencia posible cuando la producción capitalista alcanza cierto grado.

Preciso es confesar que nuestro trabajador sale del dominio de la producción de distinto modo que entró en ella. Se había presentado en el mercado como poseedor de la mercancía «fuerza de trabajo» enfrente de poseedores de otras mercancías, mercader frente a mercader. El contrato mediante el cual vendía su fuerza de trabajo, parecía resultar de un acuerdo entre dos voluntades libres, la del vendedor y la del comprador. Una vez concluido el negocio, se descubre que él no era libre, que el tiempo por el cual puede vender su fuerza de trabajo es el tiempo por el cual está obligado a venderla y que, en realidad, el vampiro que le chupa no le deja mientras quede una gota de sangre que extraer; para defenderse contra esta explotación es necesario que los obreros, por un esfuerzo colectivo, por una presión de clase, obtengan que un obstáculo social les impida venderse ellos y sus hijos por «contrato libre» hasta la esclavitud y la muerte. La pomposa «declaración de los derechos del hombre» es reemplazada de este modo por una modesta ley que indica cuándo termina el tiempo que vende el trabajador y cuándo empieza el tiempo que le pertenece.