La reunión de hombres es la condición misma de su acción común, de su cooperación. Para que un capitalista pueda emplear al mismo tiempo cierto número de asalariados, es necesario que compre a la vez sus fuerzas de trabajo. El valor total de estas fuerzas, o cierta suma de salarios por día, semana, etc., debe estar reunida en la caja del capitalista antes que los obreros estén reunidos en el acto de la producción. El número de los cooperantes o la importancia de la cooperación depende, por consecuencia, ante todo de la magnitud del capital que puede ser adelantado para la compra de fuerzas de trabajo, es decir, de la relación en que un solo capitalista dispone de los medios de subsistencia de numerosos obreros.
Por otro lado, el incremento de la parte variable del capital necesita el de su parte constante; con la cooperación, el valor y la cantidad de los medios de producción, materias primeras e instrumentos de trabajo, aumentan considerablemente. Cuanto más se desarrollan las fuerzas productivas del trabajo, mayor es la cantidad de primeras materias que se invierten en un tiempo determinado. La concentración de los medios de producción en manos de capitalistas es, pues, la condición material de toda cooperación entre asalariados.
Hemos visto en el [capítulo decimoprimero] que el poseedor de dinero necesitaba tener un mínimum de este que lo permitiese explotar bastantes obreros para descargarse en ellos de todo trabajo manual. Sin esta condición, el pequeño patrón no hubiese podido ser sustituido por el capitalista, y la producción no hubiera podido revestir la forma de producción capitalista. El mínimum de magnitud del capital que debe encontrarse en manos de los particulares, se presenta ahora como la concentración de riqueza necesaria para la transformación de los trabajos aislados en trabajo colectivo.
El mando en la industria pertenece al capital.
En los comienzos del capital, su mando sobre el trabajo tiene un carácter casi accidental. El obrero trabaja bajo las órdenes del capital en el sentido de que le ha vendido su fuerza por carecer de los medios materiales para trabajar por su propia cuenta. Pero desde el momento en que hay cooperación entre obreros asalariados, el mando del capital se manifiesta como una condición indispensable de la ejecución del trabajo. Todo trabajo social o común reclama una dirección que armonice las actividades individuales. Un músico que ejecuta un solo se dirige a sí propio, pero una orquesta necesita un director. Esta función directriz de vigilancia llega a ser la función del capital cuando el trabajo que le está subordinado se hace cooperativo, y, como función capitalista, adquiere caracteres especiales.
El aguijón poderoso de la producción capitalista es la necesidad de hacer valer el capital; su fin determinante es la mayor fabricación posible de supervalía, o, lo que es lo mismo, la mayor explotación posible de la fuerza de trabajo. A medida que aumenta el número de obreros explotados en conjunto, mayor es su fuerza de resistencia contra el capitalista y es preciso ejercer una presión más enérgica para domar toda resistencia. En manos del capitalista la dirección no es solo la función especial que nace de la naturaleza del trabajo cooperativo o social, es además, y sobre todo, la función de explotar el trabajo social, función que tiene por base el antagonismo inevitable entre el explotador y la fuerza que explota. La forma de esta dirección llega a ser indefectiblemente despótica. Las formas particulares de este despotismo se desenvuelven a medida que se desarrolla la cooperación.
El capitalista empieza por dispensarse del trabajo manual. Después, cuando aumenta su capital y con este la fuerza colectiva que explota, abandona su función de vigilancia inmediata de los obreros y de los grupos obreros y la confía a una especie particular de asalariados. Cuando llega a encontrarse a la cabeza de un ejército industrial, necesita oficiales superiores (directores, gerentes) y oficiales inferiores (vigilantes, inspectores, contramaestres) que, durante el trabajo, mandan en nombre del capital. El trabajo de la vigilancia se convierte en función exclusiva de estos asalariados especiales.
El mando en la industria pertenece al capital, como en los tiempos feudales pertenecían a la propiedad territorial la dirección de la guerra y la administración de la justicia. Augusto Comte y la escuela positivista han intentado demostrar la eterna necesidad de los señores del capital; hubieran podido igualmente y con las mismas razones demostrar la de los señores feudales.
La fuerza colectiva del trabajo aparece como una fuerza propia del capital.
El obrero es propietario de su fuerza de trabajo mientras discute el precio de venta con el capitalista, y solo puede vender lo que posee, su fuerza individual. Así es como el capitalista contrata con uno o con cien obreros independientes unos de otros y que podría emplear sin hacerlos cooperar. El capitalista paga por separado a cada uno de los cien obreros su fuerza de trabajo, pero no paga la fuerza combinada de los ciento.