El motor da el impulso a todo el mecanismo. Engendra su propia fuerza de movimiento, como la máquina de vapor, o recibe el impulso de una fuerza natural exterior, como la rueda hidráulica lo recibe de un salto de agua y el aspa de un molino de viento de las corrientes de aire.

La transmisión compuesta de volantes, correas, poleas, etcétera, lo distribuye, lo cambia de forma si es necesario y lo transmite a la máquina de operación, a la máquina-utensilio. El motor y la transmisión existen solo, en efecto, para comunicar a la máquina-utensilio el movimiento que la hace actuar sobre el objeto de trabajo y cambiar su forma.

Examinando la máquina-utensilio, encontramos en grande, aunque bajo formas modificadas, los aparatos e instrumentos que emplea el artesano o el obrero manufacturero; pero de instrumentos manuales del hombre se han convertido en instrumentos mecánicos de una máquina. La máquina-utensilio es, pues, un mecanismo que, recibiendo el movimiento conveniente, ejecuta con sus instrumentos las mismas operaciones que el trabajador ejecutaba antes con instrumentos semejantes.

Desde que el instrumento, fuera ya de la mano del hombre, es manejado por un mecanismo, la máquina-utensilio reemplaza a la simple herramienta y realiza una revolución aun cuando el hombre continúe impulsándola sirviendo de motor. Porque el número de utensilios que el hombre puede manejar al mismo tiempo está limitado por el número de sus propios órganos: si el hombre solo posee dos manos para tener agujas, la máquina de hacer medias, movida por un hombre, hace puntos con muchos millares de agujas; el número de utensilios o herramientas que una sola máquina pone en actividad a la vez, se ha emancipado, por lo tanto, del límite orgánico que no podía traspasar el utensilio manual.

Hay instrumentos que muestran claramente el doble papel del obrero como simple motor y como ejecutor de la mano de obra propiamente dicha. Elijamos como ejemplo el torno: el pie obra sobre el pedal como motor mientras las manos hilan trabajando con el huso. De esta última parte del instrumento, órgano de la operación manual, se apodera en primer término la revolución industrial, dejando al hombre, a la vez que la nueva tarea de vigilar la máquina, el papel puramente mecánico de motor.

La máquina, punto de partida de la revolución industrial, reemplaza, pues, al operario que maneja una herramienta, con un mecanismo que trabaja a la vez con muchos utensilios semejantes y que recibe el impulso de una fuerza única, sea cualquiera la forma de esta fuerza. Esta máquina-utensilio no es, sin embargo, más que el elemento simple de la producción mecánica.

Al llegar a cierto punto, solo es posible aumentar las dimensiones de la máquina de operación y el número de sus utensilios cuando se dispone de una fuerza impulsiva superior a la del hombre, sin contar con que el hombre es un agente muy imperfecto cuando se trata de producir un movimiento continuo y uniforme. De este modo, al ser sustituido el utensilio por una máquina movida por el hombre, se hizo necesario en seguida reemplazar al hombre en el papel de motor por otras fuerzas naturales.

Recurriose al caballo, al viento y al agua; pero tan solo en la máquina de vapor de Watt se encontró un motor capaz de engendrar por sí mismo su propia fuerza motriz consumiendo agua y carbón, y cuyo ilimitado grado de potencia es regulado perfectamente por el hombre. Además, no siendo condición precisa que este motor funcione en los lugares especiales donde se encuentra la fuerza motriz natural, como ocurre con el agua, puede transportarse e instalarse allí donde se reclame su acción.

Una vez emancipado el motor de los límites de la fuerza humana, la máquina-utensilio, que inauguró la revolución industrial, desciende a la categoría de simple órgano del mecanismo de operación. Un solo motor puede poner en movimiento muchas máquinas-utensilio. El conjunto del mecanismo productivo presenta entonces dos formas distintas: o la cooperación de muchas máquinas semejantes, como en el tejido, por ejemplo, o una combinación de máquinas diferentes, como ocurre en la filatura.

En el primer caso, el producto es fabricado por completo por la misma máquina-utensilio, que ejecuta todas las operaciones; y la forma propia del taller fundado en el empleo de las máquinas, la fábrica, se presenta en primer término como una aglomeración de máquinas-utensilio de la misma especie, que funcionan a la vez en el mismo local. Así, una fábrica de tejidos está formada por la reunión de muchos telares mecánicos. Pero existe aquí una verdadera unidad técnica en cuanto estas numerosas máquinas-utensilio reciben uniformemente su impulso de un motor común. Así como numerosos utensilios forman los órganos de una máquina-utensilio, así también numerosas máquinas-utensilio forman otros tantos órganos semejantes de un mismo mecanismo motor.