II. Valor transmitido por la máquina al producto.

Hemos visto que las fuerzas productivas que resultan de la cooperación y de la división del trabajo no cuestan nada al capital. Estas son las fuerzas naturales del trabajo social. Tampoco cuestan nada las fuerzas físicas apropiadas para la producción, tales como el agua, el vapor, etc.; pero para utilizarlas hacen falta ciertos aparatos preparados por el hombre: para explotar la fuerza motriz del agua hace falta una rueda hidráulica, para explotar la elasticidad del vapor es necesaria una máquina.

Si bien es desde luego evidente que la industria mecánica acrecienta de un modo maravilloso la productividad del trabajo, surge la duda de si el empleo de las máquinas economiza más trabajo del que cuestan su construcción y entretenimiento.

Como cualquiera otro elemento del capital constante, que es la parte adelantada en medios de producción, la máquina no produce valor y únicamente transmite el suyo al artículo que fabrica. Pero la máquina, ese medio de trabajo de la gran industria, es muy costosa comparada con los medios de trabajo del oficio y de la manufactura.

Aunque la máquina es utilizada siempre por completo para la creación de un producto, es decir, como elemento de producción, es consumida solamente por fracciones para la formación del valor, esto es, como elemento de valor. En efecto, una vez creado el producto, la máquina subsiste aún; ha servido toda ella para crearlo, pero no desaparece en esa creación, sino que continúa en disposición de volver a empezar para un nuevo producto. Nunca da más valor del que su desgaste la hace perder por término medio. Existe, pues, una gran diferencia entre el valor de la máquina y el valor que transmite a su producto, entre la máquina elemento de valor y la máquina elemento de producción. Como una máquina funciona durante prolongados periodos de trabajo y su desgaste y consumo diarios se reparten entre inmensas cantidades de productos, cada uno de sus productos solo absorbe una pequeñísima porción de su valor y absorbe tanto menos cuanto más productiva es la máquina.

Dada la proporción en que la máquina se gasta y transmite valor al producto, la magnitud del valor transmitido depende del valor primitivo de la máquina. Cuanto menos trabajo contiene, menor es su valor y menor es el que añade al producto.

Es evidente que hay un simple cambio de lugar de trabajo; si en la producción de una máquina se ha gastado tanto tiempo de trabajo como economiza su uso, no disminuye la cantidad total de trabajo que exige la producción de una mercancía y, por lo tanto, no baja el valor de esta. Pero el que la compra de una máquina cueste tanto como la compra de las fuerzas de trabajo que reemplaza, no impide que disminuya el valor transmitido al producto, pues en este caso la máquina reemplaza más tiempo de trabajo del que representa ella misma. En efecto, el precio de la máquina expresa su valor, esto es, equivale a todo el tiempo de trabajo contenido en ella, sea cualquiera la división que de este tiempo se haga en trabajo necesario y sobretrabajo, en tanto que el mismo precio pagado a los obreros a quienes reemplaza no equivale a todo el tiempo de trabajo que suministran, y solamente es igual a una parte de este tiempo, a su tiempo de trabajo necesario.

Considerado exclusivamente como medio de hacer el producto más barato, el empleo de las máquinas encuentra un límite: es necesario que el tiempo de trabajo gastado en su producción sea menor que el tiempo de trabajo suprimido por su uso.

El capitalista encuentra para el empleo de las máquinas un límite todavía más reducido. Lo que paga no es trabajo, sino fuerza de trabajo, y aun el salario real del trabajador es muchas veces inferior al valor de su fuerza. Así, el capitalista se guía en sus cálculos por la diferencia que hay entre el precio de las máquinas y el de las fuerzas de trabajo que estas pueden inutilizar. Esta diferencia es la que determina el precio de costo y le decide a emplear o no la máquina; en efecto, desde su punto de vista, la ganancia proviene de la disminución del trabajo que paga y no del trabajo que emplea.

III. Trabajo de las mujeres y de los niños.