Haciendo inútil el trabajo muscular, la máquina permite emplear obreros de poca fuerza física, pero cuyos miembros son tanto más flexibles cuanto menos desarrollo tienen. Cuando el capital se apoderó de la máquina, su grito fue: ¡trabajo de mujeres, trabajo de niños! La máquina, medio poderoso de aminorar los trabajos del hombre, se convirtió en seguida en medio de aumentar el número de asalariados. Doblegó bajo la vara del capital a todos los miembros de la familia sin distinción de edad ni de sexo. El trabajo forzado de todos en provecho del capital usurpó el tiempo de los juegos de la niñez y reemplazó al trabajo libre, que tenía por objeto el sostenimiento de la familia.

El valor de la fuerza de trabajo estaba determinado por los gastos de sostenimiento del obrero y de su familia. Lanzando a la familia en el mercado y distribuyendo así entre muchas fuerzas el valor de una sola, la máquina la rebaja. Puede suceder que las cuatro fuerzas, por ejemplo, que una familia obrera vende al presente le produzcan más que antes la sola fuerza de su jefe, pero también son cuatro jornadas de trabajo en lugar de una; ahora, es preciso que en vez de una sean cuatro las personas que suministran al capital no solamente trabajo, sino también sobretrabajo para que viva una sola familia. Así es cómo la máquina, al aumentar la materia humana explotable, eleva a la vez el grado de explotación.

El empleo capitalista del maquinismo desnaturaliza profundamente el contrato cuya primera condición era que capitalista y obrero debían tratar entre sí como personas libres, ambos comerciantes, poseedor el uno de dinero o de medios de producción y el otro de fuerza de trabajo. Todo esto queda destruido desde el momento que el capitalista compra mujeres y niños. El obrero vendía antes su propia fuerza de trabajo, de la cual podía disponer libremente; ahora vende mujer e hijos y se convierte en mercader de esclavos.

Por la anexión al personal de trabajo de una masa considerable de niños y mujeres, la máquina consiguió por fin romper la resistencia que el trabajador varón oponía aún en la manufactura al despotismo del capital. La facilidad aparente del trabajo con la máquina y el elemento más manejable y más dócil de las mujeres y de los niños le ayudan en su obra de avasallamiento.

Prolongación de la jornada de trabajo.

La máquina crea condiciones nuevas que permiten al capital soltar el freno a su tendencia constante de prolongar la jornada de trabajo y motivos nuevos que aumentan aún su sed de trabajo ajeno.

Cuanto más largo es el periodo durante el cual funciona la máquina, mayor es la masa de productos entre la cual se distribuye el valor que aquella transmite, y menor es la parte que corresponde a cada mercancía. Empero, el periodo de vida activa de la máquina está evidentemente determinado por la duración de la jornada de trabajo multiplicada por el número de jornadas durante las cuales presta servicio.

El desgaste material de las máquinas se presenta bajo un doble aspecto. Por una parte se desgastan por su empleo y por otra por su inacción, como una espada se toma de orín en la vaina. Tan solo por el uso se gastan útilmente, mientras que se desgastan en balde por la falta de uso, y por esto se procura aminorar el tiempo de inacción; si es posible, se la hace trabajar de día y de noche.

La máquina se halla además sujeta a lo que se podría llamar su desgaste moral. Aunque se encuentre en muy buen estado pierde de su valor por la construcción de máquinas perfeccionadas que vienen a hacerle concurrencia. El peligro de su desgaste moral es tanto menor cuanto más corto es su periodo de desgaste físico, y es evidente que una máquina se desgasta tanto más pronto cuanto más larga es la jornada de trabajo.

La prolongación de la jornada permite acrecentar la producción sin aumentar la parte de capital representada por los edificios y las máquinas; por consecuencia, aumenta la supervalía y disminuyen los gastos necesarios para obtenerla. Por otra parte, el desarrollo de la producción mecánica obliga a anticipar una parte cada vez mayor de capital en medios de trabajo, en máquinas, etc., y cada interrupción del tiempo de trabajo hace inútil, mientras dura, ese capital cada vez más considerable. La menor interrupción posible, una prolongación creciente de la jornada de trabajo es, pues, lo que desea el capitalista.