Hemos visto en el [capítulo undécimo] que la suma de supervalía está determinada por la magnitud del capital variable o, en otros términos, por el número de obreros empleados a la vez y por el tipo de la supervalía. Pero si la industria mecánica disminuye el tiempo de trabajo necesario para la reproducción del trabajo pagado y aumenta así el tipo de la supervalía, solo obtiene este resultado sustituyendo los obreros por máquinas, es decir, disminuyendo el número de obreros ocupados por un capital determinado; transforma en máquinas, en capital constante que no produce supervalía, una parte del capital que, gastada anteriormente en fuerzas de trabajo, la producía. El empleo de las máquinas con el objeto de aumentar la supervalía encierra, pues, una contradicción: por la disminución del tiempo de trabajo necesario aumenta el tipo de la supervalía; por la disminución del número de obreros para un capital dado, disminuye la suma de la supervalía. Esta contradicción conduce instintivamente al capitalista a prolongar la jornada de trabajo todo lo posible, a fin de compensar la disminución del número proporcional de los obreros explotados con el aumento de su sobretrabajo, con el grado de su explotación.

La máquina en manos del capital crea, por consecuencia, motivos nuevos y poderosos para prolongar desmesuradamente la jornada de trabajo. Alistando bajo las órdenes del capital elementos de la clase obrera, mujeres y niños, antes respetados, y dejando disponibles los obreros reemplazados por la máquina, produce una población obrera superabundante que se ve obligada a dejarse dictar la ley. De ahí el fenómeno económico de que la máquina, medio el más eficaz de aminorar el tiempo de trabajo, se convierta, merced a un giro extraño, en el medio más infalible de transformar la vida entera del trabajador y de su familia en tiempo consagrado a dar valor al capital.

El trabajo más intensificado.

La prolongación exagerada del trabajo cotidiano que lleva consigo la máquina en manos capitalistas y el menoscabo de la clase obrera, que es su consecuencia, acaban por producir una reacción de la sociedad, la cual, sintiéndose amenazada hasta en las raíces de su existencia, decreta límites legales a la jornada. Desde que la rebelión cada vez mayor de la clase obrera obligó al Estado a imponer una jornada normal, el capital procuró ganar por un aumento de la cantidad de trabajo gastada en el mismo tiempo lo que se le prohibía obtener por una multiplicación progresiva de las horas de trabajo.

Con la reducción legal de la jornada, el obrero se vio precisado a gastar, mediante un esfuerzo superior de su fuerza, más actividad en el mismo tiempo. Desde este momento se empieza a valuar la magnitud del trabajo de una manera doble, según su duración y según su grado de intensidad. ¿Cómo se obtiene en el mismo tiempo un gasto mayor de fuerza vital? ¿Cómo se hace más intenso el trabajo?

Este resultado de la reducción de la jornada dimana de una ley evidente, según la cual la capacidad de acción de toda fuerza animal es tanto mayor cuanto más corto es el tiempo durante el cual obra. En ciertos límites se gana en eficacia lo que se pierde en duración.

En el momento que la legislación aminora la jornada de trabajo, la máquina se convierte en las manos del capitalista en medio sistemático de arrancar en cada instante más labor. Pero para que el maquinismo ejerza esta presión superior sobre sus servidores humanos, es necesario perfeccionarle continuamente; cada perfeccionamiento del sistema mecánico se convierte en nuevo medio de explotación, a la vez que la reducción de la jornada obliga al capitalista a sacar de los medios de producción, tirantes hasta el extremo, el mayor efecto posible, si bien economizando gastos.

IV. La fábrica.

Acabamos de estudiar el fundamento de la fábrica, el maquinismo, y la reacción inmediata de la industria mecánica sobre el trabajador; examinemos ahora la fábrica.

La fábrica moderna puede ser representada como un enorme autómata compuesto de numerosos órganos mecánicos e intelectuales —máquinas y obreros— que obran de concierto y sin interrupción para producir un mismo objeto, estando subordinados todos estos órganos a una potencia motriz que se mueve por sí misma.