La habilidad en el manejo de la herramienta pasa del obrero a la máquina; así, la gradación jerárquica de obreros dedicados a una especialidad, que caracteriza la división manufacturera del trabajo, es sustituida en la fábrica por la tendencia a hacer iguales los trabajos encomendados a los obreros auxiliares del maquinismo.

La distinción fundamental que se establece es la de trabajadores en las máquinas-utensilio (comprendiendo entre ellos a algunos obreros encargados de calentar la caldera de vapor) y peones, casi todos salidos apenas de la infancia, subordinados a los primeros. Al lado de estas categorías principales colócase un personal, insignificante por su número, de ingenieros, mecánicos, etc., que vigilan el mecanismo general y atienden a las reparaciones necesarias.

Todo niño aprende con gran facilidad a adaptar sus movimientos al movimiento continuo y uniforme del instrumento mecánico. Y teniendo en cuenta la facilidad y rapidez con que se aprende a trabajar en la máquina, queda suprimida la necesidad de convertir, como en la manufactura, cada género de trabajo en ocupación exclusiva. Si bien deben ser distribuidos los obreros entre las diversas máquinas, no es ya indispensable reducir a cada uno a la misma tarea. Como el movimiento de conjunto de la fábrica depende de la máquina y no del obrero, la variación continua del personal no produciría ninguna interrupción en la marcha del trabajo.

Aunque desde el punto de vista técnico el sistema mecánico da fin, por consecuencia, al antiguo sistema de división del trabajo, esta se mantiene, sin embargo, en la fábrica, primeramente como tradición legada por la manufactura, y además porque el capital se apodera de ella para conservarla y reproducirla de una manera aun más repulsiva, como medio sistemático de explotación. La especialidad que consistía en manejar durante toda la vida una herramienta propia de una operación parcial, se convierte en la especialidad de servir durante toda la vida a una máquina fraccionaria. Se abusa del mecanismo para transformar al obrero desde su más tierna infancia en parte de una máquina, la cual a su vez forma parte de otra; sujeto así a una operación simple, sin aprender ningún oficio, no sirve para nada si se le separa de esta operación, ya por ser despedido, ya por un nuevo descubrimiento; desde este momento queda consumada su dependencia absoluta de la fábrica, y, por lo tanto, del capital.

En la manufactura y en el oficio, el obrero se sirve de su utensilio; en la fábrica sirve a la máquina. En la manufactura, el movimiento del instrumento de trabajo parte de él; en la fábrica no hace más que seguir este movimiento. El medio de trabajo, transformado en autómata, se levanta ante el obrero, durante el curso del trabajo, en forma de capital, de trabajo muerto que domina y absorbe su fuerza viva.

Al mismo tiempo que el trabajo mecánico sobreexcita hasta el último grado el sistema nervioso, impide el ejercicio variado de los músculos y dificulta toda actividad libre del cuerpo y del espíritu. La facilidad misma del trabajo llega a ser un tormento en el sentido de que la máquina no libra al obrero del trabajo, pero quita a este todo interés. La grande industria acaba de realizar la separación que ya hemos indicado entre el trabajo manual y las potencias intelectuales de la producción, transformadas por ella en poderes del capital sobre el trabajo; hace de la ciencia una fuerza productiva independiente del trabajo, unida al sistema mecánico y que, como este, es propiedad del amo.

Todas las fuerzas de que dispone el capital aseguran el dominio de este amo, a los ojos del cual su monopolio sobre las máquinas se confunde con la existencia de las máquinas.

La subordinación del obrero a la regularidad invariable del maquinismo en movimiento, crea una disciplina de cuartel perfectamente organizada en el régimen de fábrica. En ella cesa de hecho y de derecho toda libertad. El obrero come, bebe y duerme con arreglo a un mandato. La despótica campana le obliga a interrumpir su descanso o sus comidas.

El fabricante es legislador absoluto; consigna en fórmulas a su antojo, en su reglamento de fábrica, su autoridad tiránica sobre su obreros. A los trabajadores que se quejan de la arbitrariedad extravagante del capitalista se les contesta: puesto que habéis aceptado voluntariamente ese contrato, debéis someteros a él. El látigo del mayoral de esclavos es sustituido por la libreta de castigos del contramaestre. Todos estos castigos quedan reducidos a multas y retenciones del salario, de suerte que el capitalista saca más provecho aún de la violación que del cumplimiento de sus leyes.

Y no hablemos de las condiciones materiales en que por cuestión de economía se realiza el trabajo de fábrica: elevación de la temperatura, atmósfera viciada y cargada del polvo de las primeras materias, insuficiencia de aire, ruido ensordecedor de las máquinas, sin contar los peligros que se corren entre un mecanismo terrible que os rodea por todas partes y que suministra periódicamente su contingente de mutilaciones y de asesinatos industriales.