Si la máquina se convierte en instrumento para esclavizar al hombre; si, medio infalible para aminorar el trabajo cotidiano, lo prolonga; si, varita mágica para aumentar la riqueza del productor, lo empobrece, es por estar en manos capitalistas. Estas contradicciones y estos antagonismos inseparables del empleo de las máquinas en el medio burgués, provienen, no de la máquina, sino de su explotación capitalista.

Aunque suprime un número mayor o menor de obreros en los oficios y manufacturas donde se introduce, la máquina puede ocasionar, sin embargo, un aumento de empleos en otros ramos de producción.

Siendo mayor con las máquinas la cantidad de artículos fabricados, hacen falta más materias primeras, y, por consiguiente, es preciso que las industrias que suministran estas materias primeras aumenten la cantidad de sus productos. Verdad es que este aumento puede resultar de la elevación de la intensidad o de la duración del trabajo, y no exclusivamente de la del número de obreros.

Las máquinas dan origen a una especie de obreros consagrados exclusivamente a su construcción, y cuanto mayor es el número de máquinas, más numerosa es esta clase de obreros. A medida que las máquinas hacen así aumentar la masa de primeras materias, de instrumentos de trabajo, etc., las industrias que gastan estas primeras materias, etc., se dividen cada vez más en ramas diferentes y la división social del trabajo se desarrolla más poderosamente que bajo la acción de la manufactura propiamente dicha.

El sistema mecánico aumenta la supervalía. Este aumento de riqueza en la clase capitalista, acompañada, como va siempre, de una disminución relativa de los trabajadores empleados en la producción de las mercancías de primera necesidad, da origen, con las nuevas necesidades de lujo, a nuevos medios de satisfacerlas: la producción de lujo aumenta; y aumenta con ella, en una proporción cada vez mayor, la clase sirviente, compuesta de lacayos, cocheros, cocineras, niñeras, etc.

El aumento de los medios de trabajo y de subsistencia impulsa el desarrollo de las empresas de comunicación y de transporte; aparecen nuevas industrias y abren nuevas salidas al trabajo.

Pero todos estos aumentos de empleos no tienen nada de común con la llamada teoría de compensación.

VII. Los obreros alternativamente rechazados de la fábrica y atraídos por ella.

Todo progreso del maquinismo disminuye el número de obreros necesarios y separa de la fábrica, por el momento, a una parte del personal. Pero cuando la explotación mecánica se introduce o se perfecciona en un ramo de la industria, los beneficios extraordinarios que no tarda en procurar a los que hacen la primera aplicación de ella, ocasionan muy pronto un periodo de actividad febril. Estos beneficios atraen al capital, que busca colocaciones privilegiadas; el nuevo procedimiento se generaliza; el establecimiento de nuevas fábricas y el engrandecimiento de las antiguas que de ello resulta hacen que aumente entonces el número total de obreros ocupados. El aumento de las fábricas, o, en otros términos, una modificación cuantitativa en la industria mecánica, atrae, pues, a los obreros, en tanto que el perfeccionamiento de la maquinaria, o, de otro modo, un cambio cualitativo, los separa.

Pero la elevación de la producción, consecuencia del mayor número de fábricas, va seguida de una superabundancia de productos en el mercado que a su vez produce un decaimiento, una paralización de la producción. La vida de la industria se convierte así en series de periodos de actividad media, de prosperidad, de exceso de producción y de inacción. Los obreros son alternativamente atraídos y rechazados, llevados de aquí para allá, y este movimiento va acompañado de cambios continuos en la edad, el sexo y la habilidad de los obreros empleados; la incertidumbre, las alzas y las bajas a que la explotación mecánica somete al trabajador, acaban por ser su estado normal.