¡Zapatero, a tus zapatos! Esta frase, última expresión de la sensatez durante el periodo del oficio y de la manufactura, pasa a ser una locura el día en que el relojero Watt inventa la máquina de vapor, el barbero Arkwright el telar continuo y el platero Fulton el barco de vapor.
La fábrica y la familia.
Ante la vergonzosa explotación del trabajo de los niños, los legisladores se han visto en la necesidad de intervenir poniendo coto no solamente a los derechos señoriales del capital, sino también a la autoridad de los padres; aunque afecto al capital, viendo la torpe crueldad de estos, el legislador ha tenido precisión de preservar a las generaciones venideras de una decadencia prematura; los representantes de las clases que dominan han tenido necesidad de dictar medidas contra los excesos de la explotación capitalista; ¿hay algo que pueda caracterizar mejor este sistema de producción como la necesidad de esas medidas?
No es el abuso de la autoridad paterna el que ha creado la explotación de la niñez, antes al contrario, la explotación capitalista es la que ha hecho que esa autoridad degenere en abuso; la intervención de la ley es la confesión oficial de que la grande industria ha hecho una fatalidad económica de la explotación de mujeres y niños por el capital, que, al descomponer el hogar doméstico, ha destruido la familia obrera de otras épocas; es la confesión de que la gran industria ha convertido la autoridad paterna en dependencia del mecanismo social, destinada a hacer suministrar directa o indirectamente niños al capitalista por el proletario, que bajo pena de muerte tiene que desempeñar su papel de abastecedor y de mercader de esclavos. Así, pues, la legislación solo atiende a impedir los excesos de este sistema de esclavitud. Por terrible y desagradable que parezca en el medio actual la disolución de los antiguos lazos de la familia, la grande industria, por la decisiva importancia que concede a las mujeres y a los niños fuera del círculo doméstico en la producción socialmente organizada, no deja por eso de crear la nueva base económica sobre la cual se ha de constituir una forma superior de familia y de relaciones entre los sexos. Tan absurdo es considerar como absoluta y definitiva la actual constitución de la familia como sus constituciones oriental, griega y romana. La misma composición del trabajador colectivo por individuos de los dos sexos y de todas edades, fuente de corrupción y de esclavitud bajo la dominación capitalista, contiene los gérmenes de una próxima evolución social. En la Historia, como en la Naturaleza, la putrefacción es el laboratorio de la vida.
Consecuencias revolucionarias de la legislación de fábrica.
Si bien imponen a cada establecimiento industrial, considerado aisladamente, la uniformidad y la regularidad, las leyes sobre la limitación de la jornada de trabajo, que han llegado a ser indispensables para proteger física y moralmente a la clase obrera, multiplican la anarquía y las crisis de la producción social por el enérgico impulso que dan al desarrollo mecánico; exageran la intensidad del trabajo y aumentan la competencia entre el obrero y la máquina; apresuran la transformación del trabajo aislado en trabajo organizado en grande y la concentración de capitales.
Al destruir la pequeña industria y el trabajo domiciliario suprime el último refugio de una masa de trabajadores, a quienes priva de sus medios de subsistencia, y que quedan por este motivo a disposición del capital para el día en que a este le convenga admitirlos a trabajar; suprime, por lo tanto, la válvula de seguridad de todo el mecanismo social. Generaliza al mismo tiempo la lucha directa entablada contra la dominación del capital, y desarrolla, a la vez que los elementos de formación de una nueva sociedad, las fuerzas destructoras de la antigua.
X. Gran industria y agricultura.
Si el empleo de las máquinas en la agricultura se halla en gran parte exento de los inconvenientes y peligros físicos a que expone al obrero de fábrica, su tendencia a suprimir, a quitar de su puesto al trabajador, se realiza en ella con mayor fuerza.
La gran industria obra en el dominio de la agricultura más revolucionariamente que en ningún otro punto, porque hace que desaparezca el labrador, baluarte de la sociedad antigua, y le sustituye con el asalariado. Las necesidades de transformación social y la lucha de clases quedan así reducidas en los campos al mismo nivel que en las ciudades.