La marcha de esta revolución industrial es más rápida por la regularización legal de la jornada, por la exclusión de los niños menores de cierta edad, etc., todo lo cual obliga al capitalista manufacturero a multiplicar el número de sus máquinas y a sustituir los músculos con el vapor como fuerza motora. En cuanto al trabajo domiciliario, su única arma en la guerra de concurrencia es la explotación ilimitada de las fuerzas de trabajo barato. Así, pues, está condenada a morir desde el momento en que la jornada esté limitada y restringido el trabajo de los niños.

IX. Contradicción entre la naturaleza de la gran industria y su forma capitalista.

Mientras que el oficio y la manufactura son la base de la producción social, la subordinación del trabajador a una profesión exclusiva y el obstáculo que opone al desarrollo de sus aptitudes varias, se pueden considerar como necesidades de la producción. Los diferentes ramos industriales forman otras tantas profesiones cerradas para todo aquel que se halle impuesto en los secretos y la rutina del oficio.

La ciencia modernísima de la tecnología, creada por la gran industria, enseña hoy esos secretos, describe los diversos procedimientos industriales, los analiza, reduce su práctica a algunas formas fundamentales del movimiento mecánico y averigua los perfeccionamientos de que son susceptibles esos procedimientos. La industria moderna no considera y no trata nunca como definitivo el modo actual de un procedimiento.

En tanto que el mantenimiento de su modo consagrado de producción era la primera condición de existencia de todas las antiguas clases industriales, la burguesía, al modificar constantemente los instrumentos de trabajo, modifica por esta misma razón, de una manera continua, las relaciones de la producción y todas las relaciones sociales en su conjunto, que tiene por base la forma de la producción material. Por lo tanto, su base es revolucionaria, mientras que la de todos los sistemas pasados de producción era esencialmente conservadora.

Si la naturaleza misma de la gran industria necesita el cambio continuo en el trabajo, la transformación frecuente de las funciones y la movilidad del trabajador, por otra parte, en su forma capitalista, reproduce la antigua división del trabajo todavía más odiosamente; si el obrero estaba encadenado durante su vida a una operación de detalle, hace de él el accesorio de una máquina parcial. Sabemos que esta contradicción absoluta entre las necesidades técnicas de la gran industria y los caracteres sociales que reviste bajo el régimen capitalista, acaba por destruir todas las garantías de vida del trabajador, siempre amenazado, según hemos visto en el [apartado cuarto del presente capítulo], de verse privado, a la vez que del medio de trabajo, de los medios de subsistencia y de quedar inútil por la supresión de su función particular; este antagonismo da origen, como hemos visto también en el [apartado quinto], a la monstruosidad de un ejército industrial de reserva que por la miseria está a disposición de la demanda capitalista; conduce a las sangrías periódicas de la clase obrera, al despilfarro más desenfrenado de las fuerzas de trabajo, a los estragos de la anarquía social, que hace de cada progreso industrial una calamidad pública para la clase obrera.

La fábrica y la instrucción.

A pesar de los obstáculos que encuentra la variación en el trabajo bajo el régimen capitalista, las catástrofes mismas que la gran industria ocasiona imponen la necesidad de reconocer el trabajo variado y, por consiguiente, el mayor desarrollo posible de las diversas aptitudes del trabajador como una ley de la producción moderna, siendo necesario a toda costa que las circunstancias se adapten al ejercicio normal de esta ley: es esta una cuestión de importancia vital. En efecto, la grande industria obliga a la sociedad, bajo pena de muerte, a reemplazar el individuo fraccionado, sobre el cual pesa una función productiva de detalle, por el individuo completo, que sabe hacer frente a las exigencias más diversas del trabajo y que en funciones alternativas no hace más que dar libre curso a sus diferentes capacidades naturales o adquiridas.

La burguesía, que al crear para sus hijos las escuelas especiales obedecía tan solo a las tendencias íntimas de la producción moderna, ha concedido únicamente a los proletarios una sombra de enseñanza profesional. Pero si la legislación se ha visto en la necesidad de combinar la instrucción elemental, siquiera sea mezquina, con el trabajo industrial, la inevitable conquista del Poder político por la clase obrera introducirá en las escuelas públicas la enseñanza de la tecnología práctica y teórica. En la educación del porvenir el trabajo manual productivo irá unido a la instrucción y a la gimnasia para todos los jóvenes de uno y otro sexo que pasen de cierta edad y a los ejercicios militares para los varones; este es el único método para formar seres humanos completos.

Evidentemente, el desarrollo de los elementos nuevos, que llegará por último a suprimir la antigua división del trabajo en la cual cada obrero está consagrado a una operación parcial, se halla en flagrante contradicción con el sistema industrial capitalista y con el medio económico en que coloca al obrero, pero el único camino por el que un sistema de producción y la organización social correspondiente marchan a su ruina y renovación, es el desenvolvimiento histórico de sus contradicciones y antagonismos.