2.ª Todo cambio en la relación de cantidad entre la supervalía y el valor de la fuerza de trabajo, proviene de un cambio de la cantidad del sobretrabajo y, por consiguiente, de la supervalía.

3.ª El valor absoluto de la fuerza de trabajo no puede cambiar sino mediante la acción que ejerce sobre su desgaste la prolongación del sobretrabajo; todo cambio de este valor absoluto es, pues, el efecto y jamás la causa de un cambio en la cantidad de la supervalía.

Supongamos que la jornada de trabajo compuesta de doce horas, seis de trabajo necesario y seis de sobretrabajo, produce un valor de 50 céntimos por hora, o sea 6 pesetas, del cual percibe la mitad el obrero y la otra mitad el capitalista.

Empecemos reduciendo a diez horas la jornada de trabajo, que antes era de doce. Al reducirse, no produce más que un valor de 5 pesetas. Siendo el trabajo necesario de seis horas, el sobretrabajo queda reducido de seis horas a cuatro, y la supervalía desciende de 3 pesetas a 2. Aun siguiendo invariable, el valor de la fuerza de trabajo gana en cantidad, relativamente a la supervalía, gracias a la disminución de esta, que es, en efecto, como 3 es a 2, de 150 por 100, en vez de ser como 3 es a 3, o de 100 por 100. El capitalista no podría desquitarse sino pagando por la fuerza de trabajo menos de su valor. En el fondo de las elucubraciones ordinarias contra la reducción de la jornada de trabajo, se advierte la suposición de que las cosas se hallan en las condiciones aquí admitidas, es decir, que se suponen inalterables la productividad y la intensidad del trabajo, cuyo aumento, en suma, sigue siempre a la reducción de la jornada.

Si se prolonga la jornada de doce horas a catorce, estas dos horas se añaden al sobretrabajo y la supervalía se eleva de 3 pesetas a 4. Por más que el valor nominal de la fuerza de trabajo sea el mismo, pierde en cantidad, relativamente a la supervalía, a causa del aumento de esta; en efecto, la supervalía es como 3 es a 4, de 75 por 100, en vez de ser como 3 es a 3, de 100 por 100.

El valor de la fuerza de trabajo puede disminuir con una jornada de trabajo prolongada, aunque su precio no cambie o se eleve, si este precio no compensa el gran gasto en fuerza vital que el trabajo prolongado impone al obrero.

IV. Cambios simultáneos en la duración, en la intensidad y en la productividad del trabajo.

No nos detendremos a examinar todas las combinaciones posibles, fáciles en suma de resolver por lo que antecede; solo nos detendremos en un caso de interés especial: en el aumento de la intensidad y de la productividad del trabajo junto con la disminución de su duración.

El aumento de la productividad del trabajo y de su intensidad multiplica la masa de las mercancías obtenidas en un tiempo dado, y, por tanto, acorta la parte de la jornada en que el obrero no hace más que producir un equivalente de su subsistencia. Esta parte necesaria, pero susceptible de disminución, de la jornada de trabajo forma el límite absoluto de esta, al cual es imposible descender bajo el régimen capitalista. Suprimido este régimen, el sobretrabajo desaparecería y la jornada entera tendría por límite el tiempo de trabajo necesario. Sin embargo, no hay que olvidar que una parte del sobretrabajo actual, la parte consagrada a la formación de un fondo de reserva y de acumulación, se contaría entonces como trabajo necesario, mientras que la extensión actual de este trabajo está limitada solamente por los gastos de manutención de una clase de asalariados destinada a producir la riqueza de sus dueños.

Cuanto mayor sea la fuerza productiva del trabajo, menor puede ser su duración, y cuanto más corta sea su duración, más puede aumentar su intensidad. Desde el punto de vista social, se aumenta también la productividad del trabajo suprimiendo todo gasto inútil, ya en medios de producción, ya en fuerza vital. Cierto que el régimen capitalista impone la economía de los medios de producción a cada establecimiento tomado aisladamente; pero, a más de hacer del insensato derroche de la fuerza obrera un medio de economía para el explotador, necesita también, por su sistema de competencia anárquica, el despilfarro más desenfrenado del trabajo productivo y de los medios sociales de producción, fuera de las muchas funciones parásitas que engendra y que el mismo capitalista hace más o menos indispensables.