Supongamos que el valor de 6 pesetas de una jornada de trabajo de doce horas se divide en 4 pesetas, valor de la fuerza de trabajo, y en una supervalía de 2 pesetas, o, en otros términos, que hay ocho horas de trabajo necesario y cuatro de sobretrabajo. Si la productividad del trabajo se duplica, entonces el obrero solo necesitará la mitad del tiempo que hasta aquí había necesitado para producir el equivalente de su subsistencia cotidiana. Su trabajo necesario descenderá de ocho horas a cuatro, y, por consiguiente, su sobretrabajo se elevará de cuatro horas a ocho, así como el valor de su fuerza de trabajo descenderá de 4 pesetas a 2, y esta rebaja elevará la supervalía de 2 pesetas a 4. Luego el cambio de la productividad del trabajo es el que principalmente hace aumentar o disminuir el valor de la fuerza de trabajo, mientras que el movimiento ascendente o descendente de esta, produce por su parte un movimiento de la supervalía en sentido contrario.
No obstante, esa reducción del precio de la fuerza de trabajo a su valor, determinada por el de las subsistencias necesarias para el sustento del obrero, puede tropezar, según el grado de resistencia de este y la presión del capital, con obstáculos que no le permitan realizarse sino incompletamente. La fuerza de trabajo puede pagarse a más de su valor, aunque su precio no varíe o disminuya, si el trabajo excede de su nuevo valor, si, en el ejemplo precedente, sigue siendo superior a 2 pesetas después de haberse duplicado la productividad del trabajo.
Algunos economistas han sostenido que la supervalía puede elevarse, sin que disminuya la fuerza de trabajo, reduciendo los impuestos que paga el capitalista. Una disminución de impuestos no afecta absolutamente nada a la cantidad de sobretrabajo, y, por consiguiente, de supervalía, que el capitalista arranca al obrero. Únicamente cambia la proporción según la cual el capitalista embolsa la supervalía o tiene que repartirla con otros. No altera, pues, la relación que existe entre la supervalía y el valor de la fuerza de trabajo.
II. La duración y la productividad del trabajo no cambian, su intensidad cambia.
Si su productividad aumenta, el trabajo rinde en el mismo tiempo más productos, pero no más valor. Si su intensidad aumenta, rinde en el mismo tiempo, no solamente más productos, sino también más valor, puesto que, en este caso, el aumento de productos proviene de un aumento de trabajo. Dadas su duración y su productividad, el trabajo crea, pues, tanto más valor cuanto más excede su grado de intensidad de la intensidad media social.
Como el valor producido durante una jornada de doce horas, por ejemplo, deja así de estar encerrado en límites fijos, se deduce que supervalía y valor de la fuerza de trabajo pueden cambiar en el mismo sentido, marchando paralelamente, en proporción igual o desigual. Si la misma jornada, merced a un aumento de la intensidad del trabajo, produce 8 pesetas en lugar de 6, es evidente que la parte del obrero y la del capitalista pueden elevarse a un tiempo de 3 pesetas a 4.
Semejante elevación en el precio de la fuerza de trabajo no significa que se ha pagado por ella más de su valor, porque el aumento de la intensidad del trabajo se refleja en el valor de la fuerza obrera, pues apresura el desgaste de esta. A pesar de este alza, el precio puede ser inferior al valor. Sucede esto cuando la elevación del precio no basta para compensar el aumento de desgaste de la fuerza de trabajo.
III. La intensidad y la productividad del trabajo no cambian, su duración cambia.
Bajo el aspecto del cambio de duración, el trabajo puede reducirse o prolongarse. En las condiciones mencionadas obtenemos las leyes siguientes:
1.ª El valor realizado en una jornada de trabajo aumenta o disminuye al mismo tiempo que su duración.