Hemos visto que la relación de intensidad entre la supervalía y el precio de la fuerza de trabajo está determinada: 1.º, por la duración del trabajo o su grado de extensión; 2.º, por su grado de intensidad, según el cual diferentes cantidades de trabajo son consumidas en el mismo tiempo; 3.º, por su grado de productividad, según el cual la misma cantidad de trabajo produce en el mismo tiempo diferentes cantidades de productos. Evidentemente, esto dará lugar a variadas combinaciones según que uno de estos tres elementos cambie de intensidad y los otros dos no cambien, o que dos, o los tres, cambien al mismo tiempo. Además, uno de ellos puede aumentar cuando otro disminuye, o sencillamente aumentar o disminuir más que este. Examinemos las combinaciones principales.

I. La duración y la intensidad del trabajo no cambian, su productividad cambia.

Admitidas estas condiciones, obtenemos las tres leyes siguientes:

1.ª La jornada de trabajo de una duración dada produce siempre el mismo valor, cualesquiera que sean los cambios efectuados en la productividad del trabajo.

Si una hora de trabajo de intensidad ordinaria produce un valor de 50 céntimos, una jornada de doce horas no producirá más que un valor de 6 pesetas. Suponemos que el valor del dinero es siempre invariable. Si la productividad del trabajo aumenta o disminuye, la misma jornada suministrará simplemente más o menos productos, y el valor de 6 pesetas se distribuirá así entre más o menos mercancías.

2.ª La supervalía y el valor de la fuerza de trabajo cambian en sentido opuesto una respecto de otra. La supervalía aumenta al tiempo que la productividad del trabajo o disminuye en la misma medida que ella, es decir, cambia en el mismo sentido; mientras que el valor de la fuerza de trabajo cambia en sentido contrario: aumenta cuando la productividad disminuye, y recíprocamente.

La jornada de doce horas produce siempre el mismo valor, 6 pesetas, por ejemplo, cuya supervalía forma una parte de ese valor y otra el equivalente de la fuerza de trabajo; pongamos 3 pesetas por cada una. Es evidente que, no pudiendo exceder de 6 pesetas las dos partes reunidas, la supervalía no puede alcanzar un precio de 4 pesetas sin que la fuerza de trabajo quede reducida a 2 pesetas, y viceversa.

Si un aumento de productividad permite proporcionar en cuatro horas la misma masa de subsistencias que antes exigía seis horas, estando determinado el valor de la fuerza obrera por el valor de dichas subsistencias, disminuye de 3 pesetas a 2; pero ese mismo valor se eleva de 3 pesetas a 4, si una disminución de productividad exige ocho horas de trabajo donde antes solo se necesitaban seis. Puesto que la supervalía aumenta cuando el valor de la fuerza de trabajo disminuye, y recíprocamente, dedúcese que el aumento de productividad, al disminuir el valor de la fuerza de trabajo, debe aumentar la supervalía, y que la disminución de productividad, al aumentar el valor de la fuerza de trabajo, debe disminuir la supervalía; se sabe que los únicos cambios de productividad que actúan sobre el valor de la fuerza obrera son los concernientes a las industrias cuyos productos entran en el consumo ordinario del trabajador.

De este cambio en sentido contrario no debe deducirse que no hay cambio más que en la misma proporción. En efecto, si, suponiendo siempre que una jornada produce un valor de 6 pesetas, el valor de la fuerza de trabajo es de 4 pesetas, la supervalía será de 2 pesetas; si, a consecuencia de un aumento de productividad, el valor de la fuerza de trabajo desciende a 3 pesetas, la supervalía se eleva en seguida a 3 pesetas; esta misma diferencia de una peseta disminuye el valor de la fuerza de trabajo, que era de 4 pesetas, en una cuarta parte o un 25 por 100, y aumenta la supervalía, que era de 2 pesetas, en una mitad o un 50 por 100.

3.ª El aumento o la disminución de la supervalía es siempre el efecto y jamás la causa de la disminución o del aumento correspondiente del valor de la fuerza de trabajo.